
El dicho reza que dentro de cada persona hay dos lobos, enzarzados en una batalla; aquel al que decidamos alimentar es el que ganará. De la misma manera, en Calle Málaga parece haber dos espíritus enfrentados, dos películas posibles entre las que la directora Maryam Touzani no acaba de escoger.
Por una parte, tenemos el largometraje prometido por la premisa: María Ángeles (Carmen Maura), a sus casi 80 años, ve su tranquila vida en Tánger amenazada cuando su hija Clara (Marta Etura) decide vender el piso en el que vive. María Ángeles, sin embargo, opta por seguir ocupando la vivienda a espaldas de su hija y disfrutarla hasta que la echen. Nos encontramos por tanto en las coordenadas de un drama familiar, donde la tensión dramática surge de la cuenta atrás hasta la venta del piso. Esta trama es el esqueleto del guion, el argumento principal, pero su desarrollo ocupa poco tiempo en pantalla. Tal vez por eso la información se transmite de manera acelerada a través de diálogos forzadamente expositivos, en los que los personajes recurren a las torpes frases de «como ya sabes…» para transmitir al espectador información que ellos mismos ya tienen. Dichos diálogos lastran y acartonan la relación crucial de esta historia, la de madre e hija; su conflicto, con consecuencias tan serias como el repentino desalojo de la madre, se convierte solo en un mecanismo para poner en marcha la acción.

Pero también hay otra película en Calle Málaga: aquella que sucede cuando acompañamos a María Ángeles en la cotidianidad de su vida, con sus energías reavivadas por la certeza de un final próximo. Observamos así una vejez libre, que se experimenta desde la libertad y el disfrute. La cámara a menudo se detiene en las manos de María Ángeles, envejecidas pero con una manicura siempre impecable, mientras buscan especias en el mercado, colocan flores en el balcón, cocinan o acarician otro cuerpo. Estas manos exploran y redescubren el mundo, y al contemplarlas en primer plano nos llevan en el mismo viaje sensorial. Además, Touzani y la dirección de fotografía de Virginie Surdej construyen imágenes pictóricas, con una luz cálida y contrastes marcados, que no esconden sino que resaltan y embellecen las arrugas en la piel de Carmen Maura. Es una visión vitalista y celebratoria de la vejez, que alcanza sus mejores momentos cuando renuncia a la palabra y deja al personaje simplemente bailar, reír, habitar la imagen. No es casualidad que uno de los personajes más entrañables sea Josefa (María Alfonsa Rosso), monja y amiga de María Ángeles, que ha hecho voto de silencio y escucha, muda y expresiva, todas las confidencias de la protagonista.

Si el largometraje oscila entre el drama familiar encorsetado y la comedia ‹slice of life›, la lectura que podemos hacer de él es igualmente ambivalente. Cuando se centra en la cuestión familiar, Touzani parece hacer del acceso a la vivienda un conflicto generacional y, al trasladar uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo a la esfera privada, lo despolitiza. Mucho más interesante es interpretar Calle Málaga como una exploración sobre el proceso de hacer de un sitio un hogar, y aquí de nuevo es la vivencia sensorial y cotidiana de María Ángeles la que nos guía. El personaje quiere proteger su casa, pero porque es el lugar desde el que habita un barrio, una ciudad. Ya el título y el póster, con Carmen Maura en el balcón contemplando la calle, recogen esta idea: la casa es un dentro que mira hacia afuera, igual que el afuera —los vecinos, las flores, la luz— entran dentro y disuelven la frontera.
Calle Málaga es, en última instancia, disfrutable por momentos pero frustrante en su conjunto; esconde el potencial de una necesaria celebración de la vejez femenina pero lo encierra en un guion con carencias. Brilla, precisamente, cuando se deja contagiar del espíritu libre de su protagonista, y flaquea cuando lo traiciona para ajustarse a la convención.







