Entrevista a Meritxell Colell, directora de Con el viento

Durante la 68ª edición del Festival de Berlín la directora y también montadora Meritxell Colell Aparicio (Barcelona, 1983) presentó su primer largometraje, Con el viento, dentro de la sección Forum del certamen. Con un reparto que integra actrices profesionales y no profesionales, la película cuenta la historia del regreso a las raíces de su protagonista y cómo el reencuentro supone enfrentarse a conflictos y heridas del pasado a través de su relación con su madre y su hermana. Mezcla de estilo documental y de retrato impresionista que no abandona el naturalismo, logra incluir los elementos más dramáticos de la danza y su estética con su capacidad para capturar emociones en la relación de los personajes con su entorno y los áridos paisajes. Con el viento combina una mirada directa hacia sus personajes, tratando de desentrañar sus emociones a partir de sus diálogos y sus silencios, con el poder evocador de recursos más sensoriales y la expresión puramente física de su protagonista a través de la relación con el baile y su cuerpo. Con la directora pude hablar de su planteamiento de creación de atmósferas, la importancia de la composición de su reparto, la danza como recurso al servicio de desarrollar los conflictos de su personaje principal y tanto su ambientación costumbrista como su vocación de retratar la desaparición del modo de vida del mundo rural.

Ramón Rey: Formalmente tu película utiliza algunos recursos cercanos al documental, buscando una autenticidad naturalista. Al mismo tiempo buscas más transmitir emociones a partir de un retrato impresionista de momentos, conversaciones, …

Meritxell Colell: Digamos que es una película que lo que busca de alguna forma es que el espectador la pueda sentir. Que pueda sentir que está allí. El centro está en las sensaciones y en las emociones y en todo el arco emocional por el que pasan los personajes. Y también por un deseo como de trozo de vida, que el espectador salga de la sala habiendo vivido durante un tiempo el frío de Burgos, ese viento, esa aridez… pero al mismo tiempo esa belleza. Intentar crear atmósferas a través de la relación entre los personajes. Atmósferas que son tanto interiores como exteriores. Y como todo va conjugando un doble relato de la relación de la protagonista con sus orígenes: la tierra y la madre.

R. R.: La profesión de la danza de la protagonista tiene visualmente un poder enorme al ser un arte escénico.

M. C.: En un inicio el proyecto estaba pensado más desde lo documental, porque tenía esa idea de retratar el pueblo, un modo de vida, una generación y demás. Cuando surgió la idea de una ficción sobre el retorno y de una transformación de un personaje que se ha desconectado de sus orígenes y que poco a poco se irá reconciliando con ellos, pensé de qué forma podía expresarse esta transformación. Cómo se podía jugar con un personaje con muchas dificultades comunicativas —verbalmente—, pero que tenía un espacio de comunicación consigo misma muy fuerte. Y ahí apareció la danza. A mi la danza es una de esas artes que me parece, aparte de bellísima, muy emocionante justamente por cómo se materializan todos los estados de forma física. Trabajando en cine, donde el cuerpo es algo tan importante, el movimiento es algo tan importante, me parecía muy interesante explorar esta relación entre cine y danza y cómo se puede hablar de una evolución de un personaje a través de esta relación. No sólo de las escenas de danza en sí, del hecho de bailar, sino de cómo se filma esa danza.

R. R.: La expresión de las emociones de la protagonista a través de la danza, que es un elemento más dramático que cinematográfico, se combina muy bien con cómo aprovechas el paisaje, el viento, el clima y sus sonidos.

M. C.: Es una película que trabaja mucho el interior y el exterior y cómo se van relacionado poco a poco. Parte de un interior muy fuerte de alguien que está cerrado y se va abriendo. Y era pensar cómo eso se podía expresar como dices desde la danza, pero también desde el paisaje. Desde el lugar que ocupa ese paisaje. Ese exterior que al principio está fuera de campo y no se escucha y poco a poco va entrando en la casa. Y va entrando de forma más amable. Era como una forma de hablar de la apertura de los personajes y de sus relaciones y de esa proximidad con el lugar de origen, Y ahí a nivel sonoro hicimos un gran trabajo para conseguirlo, para que poco a poco vaya entrando y uno vaya teniendo esas sensaciones.

