La sinceridad está sobrevalorada. Demasiado. Te das cuenta de ello cuando te adentras en un thriller y ves que la sinceridad dinamita cualquier posible intriga, sentenciando la posibilidad de recapitular infinitas respuestas a un único problema. La sinceridad, en realidad, marca el fin del suspense.

Johanna Pyykkö nos miente constantemente en su película debut, My Wonderful Stranger y lo hace desde su protagonista, una muchacha de dieciocho años de piel pálida, con apariencia de ser incluso más joven de lo que aparenta y que es incapaz de juntar más de dos frases sin que una sea mentira. La sinceridad no forma parte de su vida, por tanto, la sombra del engaño invade todo lo que le rodea, ofreciendo solidez a la incongruencia, como si todo el exceso de irrealidad acabase resultando creíble por sí solo.
Ebba ha encontrado su propio lugar en el mundo. Con apenas 18 años y sin conocer cómo funciona el mundo sí parece decidida que su mayor ansia es ser rica, amada y admirada solo que, por el momento, estos factores no parecen cumplirse. Pero solo de momento. Desde un inicio vagabundeamos por sus mentiras y las conocemos porque, en apenas cuatro pinceladas, la directora sabe situar lo que se esconde tras esa inocente fachada: una familia, un trabajo y su ávida mirada hacia todo lo que le rodea. Una simple chica a los márgenes de sus propios deseos, que puede aprovechar la oportunidad de pasar desapercibida para reinventarse.
Así lo hace cuando, de repente, encuentra a un hombre joven y guapo medio moribundo cerca de su trabajo. Un poco como Sandra Bullock en Mientras dormías (1995) pero con el toque siniestro que sabemos endiosar en Europa, Ebba decide que este hombre confuso es perfecto para comenzar una nueva vida. Agradece la historia las facilidades de fondo que obtiene la muchacha, al contar con una casa vacía de ancianos ricos por la que puede pasearse a su antojo y una total ausencia de interés por sus allegados por saber en qué ocupa su tiempo. Todo al servicio de una muchacha que encuentra la excusa para mantener aislado al hombre y poder alimentar, sin titubeos, su perfectamente falsa historia de amor.

Aunque parezca que las sorpresas no formen parte de la trama, conociendo de antemano las dobleces del relato, Johanna Pyykkö se permite darle una vuelta extra a las fantasías de Ebba y la complacencia de Julian cuando la “realidad” parece tomar forma. Que el perfil del desconocido vaya adquiriendo entidad rompe en cierto modo el control tanto de la película como de los caprichos de Ebba, un personaje por cierto muy lejos de presentarse como un ser de luz, pero no deja de resultar atractivo encontrarnos con el siguiente paso en falso que solventar con… más mentiras. Para cuando todo parece enfocado a dinamitar la situación, Pyykö se atreve a girar las tornas para enfocarse en otro tipo de narración, una en la que la autenticidad quiere abrazar a los protagonistas. Solo una fase extra para confirmar quién tiene las riendas, consolidar la errática y caprichosa mentalidad de Ebba y retorcer con un toque de gracia pillado por los pelos pero muy bien encajado un final que ofrece la libertad de pensar sobre él o indignarse, porque al final es lo que provocan las mentiras sobre nosotros: la más absoluta confusión.
El deseo de alcanzar la felicidad en base a lo material (y un hombre guapo y manejable a tu lado como accesorio de una vida perfecta también pasa por materializar el amor) inspira decisiones arriesgadas en My Wonderful Stranger, donde no falta la agresividad, el clasismo y el egoísmo como componentes que desafían la normalidad, y aunque a la película parezca plana y sea más que complicado conectar con alguno de los personajes, sabe destacar sus puntos álgidos y comprometerse con lo suculento de una historia que no se esconde a la hora de engañarte. Es más, no se entendería de otra manera, con esa chica rubita que esconde en su mirada mil demonios envidiosos y mentirosos.







