Mommy (Xavier Dolan)

De vez en cuando, surge en el mundo del arte y del espectáculo la necesidad de calificar a alguien como «enfant terrible», expresión francesa que en este ámbito suele designar a quien demuestra una destreza y toque creativo impropios de su juventud. A tal calificativo parece responder en estos tiempos el canadiense Xavier Dolan, un tipo al que el cine le vino por ascendencia paterna y que desde pequeño lo puso en práctica, comenzando por papeles menores en películas y series semi-desconocidas hasta doblajes al francés quebequés de obras como South Park, Crepúsculo o la saga Harry Potter. Con 19 años ya hizo su primera película, Yo maté a mi madre, donde dirigía, escribía e interpretaba el papel protagonista. A los 25 años ya lleva nada menos que cinco películas en su haber, todas ellas cuanto menos interesantes y la última con premio incluido en Cannes, circunstancia que provoca que muchos jóvenes que rondan su edad (entre los que el redactor de esta crítica se encuentra) se pregunten qué han hecho con su vida.

Precisamente con Mommy, último hijo cinematográfico de Dolan, obtuvo el cineasta el Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes, galardón que compartió con el veteranísimo Jean-Luc Godard. Como es lógico, pocos resistieron la tentación de intuir un relevo generacional definitivo en semejante hecho, como también sucumbieron a la hora de comparar al canadiense con pasados y presentes compañeros de profesión. Era muy fácil ver paralelismos entre Les amours imaginaires con el estilo de Wong kar-wai (hay que reconocer que ahí lo puso fácil con escenas como la del Bang Bang), más relativo el compararle con Pedro Almódovar por tocar temas como la homosexualidad, transexualidad o la clara preferencia por los personajes femeninos en sus películas. Por fortuna para Dolan, al que no parecen sentarle demasiado bien estas analogías, la calidad cinematográfica que rebosa Mommy va a poner el punto y final a cualquier comparación posible con otros cineastas.

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Como ya hiciera en Laurence Anyways, Dolan se ha hecho a un lado en la faceta interpretativa (veremos si de forma definitiva) y ha cedido su rol a Antoine-Olivier Pilon, actor que ya tuvo un papel en la mencionada obra y que aquí interpreta a Steve, un adolescente que sufre un trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Pero pese a lo que pueda parecer, él no es el verdadero protagonista de la obra, sino que ese papel recae en Anne Dorval como Diane ‘Die’ Despres, madre del joven que, en un Canadá donde a los padres se les permite delegar sus hijos a los hospitales y psiquiátricos, decide hacerse cargo de tan conflictivo descendiente. Tarea que no será nada fácil, ya que el amor de madre choca con la violencia física y verbal que Steve ejerce sobre ella. La fortuna para Diane es que podrá contar con la ayuda de su vecina tartamuda Kyla, interpretada por Suzanne Clement (otra de las fijas de Dolan), y que parece tener mejor sintonía con el joven.

Hoy en día vivimos en la era de Internet y las noticias corren como la pólvora, pero a pesar de estar informado sobre ello, sorprende mucho de primeras el formato 1:1 con el que se inicia Mommy. Apariencia smartphone, se podría decir. Una apuesta que a algunos les podría parecer un capricho, pero que verdaderamente da pie para que el director juegue con el sentimiento de agobio que intenta transmitir la película. Innovación formal que casa bien con otras virtudes de Dolan en este aspecto, como la gran B.S.O. que suele adornar todas sus películas y que aquí está en mucha mejor sintonía con las imágenes. Unas imágenes que, como es habitual, muestran colores muy vivos independientemente del dramatismo que se desprenda de la acción en curso. Destaca por encima de todo un montaje que esta vez sí ha quedado muy ajustado en su duración y que resulta casi perfecto a la hora de enlazar tomas.

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Además de esas virtudes pulidas y errores corregidos, el gran examen para Dolan parecía estar en su faceta como guionista. Sin escapar de tintes autobiográficos ni de los temas generales que ha tratado en sus anteriores películas, aquí el de Québec sí ha logrado construir un guión que de principio a fin no representa claros altibajos, con una estructura que no escapa a lo tradicional pero que en absoluto llega a caer en lo previsible. Combina un registro de clara vocación dramática con algún retazo cómico, con la habilidad de que en ambos sentidos sus escenas son creíbles y ágiles. Amor, odio, risa, tensión, violencia… Con la variedad de sentimientos que hace gala Mommy, es de alabar que Dolan no haya hecho honor a su edad y nos ofrezca un relato muy maduro. También es cierto que le tiene que dar las gracias a los tres actores protagonistas, sobre todo a una enorme Dorval que conquista la pantalla en todo momento y hace mucho más sencilla la tarea de involucrar al espectador en lo que está viendo.

Por lo tanto, con Mommy no estamos sólo ante la confirmación definitiva de Xavier Dolan como un hombre que entra de lleno en la primera línea de cineastas a seguir, sino que la película por sí misma es de lo mejor que se haya podido ver en este 2014 y seguramente también en lo que llevamos de década. 139 minutos que se pasan volando y en los que, se empatice o no con la historia, es inevitable desarrollar algún tipo de sentimiento conforme se ve la película. Una obra redonda y magnética que se antoja imprescindible para cualquiera al que le haya parecido interesante el trabajo anterior de Dolan, pero por supuesto también para cualquiera que durante estas navidades quiera darse un festín de buen cine.

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