R. R.: Las relaciones que aparecen tienen una gran carga de ambigüedad, con conflictos ocultos de manera deliberada. Para desarrollar esto además utilizas actrices no profesionales.

M. C.: Es una película muy elíptica realmente y tiene una parte narrativa. Una de las cosas que nos costó más en montaje fue unir toda esa parte sensorial y atmosférica con las partes más narrativas que siguen estando de algún modo. Había como una dialéctica ahí. Y en relación al casting, yo desde el principio tenía muy claro que quería trabajar con gente que hubiera vivido y que compartiera una visión del mundo y de una manera de entenderlo con los personajes. Cuando pensé en la danza evidentemente no lo podía interpretar nadie más que no fuera una coreógrafa. No sólo por las escenas de danza en sí, sino por la conexión con el cuerpo que tienen los bailarines. Ese dominio y esa consciencia del cuerpo. Y por otro lado cuando pensaba en el personaje de Pilar, se me hacía muy raro poner a una actriz cortando madera. Era como una aberración. En esa búsqueda de la verdad a la que va la película era muy importante que las actrices compartieran esas emociones y esa vida con los personajes para generar esos momentos de sensación de vida. También las actrices profesionales, en este caso Ana Fernández y Elena Martín, podían dotar de dramatismo y tener tablas y experiencia para las escenas más dramáticas. El trabajo fue mucho ensayar escenas que nunca iban a estar en la película, compartir momentos de familia que habían vivido los personajes antes de llegar a este momento —porque trabajábamos sin guión—, para llegar a las situaciones y trabajarlas conjuntamente desde quienes son los personajes y cómo van a reaccionar ante esto.

R. R.: Uno de los puntos fuertes es esa ambientación costumbrista que da a entender una conexión directa con el material con el que has trabajado en el film.

M. C.: Qué bonito que me digas esto, porque de hecho es una película muy personal. Nació del impulso de retratar el pueblo de mi familia materna y un modo de vida, el de mis abuelos, y toda una generación que desaparece con ellos. Todo ese vínculo con la tierra, la casa… Es una película que cuando la empecé a escribir, la escribí mucho desde los recuerdos y también de charlas con mi abuela, con los familiares, con la gente del pueblo… estar hablando de una forma de entender la vida. Y era algo que me daba mucho miedo que se perdiera cuando rodara la película. Entiendo que de alguna forma está ahí.

R. R.: Las relaciones son el eje que une todo lo que cuentas con el perdón y la comprensión incondicional de la madre, los rencores con la hermana y el relevo generacional de la sobrina, que es testigo imparcial desde la distancia de todo lo que ocurre.

M. C.: Había una idea de establecer unos lazos emocionales. Para mí era muy importante trabajar el vínculo madre-hija a dos niveles, con dos generaciones muy distintas: Pilar-Mónica y Elena-Berta. Y cómo también los errores o conflictos del pasado marcan en el presente y en las siguientes generaciones. Me parecía también muy interesante hablar sobre lo conflictuante de los apegos —de los lazos— y al mismo tiempo sobre lo necesario de ellos. Y cómo la madre es alguien que siempre tira y atrae y es supernecesario encontrar ese equilibrio entre el estar arraigado a eso y poderte encontrar a ti mismo. En esta idea de retorno de la que hablábamos y de búsqueda de uno mismo y de perdonarse. No sé si hay tanto culpa como vergüenza en Mónica. Y hay mucha vergüenza en muchos personajes. Todo lo no dicho se va posando, se va estratificando en ellas, y poco a poco es el tiempo lo que permite reconciliarse con eso. Iba a decir curar, pero no es curar. Es reconciliarse y es poder seguir adelante. En ese sentido cómo hasta que no deciden vender la casa esto no es posible. Hasta que no te quitas el peso del pasado no es posible el perdón del que hablabas.

