Born in Evin (Maryam Zaree)

Cuando la actriz Maryam Zaree tenían tan sólo 2 años, su madre huyó con ella de Irán a Alemania como refugiadas políticas, eludiendo así la persecución del régimen de su país. Treinta años después su integración en la sociedad germana ha sido más que exitosa. Su madre se presenta a la alcaldía de la misma ciudad que la vio llegar sin nada —Frankfurt— y ella tiene una carrera larga en la interpretación tanto en cine como en televisión, e incluso es autora teatral. Aunque tenga que soportar los clichés que ella misma señala como insultantes y racistas de algunas producciones en las que participa. Pero algo de su pasado ha quedado en la sombra y de manera persistente la empuja a buscar la verdad sobre las condiciones concretas en las que nació, totalmente desconocidas para ella. Born in Evin relata el viaje de su directora para encontrar una explicación de cualquier tipo sobre los motivos por los que su madre nunca ha hablado de su paso por la prisión de Evin, donde dio a luz. Un lugar en el que tanto su padre como su madre fueron encarcelados como activistas comunistas después de la revolución iraní que dio lugar a la actual república islámica.

Desde una aproximación subjetiva, la película se cuenta en primera persona por necesidad. Y también como una forma de expresión que resulta natural para ella a través del cine, que servirá de registro del resultado y del mismo proceso que lleve al mismo —sea el que sea—. La barrera comunicativa con su madre está presente constantemente en su narración sobre las imágenes y en las conversaciones que mantiene con cualquiera que esté conectado a ese período histórico o sufriera la reclusión que hizo que su padre permaneciera alejado de ella durante mucho tiempo. Pero su búsqueda no es sólo suya: el contacto con otras hijas de refugiadas que nacieron en el mismo contexto y de las otras mujeres que compartieron espacio y torturas da paso a las primeras pistas sobre los motivos del silencio al que se ha enfrentado tantos años. Y, a través de este recorrido por distintos países y ciudades, eventos y congresos donde se reúnen mujeres que coinciden en esa misma experiencia, se comienza a vislumbrar una perspectiva mucho más amplia sobre el asunto. Su caso no es único de alguien decidido a investigar, el de su madre tampoco obviando la información a sus descendientes. Existe un salto generacional entre estas mujeres que tiene que ver con la supervivencia y los mecanismos de superación del trauma que impide hablar de ello y transmitir a las nuevas generaciones lo ocurrido, perdiéndose en la historia y en el laberinto de las genealogías.

Si no se hace algo al respecto, al menos. La necesidad y la importancia de una crónica compartida de la memoria histórica emerge de forma natural a partir de estas conversaciones con Maryam Zaree. En ocasiones ella misma coge la cámara para documentar algunos momentos concretos, pero principalmente se deja filmar —con especial atención a sus reacciones ante las revelaciones y reflexiones de otros— sin importarle mostrar las repercusiones emocionales ante el efecto que le producen las palabras ajenas. Zaree se mantiene optimista, ingeniosa a veces, frustrada en ocasiones, pero siempre con la convicción de que su búsqueda por la verdad es legítima. También con el respeto hacia los deseos de sus interlocutores y sus padres siempre por encima de su anhelo por el conocimiento. Esta honestidad ante el espectador es parte de lo que da un valor especial a esta especie de diario en formato cine, en el que por momentos puede insertar algunos planos y escenas construidas desde su imaginación como cineasta para evocar emociones imposibles de transmitir de otra manera, introduciendo cierta conclusión a un relato que es inherentemente abierto e incompleto más allá de la catarsis personal alcanzada por su responsable.



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