Atrapa el viento (Gaël Morel)

Si hay algo que parece haberse estancado en el cine francés es aquel que amarra su esencia a temas laborales y sociales. Por suerte hay algo que relaja ese patrón dramático al que se apuntan numerosos directores y es la elección de actrices y actores que le aplican una pasión inconfundible a sus personajes. Solo han pasado unas semanas desde la llegada a cines de Corporate, y aunque la película cojeaba precisamente por esa estructura demasiadas veces vista, Céline Sallette bordaba su interpretación.

Esta es una simple excusa para resaltar que Atrapa el viento se asemeja esas producciones tan milimétricamente identitarias, como si la protesta de la situación laboral tuviese unos términos precisos que repetir hasta la saciedad hasta que calen profundamente en aquellos que deben reparar los daños, pero Sandrine Bonnaire pone su empeño en convertir en un ser totalmente transparente a Edith, aportando sus propias pinceladas para creer en los sueños de una mujer de mediana edad que decide empezar de cero lanzándose a lo desconocido.

Atrapa el viento sufre de un impuesto buenismo para enmascarar una situación compleja y entristecida. Al principio se apoya en unos cimientos totalmente incomprensibles, el modo en que decide Gaël Morel presentar la deslocalización de la empresa, el despido masivo y la aceptación de Edith de marcharse a Marruecos para seguir trabajando para la empresa es, por apresurado, totalmente irreal, y parece querer derrotar el film antes de arrancar. Por suerte, por apresurado queda como un hecho anecdótico, un simple trámite para permitir a Sandrine elaborar la excusa para su drama personal, que provoca su propio crecimiento.

Al fugaz dibujo del papel que deja en Francia la protagonista le sigue el tópico dibujo de Tánger en ojos del visitante. Inseguridad, robos, falta de entendimiento… no se pierde ni una sola de las hostilidades conocidas para aquel que tiene físico de turista frente a lo que parece una jauría de estado. Un exagerado planteamiento utilizado para poder evolucionar lo narrado en un futuro, para dar forma al pez que agoniza fuera del agua.

El costumbrismo se mezcla con el tesón de Edith por encajar en su nueva situación, una balanza que no se equilibra fácilmente al ser la extraña en tierra de extraños. Pronto se ablanda el mapa creado sobre Marruecos, se tratan sus adaptaciones al futuro y los temas que todavía quedan por solucionar para asimilar la palabra igualdad en su vocabulario. Son encuentros, intercambios dialécticos los que redefinen esta experiencia, en un intento por dar a conocer el lugar y hermanarlo con la recién llegada, al tiempo que se intenta recolocar a Edith en una nueva identidad.

Atrapa el viento habla de lugares comunes enfrentados ante una situación de migración inversa, cuando el supuesto rico llega a terreno de los menos afortunados buscando su propia oportunidad. Pero también nos habla del reencuentro con una misma, de la necesidad de alejarse de todo y de todos para recordar quién eres y qué quieres de este mundo. Rescata por último (y levemente) el papel de la mujer en Marruecos mostrando distintos estratos muy unidos a las escasas oportunidades. La película sufre algunos altibajos atados a los que vive la actriz principal, perdiendo y ganando fuerza por momentos, dejando claro al final que la auto-reconciliación es la clave para una vida saludable y volviendo a eso de «a las personas buenas les pasan cosas buenas» que surge demasiadas veces en el cine perdiendo verosimilitud, pero dejando conciencias tranquilas. En realidad es una película agradable, con pretensiones alcanzables, que incapacita el regusto amargo de la soledad por comprender el compañerismo. Y si resulta así es por Bonnaire y su sonrisa imperturbable.



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