R. R.: Pegas mucho la cámara a la protagonista durante todo el metraje y hay muchos cortes en el montaje, pero en la escena de la discusión en el cobertizo con la pared en medio —que parece la principal de la película, en la que se explica todo— únicamente mueves la cámara en plano secuencia.

M. C.: Para mí el clímax, el punto de inflexión de la película, es el llanto posterior. Ese plano tan largo, pero que justamente viene narrativamente por lo que lo cuenta todo, que es esta discusión. La discusión es la explosión y después a partir de ahí la reacción, el cambio. Y sí que tenía muy claro que quería trabajarlo de forma muy distinta a como estaba hecho lo otro. Después viéndolo pues uno nunca sabe si era la manera justa de hacerlo o no, pero sí que ahí estaba el inicio del cambio. El poderse decir —pero mal— las cosas. Por eso la película sigue, porque se dicen las cosas, pero se dicen muy mal dichas. De hecho Mónica no dice mucho, se queda con muchas cosas por decir y que nunca dirá más allá de las gracias.

R. R.: La venta de la casa es la amenaza del final de una forma de vida, de una generación que se va a perder. Los nuevos dueños son gente que no tiene ningún tipo de vínculo cultural ni emocional con la casa ni el modo de vida de sus habitantes.

M. C.: Y al mismo tiempo es una familia con una niña que le da como un futuro. Digamos que en este planteamiento de este pueblo que desaparece no quería tener una mirada nostálgica sobre lo que se pierde y lo decadente, sino intentar retratar una realidad. Y la realidad es que la gente mayor estaba conectada de una forma a la tierra que ahora nosotros no lo estamos. Estamos conectados a la naturaleza desde otro lugar. Cuando llega esta familia, llega para crear una familia, la idea de crecer en un lugar como este. Quizá lo que les conecta a ellos es el silencio, es el paisaje y no la tierra en un sentido de trabajo y de origen.

R. R.: La conexión a la tierra de la madre es su vida, pero para la protagonista es un lastre. Cuando ya es por fin libre en ese lugar porque no hay nada que la ate, baila en esas colinas.

M. C.: Hay algo dialéctico, porque Mónica también ha conseguido tocar la tierra. La primera empieza con esa escena del huerto, que para mi es muy importante porque Mónica toca la tierra y la toca con las manos. De hecho su madre le dice que tendría que haberse puesto guantes. Y ella dice que no, que la quiere tocar. Y puede bailar en la casa en un baile de despedida, donde también puede tocar la viga. Es decir, en el momento en el que está más cerca de sus orígenes, de esta casa, también es el momento en el que la pierde. Y hay algo de liberador, pero al mismo tiempo de pérdida. Es decir, es esa complejidad de estar diciendo adiós a algo y que eso duele. Hay algo de dolor ahí, pero también hay algo muy liberador.

R. R.: Conecta un poco con la despedida de su padre que nunca tuvo.

M. C.: Exacto. Y al menos ahí ha podido estar, se ha podido despedir. Evidentemente la escena de la danza final, ese baile con el otro —con la ausencia, con el viento— tiene mucho que ver con lo que dices.

R. R.: Aunque transcurra en Burgos la forma de contextualizar la ambientación del lugar evita la especificidad del lugar, podría ser cualquier pueblo de cualquier parte de España.

M. C.: Y al mismo tiempo para mi era muy importante el habla, por ejemplo. Que fuera alguien de la zona. Ese castellano con unas palabras.. es que mi abuela muchas veces nos dice una palabra nueva. Es un castellano muy rico, muy puro, muy bonito realmente. Entonces todo el tema de la lengua está ahí muy presente y el paisaje es singular como el de cualquier otra parte del mundo. Sí que no tenía ese deseo, esa necesidad, de decir que es Burgos. Porque en realidad se está hablando del mundo rural en general. Y hay un cierto anacronismo incluso. No sabes muy bien en qué tiempos estamos.

(Entrevista realizada el 16 de febrero de 2018)

Escrito por Ramón Rey


Crítico y periodista cinematográfico.



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