«Saturada
escarbo dentro del pelaje,
saciada de espíritu,
preguntando al espacio:
¿A qué animal pertenezco?
¡Se sacude!»
Caneo Arguinzones
«Solo
Soy el animal que creo
La terca esencia
Y digo que soy
Entre huidas y mentadas
Por ahora»
Santos López
«Los animales predicen desastres naturales; los pájaros presienten tsunamis, los elefantes sienten sismos a través de sus patas, los perros pronostican tormentas»; aunque deseamos esperanzados mantener estas creencias en el imaginario colectivo, no hay comprobación científica suficiente que respalde alguna de estas premisas. Biólogos, investigadores y naturalistas coinciden en que no hay evidencia concreta para asegurarlo1, que han sido coincidencias anecdóticas aisladas, puesto que los animales reaccionan a diversidad de cosas como el hambre, el apareamiento, las posibles amenazas territoriales o de otras especies; y que si hubo tal sexto sentido del humano-animal para detectar fenómenos de la naturaleza, este desapareció tras la domesticación de nuestra especie. Para los expertos en vida silvestre, lo único verificable es que los animales preservan, a excepción de los humanos anestesiados por la interferencia de ondas de dispositivos tecnológicos, ciertas facultades de percepción extrasensorial que conducen a comportamientos inusuales, debido a su capacidad de atención ante cualquier estado de alerta. Es decir, un animal huye, se atrinchera, se esconde, se rehúsa a ingerir alimentos, e incluso puede automutilarse, como consecuencia de saberse amenazado o enfermo.
Los animales no predican la catástrofe. Nosotros tampoco. La capacidad de respuesta está definida por lo irreversible. Homologados para actuar cuando es demasiado tarde, si solo podemos escapar cuando ya no se puede cambiar la historia, para huir cuando ya el diluvio está próximo a nuestros pies, en nuestra costa más cercana, ¿dónde quedan preservados nuestros intentos? ¿qué animal somos más allá de la sobrevivencia, la reacción y el miedo?
Operando como prodigiosa (y costosísima) arca que registra la dimensión sensorial de la tragedia, el cine venezolano ha intentado recientemente traducir en el espacio residual de la pantalla ciertos eventos relacionados al colapso socioeconómico de las últimas décadas, valiéndose de ciudadanos difusos, una acostumbrada y controvertida tropicalización, y ahora alimentando a bestias ausentes, reales o imaginarias. La nueva arca cinematográfica venezolana pareciera ya no estar habilitada para la salvación de cuerpos sólidos o sujetos protagónicos, sino para mostrar personajes efímeros que por veces logran traducir el fracaso, y otras fracasan al ser dibujados en promisorios o heroicos ‹plots›. Artefacto flotando en el diluvio político-social y sin nacionalidad legalizada, tres trabajos cinematográficos dirigidos por venezolanos, Zafari (Mariana Rondón, 2024)2, Buscando un burro (Juan Vicente Manrique, 2024)3, Un toro llama (Nelson Algomeda, 2025)4, concentran en los animales de sus historias el lugar del sujeto detonante como pieza movilizadora de sus relatos, relevando en los personajes centrales (humanos) nada más que las sensaciones del discurso, la percepción alterada, el instinto herido de quienes deben resguardarse y evadir a sus victimarios.
Contra la resiliencia y contra la nostalgia, una ética nihilista para elaborar el duelo
En un paisaje aturdido por una ventisca implacable y una atmósfera que se esmera en lo amenazante, dos seres siguen su curso rodeados de condiciones insanas. Un granjero y su caballo. Tan solo un humano y su animal, ambos maltratados por las circunstancias del tiempo donde su existencia persiste, hasta que un día ya no sea así. Fue de la voz del ahora Premio Nobel László Krasznahorkai, que Béla Tarr (Hungría, 1955) escuchó por primera vez sobre aquella supuesta epifanía “nietzscheana”, catalogada como leyenda folklórica, que llevó al filósofo a su quiebre definitivo.
Así nació El caballo de Turín (Béla Tarr & Ágnes Hranitzky, 2011), una película que en 30 planos inmersos en la desolación de sus ciento cuarenta y seis minutos, despoja cualquier grandilocuencia humana para describir el desgaste del mundo. Béla nunca se convenció de aquel abrazo romántico del filósofo hacia el caballo quien, aparentemente consternado por la crueldad que recibía el animal, renuncia a la cordura para siempre entregándose a la tortura del shock y el silencio. Al ser cuestionado por el lugar de enunciación de su película, respondió: «se debe simplemente a que al final nos planteamos la pregunta: ¿Qué pasó con el caballo? Empezamos a pensar que el caballo tiene un dueño, y este dueño quizá no tenga mano derecha. Y con el caballo son tres. Y si alguien se sale de esta relación triangular, muere. Es muy sencillo.»5 El genio que cae no es un problema entonces, sino el animal que continúa soportando el eterno retorno de la crisis comunitaria, y que además deja de colaborar progresivamente con la supervivencia rechazando comer, sin resistir más, sin adaptarse. Algo sabe el caballo que nosotros no sabremos, y es por eso que resulta atinado que estos tres animales de los filmes se conviertan en agentes reveladores del colapso, siendo formas de vida sin resiliencia o nostalgia revestida como virtud colectiva. Algo saben ellos, algo que nosotros no todavía.
