Una mujer atrapada (Walter Grauman)

Una mujer atrapada es quizás la última gran interpretación (y película) de uno de los grandes mitos de la época dorada de Hollywood: la legendaria Olivia de Havilland. A pesar de este hecho tan relevante llama mucho la atención que Una mujer atrapada no sea una película muy conocida entre el gran público. Resulta complicado buscar una explicación a este incomprensible olvido: puede que el hecho de tener un director de escaso renombre sea un motivo de peso.

Me decanto más por la hipótesis para tal destierro de que Una mujer atrapada es un conglomerado extraño y complejo alejado del tono del cine clásico puro y duro, pero a la vez poseedora de una puesta en escena separada del cine de autor que tan de moda se puso en los sesenta. De hecho, podríamos considerarla como un producto próximo al mundo televisivo (hay que resaltar que su director fue un especialista de este medio) o incluso al de una obra de teatro formateada para dar lustro catódico a la epopeya, lo cual puede disgustar a un amante del estilo narrativo de la edad de oro del cine americano.

La mejor manera de enfrentarse a esta joya del cine es desde el total desconocimiento. Sin duda, esto provocará un efecto de grata sorpresa al final de la cinta porque Una mujer atrapada se eleva como una pieza que tiene la virtud de no dejar indiferente (mayoritariamente para bien) al espectador. Podemos calificarla como un inquietante thriller de atmósfera asfixiante, fiel retrato de los miedos existentes en la sociedad de la época, siendo estos el incremento de la criminalidad en los pueblos y ciudades americanas motivada por la marginalidad de los desplazados del sistema, lo que provoca que empiece a emanar un incipiente odio hacia las clases privilegiadas por parte de estos marginados; la ineficiencia del estado para absorber y reinsertar a los delincuentes; las nefastas consecuencias que acarrea el exceso de protección maternal. La cinta elabora con todos estos ingredientes, y aprovechando el microcosmos social que recrea, una metáfora sobre la deshumanización, la falta de valores y el extremismo que origina el aislamiento y la pérdida de contacto social entre los vecinos de una comunidad sita en un modélico barrio residencial (pongamos igualmente que hablamos de los habitantes de una gran ciudad).

Una de las virtudes de este esotérico dulce, que ayuda a crear esa atmósfera deprimente y aterradora, deriva en el hecho de narrar la historia que engalana el guion casi en tiempo real. Así, el film comienza con unos inquietantes planos en los que los coches deambulan como hormigas en pie de guerra por la calzada. Los planos automovilísticos se mezclan con terribles secuencias de borrachos, mendigos y hasta de un perro muerto tirado en la calzada víctima del frenesí psicópata de los apurados habitantes de una urbanización que ansían huir de la rutina aprovechando el puente del día del 4 de Julio.

Acto seguido la cámara penetra en la vivienda de los Hilyard, habitada por Cornelia (De Havilland) y su hijo Malcolm. Cornelia es una mujer impedida que se ve obligada a usar un molesto bastón para caminar. Malcolm es ya un hombre maduro que vive con su madre. La forma de colmar de atenciones y cariños a Malcolm por parte de su progenitora muestra que ésta es una mujer sobreprotectora que ha ejercido un férreo control afectivo sobre su hijo, el cual aún no se ha independizado a pesar de su avanzada edad. Aprovechando el puente, Malcolm quedará con un par de amigos para pasar el fin de semana. A pesar de su discapacidad, Cornelia aceptará la salida temporal de su hijo. La casa está perfectamente adaptada para el impedimento físico de Cornelia ya que está equipada con un ascensor que permite el traslado de la mujer al piso superior de la casa.

Sin embargo, un desgraciado accidente provocado por los trabajadores de los postes de alta tensión del barrio suscitará un corte de luz en el hogar de Cornelia, lo que provocará que la mujer quede atrapada en el ascensor. La señal de emergencia que ostenta el elevador atrae al hogar a un borracho que deambula por el vecindario y que al observar el panorama acude a casa de una prostituta para conseguir ayuda para saquear la casa haciendo caso omiso a la voz de auxilio de la aprisionada Cornelia. Pero la presencia de una pandilla de maleantes capitaneada por el joven y agresivo Randall O´Conell (un jovencísimo James Caan en uno de sus primeros papeles en el cine) y formada por una joven de actitud ligera y un inmigrante latino incita que esta pandilla de salvajes aborde la casa para desfogar todo el odio y agresividad que se aprisiona en sus perturbadas almas.

A partir de ese momento, el relato emergerá como una especie de juego del gato y el ratón en el que la violencia, el racismo, el rencor y el ambiente malsano y opresor conquista cada secuencia. Olivia de Havilland está perversamente sublime en su papel de, a priori, esa mujer angelical perseguida por la maldad y la indiferencia de unos personajes que se apoderan de su hogar aprovechando su presidio en el ascensor forzado por un inoportuno corte de luz. Su interpretación logra que en el ambiente se palpe un aire irrespirable y un cosmos enrarecido debido a la total falta de escrúpulos y solidaridad de los delincuentes que moran su hogar. Sin duda el enfrentamiento con el sádico James Caan, un individuo sin escrúpulos al que la vida humana le importa menos que la de una mosca, adopta la forma de batalla griega en la cual no sabemos quien va a ser el ganador.

La primera media hora de la película podríamos compararla con La cabina de Antonio Mercero. Casi como si de una obra de cine mudo se tratara, en este sector contemplaremos los intentos de De Havilland por hallar una solución a su inesperado cautiverio en el espacio reducido del ascensor de la casa. Sin embargo, cuando entran en acción los delincuentes y marginados, el panorama mutará hacia los vértices de un film de terror virulento y excesivo en el que se desafían los cimientos de la dignidad humana en cada secuencia. Especialmente aterradora es la escena de la irrupción de James Caan y sus secuaces vestidos con una media en la cara que desfigura el rostro de los ladrones, así como toda la secuencia final en la que el desfase de violencia contemplado dará paso a la tortura física y psicológica que se lleva a cabo en contra de la desvalida De Havilland. Si hay un aspecto que convierte a la cinta en grandiosa es la maravillosa sorpresa final, que pone de manifiesto lo que ya habíamos intuido en los primeros momentos del film y que consigue que el resultado final alcance el sobresaliente.

Una mujer atrapada es una cinta más compleja de lo que cabe prever en un principio. Si bien se le puede achacar un cierto discurso reaccionario en contra de la reinserción de los delincuentes juveniles, ello es superado por el mensaje demoledor sobre las consecuencias funestas de la incomunicación, el salvajismo llevado hasta las últimas consecuencias y sobre las relaciones materno filiales egoístas. Y siempre relevante resulta el hecho de disfrutar de una Olivia de Havilland ofreciendo uno de sus últimos recitales interpretativos.

Publicada originalmente en el blog Clásicos Eternos