Sin piedad, en El reloj asesino, John Farrow convierte un edificio de oficinas en un peculiar laberinto donde las horas no solo se cuentan, sino que parecen disfrutar acechando a sus personajes. Desde su planteamiento, la película se inscribe en la tradición del “falso culpable”: George Stroud (Ray Milland), editor de una revista sensacionalista que trata sobre los crímenes del momento, queda atrapado en un equívoco que lo convierte en sospechoso de un asesinato que él mismo deberá investigar. El giro —un hombre a la caza de sí mismo— es tan ingenioso que, aunque hayan pasado casi 80 años desde su estreno, el ritmo y el juego de ironías dramáticas constante da a la película buena parte de su encanto.
La estructura, eso sí, puede llevar al espectador a error por su primera mitad, más ligera y casi festiva, en la que se nos presenta a las piezas del tablero: el mundo de la prensa sensacionalista, los chistes rápidos, la competencia profesional (con un esclavista como jefe) y el alcoholismo funcional de Milland, que se mueve con soltura impuntual entre colegas, titulares amarillistas y copazos varios. Es aquí donde Farrow deja asomar una vena satírica que resulta sorprendentemente moderna en cuanto a la visión del crimen como entretenimiento, el sensacionalismo como rutina diaria y los chupatintas convirtiendo la tragedia en material de pizarra cual true crime actual.
El asesinato, que llega aproximadamente a mitad de metraje, parte el relato en dos. La segunda mitad es una película en la que todos jugamos al gato y al ratón encerrados en las oficinas donde el protagonista debe evitar ser atrapado hasta conseguir resolver el gran misterio sobre el crimen. El edificio —con el gran reloj que da título a la obra dejando claro que para el dueño nuestro tiempo es oro— se vuelve un personaje más: pasillos, oficinas, escaleras y despachos ofrecen rincones y geometrías que, en el blanco y negro propio de la época en que se rodó la película, destacan dando un toque elegante con sombras y encuadres que mezclan drama y humor con bastante naturalidad (a menudo caricaturizando a la mujer en esa sociedad).
El reloj asesino es un ‹noir› que funciona, efectivamente, como un reloj: bien construido, la investigación se transforma en persecución y la identidad de todos los protagonistas involucrados en el misterio se diluye entre retratos, pistas equivocadas y testimonios fragmentados producto del desconocimiento que todos tienen sobre el asesino.
Ray Milland cumple manteniendo esa compostura de tipo de ciudad de clase media-alta, eficiente en el trabajo y un adelantado a su tiempo cuando de ‹afterworks› hablamos, aunque su presencia resulta algo sosa para un personaje que debería transmitir mayor sensación de peligro. De hecho, la película es mucho más divertida cuando los protagonistas son los secundarios. Charles Laughton, como el magnate dueño del imperio editorial, aporta un humor sardónico y una energía desbordante y excesiva, tanto que es inevitable verle a él más a menudo que a su personaje, pero no importa. Y lo mismo pasa con el reparto femenino que, a pesar de jugar un papel algo más secundario y ser retratado desde una perspectiva machista, roba casi todas las escenas en las que forma parte añadiendo un encanto algo alejado de otros noir más populares.
En parte, El reloj asesino funciona como película de suspense precisamente gracias a la peculiaridad de su clasicismo, una maquinaria narrativa bien engrasada que mezcla humor, sátira y tensión con una premisa brillante: el hombre que investiga su propia culpabilidad a contrarreloj. Es una película que se disfruta por su ironía y su arquitectura opresiva, que entretiene y hasta seduce gracias al encanto de todos los personajes que van y vienen por la pantalla a un ritmo, puede que incluso en los estándares de hoy, resulta trepidante.