No importa quién reacciona a la crueldad en El caballo de Turín, sino la imagen cruda de quiénes quedan participando en un mundo que ha perdido sentido, cuestionando la resistencia y resistiéndose a la misma supervivencia como obligación moral. En este marco, la relevancia del hipopótamo, el burro, y el toro de estos tres connacionales se afina a esta premisa en sus propias constelaciones narrativas como excedentes metafóricos, siendo tótems quebrados que no llegan a mostrarse del todo, sea por su ausencia, por su formato o por las decisiones que se invierten sugiriendo una alegoría a la desigualdad, pero democratizando artificios cuestionables: ¿es posible que lo metafórico no alcance para reemplazar el conflicto y lo doloroso? ¿es la fauna una provisión y asistencia para elaborar el duelo, mientras asimilamos la parálisis por el desmoronamiento social? y sobre todo, ¿cuánto tiempo más seremos solo los que sobreviven?
Podemos encontrar diversas pistas para responder a esto en las palabras de Butler6: «elaborar el duelo y transformar el dolor en un recurso político no significa resignarse a la inacción; más bien debe entenderse como un lento proceso a lo largo del cual desarrollamos una identificación con el sufrimiento mismo. La desorientación del duelo —¿En qué me he convertido? o, incluso, ¿Qué es lo que me queda? ¿Qué había en el Otro que he perdido?— deja al “yo” en posición de desconocimiento. […] Deberíamos entonces evaluar y oponer las condiciones bajo las cuales ciertas vidas humanas son más vulnerables que otras, y ciertas muertes más dolorosas que otras. Siendo así, es posible que la elaboración del duelo pueda asistirse en estos y otros animales del arca cinematográfica, despojándolos de la celebración del aguante y la melancolía insoportable, repudiando abonar peldaños en la nueva meritocracia sobre quién resiste más, que beneficia a ciertos discursos autoritarios totalizadores, y reconociendo en el aparato audiovisual un recurso asertivo para hacer contrapeso en las vulnerabilidades de otros.»
Mientras que el animal, o los animales, de Mariana Rondón y Marité Ugás7 encarnan la anomalía robusta que compite por recursos escasos, encuadrando una crisis concreta de infraestructura, una crisis corpórea, resulta interesante cómo esta volumetría de la fauna que presentan se equipara y puede producirse, de manera literal y metafórica, gracias a la prolífica trayectoria de su trabajo como directora y emisaria de preocupaciones nacionales, extendidas ahora en territorios de banderas indefinidas, justo como el que alberga su historia. La directora opta por un no-lugar que favorece la distopía y el enajenamiento, empujando a que cada quien elija el nombre del territorio, mientras que los otros dos directores se ubican directamente en la precisión de sus paisajes, casualmente distanciados del ambiente metropolitano y amparados en la misma región —los Andes venezolanos— para apoyarse en lo inhóspito y lo vasto. Otra simpática coincidencia es la cualidad herbívora de estos animales que, si bien comparten dieta, están divididos por la anatomía de sus conflictos. El hipopótamo abre la herida de una realidad pesada evidenciando el hambre que todos comparten, el burro es una presencia desaparecida forzosamente, y el toro es el invocador onírico del vínculo familiar. En los tres casos, son los animales incapaces de cualquier épica patriótica, los regentes del instinto narrativo aconteciendo no en Turín, sino en el vital y enérgico horror del Caribe.
