Violette (Martin Provost)

Violette

Violette es un film francés dirigido por Martin Provost, realizador y guionista que gozó de bastante éxito de crítica y público en Francia con la cinta Séraphine (2008), en la que contaba la vida de la pastora, más tarde ama de casa y finalmente pintora, Séraphine de Senlis. En esta nueva incursión en el mundo de la dirección, Provost regresa al género que le ha dado mayor reconocimiento y lo hace con una película dividida en siete actos y más de dos horas de duración; cada uno de estos actos hace referencia a una persona clave en ese momento en la vida del personaje de Violette Leduc, ya fuera de manera abstracta, literaria o física; Leduc fue una escritora francesa y la película se centra en un periodo de su vida que va desde los años 40 a los 60, especialmente singular por su relación con la escritora Simone de Beauvoir, siendo la primera interpretada por la actriz Emmanuelle Devos —a quien podemos ver en nuestra cartelera protagonizando El hijo del otro en estos momentos— y la segunda por Sandrine Kiberlain —9 meses… de condena—.

– Acto I: El personaje y su entorno.

Pantalla en negro; los títulos de crédito iniciales acaban de terminar y la voz en off de Violette Leduc nos dice que la fealdad en una mujer es un pecado mortal… Una sola frase nos ha dado no sólo una idea de su perspectiva vital, sino incluso de su propia personalidad y de la opinión que de sí misma tiene. Seguidamente comienza el primer acto, en el cual descubrimos que Violette vive medio oculta en una casa de campo junto al escritor Maurice Sachs, subsistiendo gracias al negocio del estraperlo en plena Segunda Guerra Mundial. En esta primera parte todo resulta excesivamente teatral, folletinesco y hacia el final no es más que un sainete carente de gracia y/o dramatismo, mostrando dos personajes infantiles y egoístas que rozan el ridículo.

Violette

Tras este primer acto la película cobra mayor empaque y credibilidad, gracias principalmente a la entrada en escena de Simone de Beauvoir cuando, al acabar la guerra, nuestra protagonista se muda a la ciudad; en este momento se establece cierta credibilidad y se empieza a conocer a fondo esta relación clave que se da entre ambas y su evolución a lo largo del tiempo —además de sus personalidades contrapuestas—. Violette, que hasta entonces no nos había dado ninguna explicación con la que entender porqué es como es, nos detalla a través de sus escritos que todos sus problemas personales se deben en gran parte al hecho de que nunca se ha sentido amada y esa es su mayor necesidad: un padre que nunca la consideró hija suya, una madre con poco tacto —ni para dar la mano— y una serie de amores no correspondidos.

Violette es un personaje atribulado que no muestra ningún interés por las personas que la rodean —y que en muchos casos han tenido unos orígenes similares—, salvo para que la amen y depender emocionalmente de ellas. Si alguna vez le cuentas algo que te angustie, te responderá contándote qué le agobia a ella y así ad eternum. Este egocentrismo y esta querencia genera, como contrapartida positiva, una capacidad para sincerarse y dar rienda suelta a su profundidad como escritora de tal manera que de Beauvoir le abre las puertas de la editorial de Albert Camus mientras confía en esa habilidad redentora de su nueva compañera y en su talento para superar los problemas de un carácter que raya en la autodestrucción.

Violette

– Acto II: Conclusión.

Violette es una buena película, segura, porque aunque no llega a enamorar ni a generar animadversión alguna, uno sale del cine y no siente que ha malgastado su tiempo ni su dinero. A pesar de lo cual, la película no es nada arriesgada formalmente y su mensaje, más que como alegato de los derechos de la mujer para ser independientes, funciona como un homenaje a una escritora atormentada por sus propias experiencias vitales que consiguió, a través de la escritura, despojarse de sus traumas y transmitir al público lector unos valores que fueron esenciales a principios de los años 60 para gran parte de una población femenina que pedía un cambio y también para una nueva generación que exigía nuevas formas de expresión, menos censura y más libertad y reivindicación de la sexualidad.

En definitiva, dejando de lado los actos, Violette funciona como biopic porque, por encima de todo, comprendemos la actitud de Simone de Beauvoir (nos ponemos en su piel) haciendo de compañera, protectora y alma comprensiva que ayuda a progresar y crecer como persona a la desesperada alma de Violette, fomentando siempre su sincera vocación; sin embargo, no deja de ser una película simplemente correcta, que no se sale de los cánones habituales ni consigue demasiada empatía a favor de su personaje protagonista, del que sólo se nos muestran los complejos de una personalidad —en palabras de uno de los amigos de Violette— melodramática… Y para ello necesita dos horas en las que no puede evitar algún que otro altibajo narrativo, siendo en tales casos Emmanuel Devos quien sostiene la película.

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