
Que el amor de una madre es incondicional parece ser una de esas máximas integradas en la psique colectiva que nadie nunca ha atisbado a contradecir. La asociación inconsciente de la figura materna con la tierra como fuente de vida —no es casualidad que muchas sociedades tribales la llamaran Madre Tierra—, y por extensión, los atributos virginales y adánicos que a esta se le atribuyen, han terminado por sacralizar el amor materno y abstraerlo de las condiciones materiales en las que este se desarrolla. Anna Rose Holmer y Saela Davis intentan, por lo tanto, secularizar la maternidad del tan peligroso adjetivo “incondicional” para poder examinar con detenimiento las fracturas que siempre se han escondido tras la candidez del adjetivo. La obra resultante es un thriller reposado y sereno, versado en la creación atmosférica y en la infiltración paulatina del Mal en todos los recodos del relato.
La cuidada progresión dramática que las cineastas construyen se enraíza en los silencios de un grupo de mujeres interconectadas entre sí que, de una forma u otra, orbitan todas ellas a un mismo hombre, Brian. Este vuelve a su casa después de un largo tiempo en el extranjero, y su madre, Aileen, junto con su antigua novia, Sarah, habrán de sufrir las consecuencias de su regreso. La dimensionalidad caracterológica de estas dos mujeres se verá profundamente desarrollada debido a la acusación de Sarah, quien dice haber sufrido un abuso sexual por parte de Brian. Aileen, su madre, le encubrirá sin siquiera pensarlo y le servirá como coartada para la noche de los hechos. El conflicto, pero, no residirá en ningún momento en la veracidad de la acusación, que rápidamente se sobreentiende como verdadera, sino en la cruz que el amor le hará cargar a Aileen, la culpa de saber estar protegiendo a un abusador y ver cada día a su víctima, con quien esta trabaja. El peso ético se acentúa más cuando es todo un pueblo, y por extensión, un sistema, el que carga contra la víctima.

Muy hábilmente, las directoras desplegarán todo su aparato formal para materializar la opresión que el lugar ejerce en estas dos mujeres a partir de un uso constante de música extradiegética, la presencia constante de una paleta de colores grisácea y desaturada y la omnipresencia del mar, quien alberga enigmas atemporales. Cómo la tierra ha impregnado todos y cada uno de los caracteres de sus habitantes y en estos ha calado ese Mal ya mencionado, es la diatriba principal de la cinta, que abraza un nihilismo desesperanzador mientras atisba a evocar cuestiones sin la soberbia de atribuirles una respuesta segura. ¿Es el amor de una madre verdaderamente incondicional? ¿Amar es sinónimo de proteger? ¿Puede ser el amor una forma de violencia? La cinta, por lo tanto, deja un amargo poso de preguntas que el espectador deberá paladear si desea no solo comprender con profundidad el material ético con el que opera la cinta, sino hacer lo propio con las decisiones y acciones de los personajes, quienes desde el primer minuto de metraje demuestran estar más allá del bien y el mal.


Redactor de crítica cinematográfica en Cine maldito y Cinemagavia.





