Si una película dependiera de sus ideas, Whistle: El silbido del mal nacería herida de muerte. Por suerte, hay algo más allá en una idea: el desarrollo de un ‹lore› propio, el modo en cómo uno absorbe las referencias a las que hace alusión, o incluso una construcción de personajes que pueda otorgar un sugerente ‹background› a la obra en cuestión; por desgracia, poco o nada de ello encontramos en el último trabajo de Corin Hardy.

Cineasta habituado a moverse en el terreno sobrenatural ya desde su debut en la fallida The Hallow, su incursión en el ‹mainstream› ahondando en el “wanverso” daría con una pieza tan imperfecta como apreciable en su condición de film de aventuras arqueado desde las convenciones del género como era La monja. Ahora regresa con un producto de cosecha propia (aunque con guión ajeno, del también cineasta Owen Egerton; parece que a eso se reduce la autoría en el cine de terror, al reciclaje de ideas ajenas que no dan espacio ni lugar a desarrollar las propias, aunque este es un tema que dejaremos en el tintero porque da para largo debate) en el que continúa apostando por una línea clara donde lo paranormal emerge como línea articular.
Para la ocasión, es un extraño artefacto el que pondrá en liza otra de tantas maldiciones que persiguen a sus víctimas hasta la muerte e incluso el más allá (si les suena de algo no es, en efecto, ni mucho menos casual). ¿El epicentro de todo ello? Un instituto donde abundan los caracteres arquetípicos al que llegará una nueva estudiante, desatando involuntariamente la susodicha maldición, cuya existencia (que no normas internas) ya advertía su prólogo. Aquello que se antoja en sus primeros minutos vaguedad, se irá transformando paulatinamente hasta obtener un ‹lore› que de propio no tiene ni el origen (azteca) de la maldición. El sobrenatural derivará entonces en una suerte de gore inofensivo que pronto apuntala la incapacidad por ir más allá: el horror brilla por su ausencia y, en su detrimento, nos encontramos ante uno de esos títulos que en ningún momento termina de dar con la tecla.

Lejos del divertimento casi cómplice que han sabido ofrecer otros productos en la misma línea, o del manejo de los espacios y convenciones del género suscitando un horror tan inquietante como macabro, Whistle: El silbido del mal se pierde constantemente no sabiendo si apelar a un (estéril) componente sobrenatural, juguetear con un tan gratuito como inocuo gore, o dejarlo todo en sus manos de una suerte de invocación del ‹slasher› sin demasiado que aportar.
Tampoco ayuda que quede (des)dibujado en manos de una serie de estereotipos hilvanados sin demasiada gracia. Ni siquiera se percibe un intento por otorgar verdadera entidad a un grupúsculo de personajes que parecen más bien supeditados al desarrollo y necesidades de guión, anulando cualquier atisbo de interés que no sea de qué manera terminarán cayendo.
Si algo hubiese que rescatar del nuevo trabajo de Corin Hardy es la exposición, tan macabra como afortunada, de unos motivos que ni siquiera se precisan a través de ese personaje que expondrá ante la protagonista los pormenores de haber usado el artefacto de marras. Egerton la desgrana a través de una serie de deliciosos diálogos que no hacen sino señalar una retórica que, de tan sencilla, no necesita mucho más que un par de escenas desde las que contener su naturaleza.

Desafortunadamente, poco más hay en un film que se empeña, vez tras otra, en recordarnos que sus imperfecciones y fallas no derivan ni mucho menos de su forma de asumir y digerir cada préstamo tomado, sino de una carencia en el manejo incluso de los recursos más primarios que termina siendo palmaria a todos los niveles.

Larga vida a la nueva carne.





