Directions (Stephan Komandarev)

Un taxista discute con un policía acerca de una mordida que debe pagar a un tercero si quiere seguir con su licencia. El conductor, desesperado, tiene pocos minutos para encontrarse con la persona a la que debe pagar mientras lleva a su hija al colegio. Tras dejar a la joven en la institución, acepta a regañadientes hacer un viaje a una chica que sale del mismo instituto que su hija para llevarla al hospital. En el trayecto, descubre que la pasajera no se dispone a visitar a un familiar gravemente herido, si no a encontrarse en un hotel con un hombre que ha pagado por sus servicios, y su ética y moral le impiden llevar a la pasajera a su destino y la devuelve a su punto de origen, entre gritos, amenazas e insultos de la chica. Luego, tiene el tiempo justo para encontrarse con su acreedor, que le exige pagar más dinero. Pero el hombre ya no quiere seguir viviendo en una burbuja ajena a la legalidad, y se persona en el lugar solo para comunicárselo a su acreedor, un hombre de negocios bien posicionado. Este último, exultante de poder, sabedor que la justicia no puede tocarle, ya que él es juez, fiscal, testigo y parte de todo lo que se mueve en los bajos —y altos— fondos, le da una última advertencia: o sigues en el juego, o iremos a por tu hija. Desesperado, el taxista coge un arma y mata a su interlocutor. Como sabe que ahora su situación es imposible de sostener, y pensando en lo mejor para su familia, a continuación se quita la vida.

Todo esto en un largo plano secuencia que imprime intensidad y realismo al relato, en una secuencia que resume la decadencia moral de un país consumido y sin esperanzas. «El pasado es pasado y por él no hay nada que hacer, el presente es un desastre y el futuro no se ve», cantaba Eskorbuto. Así comienza Directions, del cineasta búlgaro Stephan Komandarev, uno de los directores más importantes del pequeño país balcánico, que sorprendió a medio mundo con su primer trabajo, El mundo es grande y la felicidad está a la vuelta de la esquina (2008). Así empieza uno de los relatos más imprescindibles de la temporada cinéfila.

Este punto de partida nos pone en situación, con unas ideas e intenciones por parte de su responsable que se irán profundizando a lo largo de la obra. Cinco taxistas en un día laboral con sus pequeñas historias, con diferentes pasajeros que resumen la sensación de impotencia de un país. Cinco historias marcadas por el suceso inicial, cuyas consecuencias las observamos en los programas de radio que cada uno de los conductores escuchan mientras deambulan por una ciudad en ruinas. Las opiniones de los espectadores del programa de radio se resumen en dos maneras de afrontar la realidad: mientras algunos aprovechan para culpar a los refugiados, al diferente, o hacer gala de un ultra nacionalismo atroz que resulta divertidamente patético, la otra mitad no puede más que aplaudir o simpatizar con el taxista asesino. El espectador, testigo directo del primer suceso, se posiciona también en esta segunda vertiente: ante una injusticia sin remisión, mejor llevarse por delante a uno de esos hijos de puta.

Las historias se desarrollan en sus correspondientes planos secuencias, con pequeñas conversaciones que hablan de un estado mental generalizado, en un lugar donde el estado es visto como un agente externo y cruel donde solo cabe trabajar para él o ser pisoteado. Donde la Unión Europea son frases y palabras llenas de pomposidad pero sobre todo, de hipocresía y falsa esperanza. No, Directions no ganará el premio Nobel de la paz por su visión perversa de esa Europa falsa, que mira para otro lado y que exprime a sus ciudadanos mientras se llena la boca con palabras como democracia, justicia social, solidaridad o fraternidad.

Durante las cinco historias podemos observar un gran abanico de posicionamientos y personas de todas clases sociales. Las situaciones que Stephan Komandarev crea en los vehículos se siguen con interés, donde las historias funcionan a las mil maravillas como relatos sueltos, pero juntos conforman una obra maravillosa. Parece que desde hace unos años el cine búlgaro se ha contagiado por las formas y miradas de sus vecinos rumanos, aunque prácticamente en toda la región, de Bosnia a Georgia, este nuevo Neorralismo está presente en todas las cinematografías y poco a poco están haciéndose notar en todo aquel festival que se considere de prestigio. Sinceramente, el cine que surge en este rinconcito del mundo tiene un potencial brutal, su mirada intenta capturar en pantalla el mundo de tal manera que el espectador tenga la sensación que lo que observa no es más que la continuación de lo que acontece fuera del cine —o de la pantalla de algún dispositivo móvil—.

Directions está además tocado por el cielo en sus diálogos, todos llenos de un subtexto sencillo que sentencia a un país a la deriva moral y económica. Sus personajes, descritos con pinceladas, son siempre tiernos, cercanos, incluso cuando hacen acciones fuera de la legalidad. Cada pequeña historia que se cuenta cala hondo en el espectador. Algunas de estas historias están marcadas por sensaciones, en un tono que atrapa al espectador a una atmósfera de derrota, mientras otras historias tienen un hilo narrativo donde nunca se sabe que va a pasar. Todo esto con una marcada ironía por parte de su responsable —ese cura trabajando de taxista para ganarse un dinerito extra y que aprovecha para devolver a la fe verdadera a los desamparados resulta impagable— que alivia los momentos más dramáticos o de tensión.

Directions es una radiografía de un país, una historia local de resonancias universales. Un país que ha perdido la dirección. Los personajes, amables y que se agarran a una ética —o falta de esta— para sobrevivir, resultan tiernos. Perdedores con dignidad. Y aún así su tramo final es hasta esperanzador, cuando terminan de juntarse la historia con la que empezábamos y otra subtrama acerca de una donación de corazón.

Y ese plano final. Un taxi pasa delante del colegio que veíamos al principio. La hija del primer conductor camina, sola, ante una nueva vida destrozada. Los taxistas que hemos ido observando, se encargarán de cuidarla. El Estado no lo hará.



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