
Usar la IA como argumento principal de una película ya no es a estas alturas ninguna novedad. Desde Terminator hasta recientes propuestas como Ex Machina ya han abarcado este tema pero siempre desde un punto de vista que pone el foco en la peligrosidad de dichas inteligencias. La clave está, sea en forma más destructiva o filosófica, en el momento en que las IA toman conciencia de sí mismas y deciden que la humanidad es una amenaza o algo prescindible. Por ello, aunque no sea del todo novedoso, The Artifice Girl se articula como un film sino original sí algo diferente en cuanto que aquí el debate no es tanto qué hacer con los humanos sino cómo asumir la identidad propia.
En este sentido, el film de Franklin Ritch opta por una estética más intimista, más centrada en el diálogo que en la acción. Algo así como un capítulo de Black Mirror donde la distopia se siente cercana, posible, pero no tanto por la proximidad de una tecnología que ya está aquí, sino por unas reflexiones que hoy en día tienen relevancia. Al fin y al cabo, si la duda existencial humana ha pivotado siempre alrededor de su razón de ser, su sentido último o la futilidad de su existencia, tiene todo el sentido que una IA, una vez consigue llegar al punto de la autoconsciencia, se haga las mismas preguntas.

Estructurada en 3 capítulos, vemos como Cherry (que así se llama la IA) sufre una evolución continua. De simple programa creado y ejecutado por humanos hasta su desarrollo casi definitivo en forma física, donde observamos cómo no solo aprende sino que en su interacción con humanos absorbe emociones, libre albedrío e incluso traumas de sus creadores. En este sentido, Ritch sabe como desarrollar la trama prácticamente con conversaciones y elipsis sin perder un ápice de interés. Especialmente acertado es su primer capítulo donde se genera una tensión narrativa hasta llegar a comprender cuál será el núcleo fundamental de la trama.
Pero siendo este uno de los puntos fuertes de la película, también acaba por convertirse en una de sus debilidades. Al final lo planteado al inicio, con una red de vigilancia de pederastas online para denunciarlos acaba por convertirse en algo secundario, en una excusa para presentar y desarrollar a Cherry sin más interés que crear algunos dramas artificiales que suenan más a disparadores argumentales, a conveniencias de guión para desencallar la narrativa, como si la evolución de la IA dependiera más de ciertos acontecimientos externalizados en su creador que de su propio desarrollo cognitivo.

A pesar de ello, The Artifice Girl consigue ser, dentro de su modestia, una película que plantea cuestiones a tener en consideración en cuanto a ética tecnológica, a los límites de la creación, aunque sea con un objetivo loable y, sobre todo, aunque caiga en ciertos clichés, a huir de la visión simplista que equipara casi siempre las IA con una amenaza para los seres humanos, ofreciendo en su lugar un espacio de debate y reflexión que hace de su visionado una experiencia más que recomendable.






