
Hubo un tiempo en que las guerras, siendo igualmente terribles, tenían propósitos claros y manifiestos: conquistar tierras, gloria, libertad en forma de independencia territorial o de derechos personales, supremacías ideológicas o raciales… En definitiva, una honestidad, no reñida con lo brutal y lo cruel, que hacía que, como mínimo, uno supiera qué defendía cada enseña; con lo que, por lo menos, tomar partido no resultaba un ejercicio confuso o hipócrita y las consecuencias estaban ya presentes desde la primera batalla, desde la primera sangre derramada.
Hoy día, sin embargo, parece que la guerra se ha convertido en otro objeto comercial más. Algo no “instagramable” por la ferocidad de las imágenes pero sí, en cierta manera, un decorado, un teatro —a veces del malo— que observamos con estupor y cierta distancia irónica, como quien mira un espectáculo convenientemente coreografiado. Justamente Atropia pretende poner de relieve esta situación a través de una sátira metacinematográfica que nos sitúa en lo que podría ser, históricamente, el punto de partida de la guerra como cortina de humo para intereses espurios: la guerra de Irak tras el 11-S.
Atropia nos sitúa en un campamento de entrenamiento donde se simula lo que los soldados estadounidenses se podrán encontrar en la batalla real. Una especie de El show de Truman donde cada persona interpreta desde insurgentes hasta víctimas civiles, espías enemigos o colaboracionistas. Una vida que se desarrolla en forma de simulación, pero que acaba por ser la única realidad palpable de sus protagonistas. Y así, el desconcierto, lo ridículo y lo mordaz se aúnan para mostrar lo absurdo de tal dispositivo, forzando incluso la retransmisión ‹fake› de los eventos tal y como sucederá en la realidad.

El problema de Atropia reside en que, más allá de su buena idea, la ejecución a cargo de su directora, Hailey Gates, acaba por perderse en el concepto sin profundizar en demasía en él. Al final, lo que nos queda es un planteamiento más que interesante que acaba por divagar en subtramas donde el tono no acaba de asentarse del todo. Uno ya no sabe el posicionamiento real ante algo que debería ser comedia negra, pero que transita demasiadas veces hacia lo dramático en su forma más absurda o, incluso, hacia una conmiseración sentimental que no acaba de sentarle bien al conjunto.
Eso por no hablar del tratamiento del papel del ejército. Cierto es que emergen figuras más burocráticas que otra cosa, que se podrían considerar los auténticos villanos de la función en cuanto a su cinismo y falta de humanidad, pero cuando el foco se centra en lo soldadesco, todo pivota en torno a tópicos más bien ridículos que están entre un desprecio mal argumentado y un cariño paternalista más bien extraño. Ello colabora en crear un conjunto que se siente reiterativo y falto de la profundidad necesaria.
Curiosamente, la película acaba por convertirse casi en lo que pretende denunciar: un decorado que suplanta lo que podría ser una denuncia auténtica (de esa guerra y de lo que ha venido después) por un alegato superficial y carente de la mala baba necesaria para que su mensaje cale.







