Todd Haynes… a examen

Todd Haynes se siente a salvo en el lado incómodo de la sociedad. Las pautas de su cine nos invitan a pensar en ello, ya que a lo largo de su cinematografía hemos encontrado a personas normales en situaciones extraordinarias que crean una barrera con la realidad de una multitud, o excéntricos personajes basados en grandes estrellas musicales que tienen ese halo fascinante que rodea su cotidianidad. Personalmente le conocí con esa parte llamativa en Velvet Goldmine y los personales inicios del Glam Rock, pero es ahora cuando ha triunfado allí donde ha presentado Carol, el retrato de mujer casada que desconoce la felicidad, atrapada en una vida lineal hasta encontrar una salida.

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Es fácil reconocer esta estructura en su cine, Haynes gusta de subjetivizar su cámara hacia la mujer anclada en una vida sin emotividad, rodeada de un lujo que no les transmite nada en particular, basándose en un tiempo pasado, uno en el que la mujer era el objeto bonito que presentar en sociedad (algo que todavía funciona, pero no está tan claramente aceptado). Si en Carol exprime el “savoir faire” de Cate Blanchett y Rooney Mara, fue Safe el primer encuentro entre el cineasta y Julianne Moore, un perfil que tan bien se ajusta en los papeles que le ha regalado. Su rostro inocente, su tez pálida y esa voz que parece convertirla en algo pequeño, pero al mismo tiempo su fuerza al romperse ante la adversidad, la convierten en la perfecta ama de casa rica a la que quebrar como una grieta inoportuna en algún rincón de una impoluta fachada.

Finales de los 80. Vemos a Carol White (magnífica coincidencia que vincula a Haynes) en sus quehaceres diarios, una mujer enérgica dispuesta a llevar su perfecto hogar como un espejo de su perfecta vida, sin manchas ni óxidos que puedan afearlo. El espejo se convertirá en un aliado del director para reflejar la mirada de Carol a lo largo de Safe. En apariencia sus tareas son simples, poco ocupacionales, un ama de casa rica que mantiene el estatus familiar y social como de ella se espera en una opulenta casa de amplias estancias. Pero poco dura esa armonía cuando el cineasta decide sentar a la bella mujer en el centro de una sala, con un vaso de leche (ese vaso es otro ente clarificador siempre en escena) y un silencio que surge de su interior mientras el bullicio del hogar sigue su movimiento. De repente ese gran espacio parece comprimirse a su alrededor, mientras ella se mantiene estática, perdida, sólo un indicio de todo lo que debe suceder a continuación.

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Lo que realmente persigue a Carol se divide en dos diferenciadas partes, en un primer momento es víctima de su entorno, ella disminuye su energía a mínimos mientras los ataques de ansiedad nos sobrecogen, repitiendo esa sensación de amplitud que se reduce a su persona en múltiples ocasiones, conservando, con un simple movimiento de cámara, la esencia pesadillesca en un espacio que no tiene nada que ofrezca ese peligro inminente. Haynes se empeña en centrar en imagen a su protagonista, la transporta a una simetría milimétrica en cualquier ostentoso espacio para generar una mayor incomodidad. El mal en esta historia es una sociedad que avanza a un ritmo que no adopta la protagonista, un estado sucio que convierte la agresividad ambiental en enfermedad. Esto permite desarrollar la soledad de la afectada frente al rostro poco comprensivo del entorno de la mujer (un marido figurativo y negacional, unas amistades que adoptan la convención del saber estar y se extrañan ante las respuestas no esperadas), una mirada lacia ante su reacción desproporcionada al mundo. La crítica en esta parte nos invita a pensar en un siglo XX que destruye su base en favor de una comodidad que adormece la naturaleza hasta marchitarla. Esa comodidad en este punto equivale a la contaminación que se traslada a una afección física, cuando en realidad se somete a un estado social que no deja espacio a la lentitud en la adaptación.

Esto nos lleva a una implosión que salpica a todos y nos lleva al retiro, al momento «Cumbayá» en un paraje espiritual y buenista, donde Carol intenta redimir su estado enfermizo, ya algo físico y visible, en un espacio también abierto, pero alejado de la realidad del día a día, donde todo el mundo es aceptado por igual y tratado con asepticismo y cariño a un mismo tiempo. Se observa un retiro sectario, probablemente carísimo e incómodamente perfeccionista que nos provoca la arcada que la polución no pudo arrancarnos. El espacio redencional nos muestra una hipótesis: la enfermedad asumida que posteriormente debe ser expulsada, con una solución poco probable en un ambiente normalizado. Más allá de la idealización de la enfermedad-cura, aquí encontramos la misma desubicación de Carol, que asume su realidad de un modo forzado, ajeno y solitario (ella misma hace al final un speech que mezcla todo lo que ha oído como algo interiorizado, cuando el mensaje carece de sentido y estructura). La separación con su anterior realidad es física, pero se transmite en pequeños detalles como algo que aprovecha el terror, el inocuo del inicio, para marcar distancias ante la cómoda posición de la soledad.

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Eso es Safe, una burbuja social que se extrema en el espacio, aumenta su dimensión sólo para provocar un estado mayor de seguridad en la protagonista. Exterioriza la inseguridad banal a modo de enfermedad, y la magnifica para asfixiar a su protagonista y ajusticiar a un entorno poco asertivo. La emoción pura reflejada en la náusea. La soledad implícita escondida en un iglú. Una maravillosa reflexión con infinidad de lecturas que, por encima de todo, ensalza las virtudes de la siempre espléndida Julianne Moore, que se rompe con elegancia y acepta esa camaleónica demonización de su aspecto físico (los vestidos elegantes, la permanente en su pelo, la ropa holgada aderezada de marcas en el rostro que implican una tensión erupcional…) para comprometer a la señora Carol White. Al mismo tiempo, nos sirve para buscar puntos comunes en un director que sabe manejar la ironía a niveles imperceptibles y maneja los tiempos con pulso inalterable. No todo se reduce a la enfermedad, ni tampoco a la extrapolación de una sociedad impura. Hay mucho de Safe que nos invita a reflexionar, más allá de lo aparente, «el horror del alma» como dice Todd Haynes.

Sólo un apunte. Me fijé en una escena en la que el matrimonio se abraza y se perdona por la incómoda situación, y no podía más que mirar hacia la pared, pues todo el dormitorio se mantenía impoluto, los cuadros alineados y las sábanas deshechas de un modo elegante, los peinados perfeccionistas pese a salir de la cama. Pero, tras una de las lámparas de mesa, se podía apreciar una mancha rectangular, apenas perceptible, que mostraba un cambio. En ese espacio hubo un cuadro, y ahora una lámpara enorme ocupaba su lugar. Era la pequeña marca que mostraba la imperfección en esa unión, la leve incomodidad del perdón que se representaba, la forma fácil y al mismo tiempo sutil de ocultar la mancha en una supuesta vida perfecta, sin espacio para el error. Muy probablemente fuese una variación en el decorado de la casa original, pero en mi mente siempre será un claro ejemplo del desasosiego que causa un mínimo cambio, la mariposa que aletea ante un posible huracán al otro lado de la costa. El terror alejado de lo ideal.

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