Ninguna de estas películas pone a los sujetos, en tanto pudieran ser sospechosamente patriotas y nacionalistas, como protagonistas del cambio. Esa ingenuidad se deshace en un núcleo familiar resquebrajado y violento como el de Zafari y Un toro llama, y el de una comunidad confrontada por la censura, como la de Buscando un burro. Una vez despojados de mensajes de superación y resiliencia, puede producirse un pensamiento crítico que establezca las conversaciones necesarias, las reacciones precisas para el diálogo incómodo, para las tensiones, para el contacto. Sería eso o seguir dándole cabida a personajes nostálgicos sin capas, sin contradicciones; la resiliencia podría ser la forma más eficiente de no cambiar nada porque demanda un sistema intacto, una prolongación de lo que nos exige resistir. Si bien el cine —por requerir cuestionables cantidades de vocación, privilegios, azares y una inquietante optimización económica— no está en capacidad de restaurar la ilusión de la comunidad (regional, venezolana, suramericana), podría respaldarnos para registrar y describir los puntos de quiebre, para diseñar y elaborar instancias de duelo. Está claro que la cámara no salvará a ningún animal del desplome y no prevendrá la entrega a la locura, también así, el relato audiovisual es un animal adicional que sirve de testimonio para lo indecible, para testimoniar el trauma, y en situaciones de eterna desventaja, conviviendo con ciertos instintos oprimidos, solo necesitamos un testigo, un animal, nada más.
Ex-ciudadanos, Exiliados, Expatriados, Exhumanos
«uno y otro migrando hacia uno y otro—
galvánico y portátil
país natal»
Luis Moreno Villamediana
En una entrevista reciente, la escritora y antropóloga Rita Segato se definió como “exhumana”, «porque no quiero pertenecer a esta especie siniestra, genocida», declarando un deseo de renuncia, más que a la condición humana, al contrato social. Esta definición y necesidad para posicionarse frente a la crueldad bien podría servir para aliviar a quienes, como los venezolanos de la contemporaneidad, registran desde el afuera porque el adentro se convirtió inhabitable. Siendo que ya no se trata de migración tradicional, sino de un estado permanente de desfase, los exilios son una forma de ex-venezolanidad ontológicamente confusa, sí, pero determinados —y desafiados— por la posibilidad de elegir y optar en el pertenecer de un “afuera”, sin la forzosa capa umbilical y asfixiante del “adentro”.
En la fauna de estas tres películas hay declaraciones indispensables para registrar los archivos de crueldad más recientes de nuestro pueblo, un chiste basta para activar la represión feroz, regresar a casa puede ser terrorífico y agresivo, y un animal colosal podría destruir menos que una comunidad vencida por los prejuicios y la división. Habrá que preguntarnos cómo ese mismo ecosistema desmonta o refuerza el racismo estructural de nuestra herencia cultural y nuestras ahora vacías lógicas petroleras de abundancia. Tal vez pronto, si continúa la ex-humanidad en el cine, podamos entender que no somos los únicos protagonistas de nuestra propia supervivencia. Descreídos como animales, viviendo con el instinto herido, atrofiado e incomprendido por otros, quizá serán los animales que sobrevivan al diluvio contando lo que hicimos sin habernos advertido de catástrofe alguna.
Quizá sean «unos y otros migrando hacia unos y otros». Una gran arca natal. Un zoológico como país portátil.
Escrito por Jai Marcano
1 Did Animals Sense Tsunami was Coming? Mott, M. (2005, 4 de enero, National Geographic) .
2 Mariana Rondón (Barquisimeto, 1966) es cineasta, artista visual y productora venezolana. Estudió cine de animación en París y se graduó de la primera generación de la EICTV en Cuba; cofundó Sudaca Films en 1990. Entre sus obras se encuentran Calle 22 (1994), A la media noche y media (2000), Postales de Leningrado (2007), Pelo malo (2013) y Zafari (2024).
3 Juan Vicente Manrique. Radicado en Ciudad de México desde 2018. Entre sus proyectos se encuentran la serie documental Nunca jamás en Venezuela (2017–2019), los cortometrajes Bolas criollas (2018), No te agüites (2021) y Buscando un burro (2024). Ha sido nominado en dos ocasiones al Premio Ariel y su obra ha sido exhibida en festivales como IDFA y Guanajuato.
4 Nelson Algomeda (Caracas, 1989) es un cineasta y editor venezolano. Tras graduarse en Literatura, cofundó la revista independiente Arepa y dirigió cortometrajes documentales para medios de comunicación de Venezuela, Alemania y la BBC. Reside en Berlín desde 2018 y estudia Dirección Cinematográfica en la Deutsche Film und Fernsehakademie Berlin (DFFB).
5 The Hard Beauty of Our Life on This Earth, João Antunes (2011). Entrevista a Béla Tarr durante la edición 61 de la Berlinale – Berlin International Film Festival.
6 Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, Butler, J. (2004). Paidós.
7 La directora y su coguionista, Marité Ugás, empezaron a escribir la historia al enterarse de la muerte de un hipopótamo con el mismo nombre de la película en el zoológico de Caricuao, en el año 2016. Otros cincuenta animales murieron ese año por desnutrición e irregularidades respecto a sus cuidados. La película dedica un ‹in memoriam› a estos animales.









