Una especie de familia (Diego Lerman)

A caballo entre un tejido más dramático y el cine social, Diego Lerman se nos descubría definitivamente —aunque en su haber contaba ya con tres largometrajes— hace unos años con la notable Refugiado, donde un ambiente opresivo servía para forjar la perspectiva en torno a un asunto de tanta urgencia como el maltrato, cuya personificación física era reemplazada por una mirada femenina en la que se reflejaban los peores temores acerca de esa cuestión. Una mirada que permitía dotar de cierta fuerza e independencia a su personaje central sin necesidad de verse arrastrado constantemente por su temática central. Algo así acontece en esta, su nueva Una especie de familia, donde el cineasta se apoya de nuevo en un personaje femenino —aunque amplifica su discurso a través de un segundo— para poner sobre la mesa temas realmente interesantes, en especial aquellos que enlazan con la moralidad del deseo y sus consecuentes actos de la protagonista —puestos en tela de juicio por Marcela—, pero lleva el relato en todo momento a un terreno en el cual el drama sobreviene cualquier otro elemento.

No es pues Una especie de familia una cinta social ‹per se›, aunque busque mediante ética —comprometiendo a sus personajes— y estética —aquella que ya destacaba en Refugiado, ensalzada especialmente por su gran trabajo visual— fomentar un discurso que, en ocasiones, suena un tanto obvio: como si hubiese que posibilitar una vía para comprender a grandes trazos —ya que no se detiene en él, no profundiza— aquello que Lerman desea reflejar.

Lejos de ese discurso que se siente maniatado a través de ciertas escenas, en el plano dramático el film funciona como crudo —y un tanto desesperado— retrato de su protagonista, alumbrando incluso una situación nada fácil, en la que se mezclan todo tipo de sentimientos y ante la que Bárbara Lennie se siente especialmente inspirada. Y es que contar con una actriz del talento de la madrileña ante el momento que vive es todo un acierto: la intérprete no ha parado de sorprendernos desde su estallido definitivo —que se produciría en Magical Girl—, y ha logrado hacerlo tanto en grandes títulos como en producciones más modestas —como aquella gema titulada María (y los demás)—. El torbellino emocional con el que se ve obligado a lidiar la protagonista del film es, de este modo, puesto en escena por Lennie con determinación y pulso, interpretando cada situación dramática con una impresionante madurez que, sin lugar a dudas, lleva un paso más allá al film.

Pero Lerman no sólo se vale de una gran interpretación para conferir empaque a la propuesta, y su dibujo de ese personaje femenino que se vuelve a sentir independiente y férreo —de nuevo, ante una situación límite, de frustración por no poder luchar contra ella— se torna una de las claves de Una especie de familia, erigiendo como gran virtud también la de no difuminar unos secundarios que poseen su importancia en la cinta, ya sea como precursores de la reflexión lanzada o como herramienta para dar amplitud a una perspectiva que constantemente va aportando detalles —por insignificantes que se antojen— a la narración.

En Una especie de familia vuelve a primar, de este modo, el retrato por encima de la denuncia —aunque ello no reste ni un ápice de importancia a su discurso—, y es en ese espacio donde obtiene sus grandes logros, no pervirtiendo el drama ni llevándolo a cotas insostenibles. El argentino lo expone mediante una forma y un fondo que se muestran, una vez más, personales —no quedando anclados a la habitual feísta y empobrecida estética del cine social—, y aunque quizá no cierra una estimulante disertación del mejor modo —y muy alejada, en ese sentido, de su anterior trabajo—, con secuencias que bordean la evidencia y una conclusión discutible que incluso podría desmantelar esa mirada comprometida del cineasta, ofrece una continuidad de lo más estimable a su perspectiva.

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