The Age of Shadows (Kim Jee-woon)

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De ética a estética, el cine de espionaje ha adquirido una tan variable como consecuente voz —los tiempos, desafortunadamente (o no), cambian— con el cambio de época, y aquello que antes se construía sobre libretos en los que cuestionar, debatir y sostener un discurso propio y firme, ha llegado a un punto de no retorno en el que las formas e incluso cruces genéricos han reemplazado cuasi por completo —siempre caben honrosas excepciones— aquello que dotaba de sentido intrínseco a un subgénero por lo general armado y cargado hasta las últimas consecuencias.

Kim Jee-woon emerge por primera vez en dicho terreno, y como no podría ser de otro modo se acoge —o por lo menos eso se deduce en un principio— a unas constantes en las que la acción, el percutor narrativo, dictan sentencia a través de algo que el cineasta coreano ha sabido pulir con mucho tino en los últimos años: lo formal. No es de extrañar que, como viene siendo común en el thriller coreano de último cuño, aquello más destacado del conjunto se sostenga en unas ‹set pieces› magníficas que, de nuevo, vuelven a poner sobre la mesa el descomunal talento que hay en el país asiático para formular secuencias de la acción más trepidante e incluso en ocasiones hasta inverosímil —y es que en ese plano ya no hablamos sólo del estilo de Kim Jee-woon, ni siquiera de grandes realizadores como Na Hong-jin o Park Chan-wook: basta con encontrarse ante cintas menores como El gran golpe de Choi Dong-hoon o A Hard Day de Kim Seong-Hoon para constatarlo—.

No obstante, sería injusto centrar las virtudes de The Age of Shadows en una sola constante, y es que Kim Jee-woon continúa demostrando que es un cineasta que ha sabido crecer a pasos agigantados. La estética no surge, por tanto, como un concepto ante el que amplificar las cualidades de un film que funciona más allá de una ambientación inmejorable y un empaque visual digno del tipo de producción ante la que nos hallamos. La estética se establece aquí como la extensión primaria y fortalecedora de un cine ante el cual cada vez es más fácil perderse, pues pocos han sido capaces de captar con esa elegancia y atronador estilo las vicisitudes —e incluso detalles más fútiles— de una época que parecía hablar a través de sus propios escenarios, algo que el autor de Encontré al diablo aprovecha al máximo, haciendo de cada escenario el complemento perfecto para acompañar un relato ya de por sí consistente y a unos personajes a los que incluso da gusto ver perderse entre los espacios sostenidos por Jee-woon.

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El sentido del espectáculo —tan habitual en sus películas— por el que opta el cineasta coreano, no hace sino afianzar las capacidades de un conjunto que en casi ningún momento pierde fuelle, y que aprovecha el talento de intérpretes ya consolidados de la talla de Song Kang-ho para dotar, si cabe, de una mayor firmeza a un género que Jee-woon sabe llevar a su propio terreno, otorgándole ese carácter tan propio que sabe sellar en la grandilocuencia de sus mejores momentos de acción y en los siempre excéntricos personajes que recorren su cine —como, por ejemplo, el agente nipón interpretado por Um Tae-goo—.

The Age of Shadows se postula así como un trabajo a través del que Jee-woon vuelve a demostrar que puede dejar su impronta aunque tras todo ello haya mimbres de superproducción. Ni siquiera reprobándole sus peores defectos —quizá, su extensión, más propia de este tipo de producciones, o su predilección por dejar absolutamente cerradas todas las aristas del film—, se pueden encontrar indicios de que el responsable de Encontré al diablo no haya podido reflejar su cine tal como es: visceral, expresivo e incluso de un extraño lirismo difícil de retratar en ocasiones. Incluso, y prevaleciendo sobre ella aquello que más y mejor ha consolidado el cineasta en su obra —la forma—, no se puede negar que The Age of Shadows forma parte de ese particular grupo donde el discurso, de un modo insólito y ensimismado, vuelve a fortalecer una perspectiva donde todavía queda talento a extraer y la mirada posee la importancia suficiente como para tener la fuerza de sus imágenes.

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