The Transfiguration (Michael O’Shea)

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Este vampiro no es realista. Una obsesión propia de un fan acérrimo de estos poderosos seres inmortales se destila poco a poco de la actitud de Milo, protagonista del debut de Michael O’Shea, The Transfiguration. Un joven de rostro infantil en pleno camino de la adolescencia succiona a un tipo trajeado, no se sabe en que parte exacta de su cuerpo ni con que intención.

Pronto descubrimos que Milo, negro, habitante de uno de esos barrios de extrarradio poco recomendables, con una familia que más que desestructurada se la podría llamar ausente, desea guiarnos por la promesa de ver correr ríos de hemoglobina y tinta con sus compejas virtudes.

Cada vez cuesta más recordar al vampiro base, de procedencia fría y nocturna, con una vestimenta ficticia y decorada, siempre unido a unos afilados colmillos. De nuevo nos alejamos de esa presencia más romántica y feroz para descubrir un modo de vida lleno de asociaciones. Estos son conocidos por todos: todas las películas de vampiros al alcance de un imberbe. Si alguno de vosotros es de los que robaban los VHS a sus hermanos mayores para ver a estos terroríficos chupópteros, por aquí aparece una película que busca conquistaros. Así de sencillo.

Sin mayor artificialidad se recurre a la muestra de su día a día, que le lleva por los tres vías típicas de adolescente problemático, como son la dificultad de encajar en un universo de bandas callejeras, el despertar amoroso y una predilección por la sangre que calibrar poco a poco —puede que este no sea un punto común, pero si lo cambiamos por la violencia del mundo que nos rodea, tenemos odisea social a la vista—.

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Entre silencios se conforma una guía de supervivencia que tanto valdría para vivos como para muertos, al final todos quieren seguir existiendo. Por tanto, junto a lecturas de novelas y visionados de viejas cintas nos intentan atrapar en algún rincón de nuestra memoria aludiendo a la cultura vampírica general que nos lleva a un claro sí con Martin de George A. Romero como un «must» en el humano sorprendido por necesidades sanguíneas o su polo opuesto (y gag prolongado a lo largo de toda la película) Crepúsculo y todas sus variantes, la edulcorada versión de rostros pálidos e intensitos que no parece convencer a expertos. No son las únicas, pero sí las más significativas. Con los referentes llegamos al entendimiento, es lo que realmente nos invita a conectar con este film, no esconde vivir de temas ya manidos y catapultados al culto, pero tiene un punto de vista personal que unido al desarrollo misterioso de su protagonista todo se transforma en atractivo.

Pero The Transfiguration no se queda ahí, subyace a cada momento un tono emocional visible en todos los dramas que rodean a Milo, que le convierten en un kamikaze que avanza por el mundo sin importarle eso de la asertividad. Hay un punto álgido en el que te obligan a elegir por cual de estas dos partes diferenciadas te interesas. Por una parte tenemos la guía de la A a la Z del vampiro y por otra la trascendencia del amor en vida. En la sala de cine quedó clara la tendencia mayoritaria en un solo minuto.

Al final la sangre es una excusa para explorar el drama de la inadaptación social y la soledad, en ese momento tan delicado en el que el camino a seguir por el adolescente está todavía por desarrollar. Un poco de cine de género infiltrado en una película indie, como una transfusión. Así calibra entre dos aguas para contentar a unos y a otros, con la certeza de estar radiografiando a Milo para destapar su lado salvaje en un relato donde los adultos están fuera de lugar. La fijación por la muerte, o la exclusividad de la sangre son un escudo más para demostrarse a uno mismo que no existe el miedo que sobrepase a la palabra.

¿Un vampiro con miedo?

Que poco realista.

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