Amama (Asier Altuna)

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En la última edición del Festival de San Sebastián la expectación fue máxima a raíz de la proyección de la nueva película en euskera que se presentaba en su Sección Oficial. Los vascos se aglomeraron en una larga fila a las puertas del Centro Kursaal para presenciar aquella cinta que, aunque un servidor no esté muy de acuerdo sólo porque su fundamento y características geográficas sean las mismas, trataban como la nueva Loreak, la primera película en euskera que optó a la Concha de Oro en toda la historia del Zinemaldia el año pasado. El director Asier Altuna consiguió hacer de una película una fiesta nacional para aquellos espectadores interesados que allí se reunieron. Además, el motivo de celebración llega al cineasta a través del reconocimiento y la buena acogida que tuvo su tercer trabajo, después de estar enfrascado durante años en la realización de cortometrajes.

Amama es una historia patria, plagada de simbolismos e imágenes metafóricas que lucha entre la etnografía y la desaparición de una cultura en sus horas bajas, así como el drama personal que se aferra a las raíces de las generaciones familiares. El significado del título que lleva esta cinta es el de abuela, y de la procreación surgida se enlazan las historias de la prole que crea la matriarca Juliana, la amama, interpretada por Amparo Badiola, pues a sus 85 años debuta en la gran pantalla gracias a su naturalidad y, sobre todo, a su belleza sin igual. En su núcleo familiar surgido alrededor de un caserío vasco, las costumbres son protagonistas. Cada vez que nace un nuevo miembro de la familia se planta un árbol en las inmediaciones para simbolizar la vida del ser querido. Tras esta premisa se nos presentan las personalidades de tres de sus nietos, los cuales tendrán un árbol propio en los que la amama pintará de un color característico sus identidades. Para el mayor (Manu Uranga) elige el color rojo, la fuerza y el vigor, el cual será heredero del caserío y de la continuidad de la tradición, que pese a todo pronóstico se verá truncada la práctica pues decidió emigrar. El segundo de los tres hermanos (Ander Lipus) es el más vago y torpe, representado con el color blanco, pureza e inocencia. Finalmente, el árbol que más llama la atención es el que está embadurnado de negro azabache, perteneciente a su nieta Amaya, interpretada por Iraia Elias, carismática y correcta en su papel más protagonista. Un color que, además de representar la solidez y rudeza de una persona, también se carga inconscientemente de un simbolismo negativo para el personaje.

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La trama se centra en el conflicto entre lo rural y lo urbano, cómo una estirpe comienza a renegar y criticar el estilo de vida que perduró durante siglos. La desaparición de los característicos caseríos y la búsqueda de una vida mejor en la ciudad crean un enfrentamiento entre padre e hija, relación de la cual el director se basa a través de un poema del poeta vasco Kirmen Uribe. La lucha por la reconciliación y el entendimiento entre ambas partes será testigo del silencio de la matriarca, que pese a su escasa participación en la cinta, será crucial. Se crea una atmósfera de fantasía gracias a los flashbacks proyectados con un estilo medido y pintoresco producido por el medio natural unido a la visión de Amaya, recreada en imágenes a través de una Super-8. Altuna consigue producir un juego óptico, pues de eso trata la película. Más allá del diálogo y el conflicto directo, es una película de imágenes y de poesía visual, que puede pecar de pretenciosa y empalagosa por querer darle tanto protagonismo a la tradición y a lo místico unido a lo simbólico.

Es un trabajo diferente para el cineasta vasco pues, pese a introducir un sentido del humor particular en los guiones de sus anteriores trabajos, en Amama prima el drama por encima de todo. Debido a la experiencia que los años vividos en un caserío le permitieron adquirir, sabe dar el mensaje oportuno y claro en esta historia, ya que no trata de enaltecer la vida en el campo añorada, si no mostrar cómo las cosas cambian dando el giro oportuno en un momento preciso, el cual tarde o temprano tiene que llegar debido al progreso social. De esta manera introduce la añoranza por un estilo de vida que se está perdiendo y que es parte de la identidad de un pueblo entero.

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El guión goza de una línea argumental impecable y constante, que nos prepara en el inicio de la película para hacernos una idea de lo que vamos a ver posteriormente, sin trampa ni cartón, que a su vez permite recrearse en unas imágenes potentes con la figura de la amama, aquella que consiguen llenar la pantalla y dejar prendado al espectador con su cabello blanco y sus bellas arrugas. Este juego de imágenes y de una trama bien construida crea un sentimiento de agobio, claustrofobia y melancolía en un espacio abierto.

Un dato curioso y sin relevancia en la película es el guiño a la película, que opta a representarnos en los Oscar, de José Mari Goenaga y Jon Garaño, en el que el papel de Amparo Badiola entrega un ramo de flores a su nuera, interpretada por Nagore Aranburu, protagonista de Loreak, quizás con la intención de dejar constancia del progreso y del sentimiento de hermandad que están consiguiendo las cintas en euskera. Con todo ello, es innegable que el cine vasco está en alza, últimamente escala puestos como protagonista en nuestro terreno cinematográfico, y así lo demuestra Amama. Y es que este éxito puede deberse ya no en parte por lo que se cuenta, sino por la manera en la que se hace a través de un cineasta que coge las riendas protagonistas y consigue arriesgar.

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