Superstar (Bruce McCulloch)

Dentro de la comedia estadounidense de los últimos 25 años han surgido todo tipo de excentricidades y monstruosidades aunque Superstar de Bruce McCulloch, por méritos propios, merece un especial hueco como una de sus mutaciones más malditas e inclasificables. Masacrada por la crítica e ignorada por el público desde su nacimiento, el filme producido por SNL Studios se encargaba de postular una vía para dar sentido cinematográfico a uno de los personajes de Saturday Night Live. Las peripecias de Mary Katherine Gallagher para atrapar la fama, sin embargo, fueron más que un simple anexo. Inmediatamente la película se transformó en una bastarda aberración condensada en una rareza para la comedia norteamericana de finales de los noventa. Para empezar, existía una clara dicotomía en la que no quedaba claro si el filme deseaba propulsarse a través de la corriente impuesta por los hermanos Farrelly o, en cambio, navegar por una ‹spoof movie› políticamente correcta. La propuesta ni encajaba en las fórmulas del subgénero de institutos y adolescentes, pese a su proposición argumental, ni tampoco sus acercamientos caricaturescos —o contigüidad a clásicos fílmicos— satisfacían una plena parodia. Quizás la clave estaba en una versión cándida y religiosa de un largometraje de John Waters o Todd Solondz con cierto mimo y diluida extravagancia adyacente a algunos personajes —marginados sociales e incomprendidos bichos raros— característicos de un universo alternativo de Wes Anderson. Gran parte de la consciente mamarrachada y macedonia era ver a provectos actores y actrices interpretar a los jóvenes estudiantes de un colegio católico, conformando así ese sumatorio de elementos discordantes tan característicos del universo que plantea una obra en la que convive un espíritu clásico —en sus estructuras— y una clara esencia ‹freak›. En realidad, esa contraposición de piezas es parte de ese estigma de peculiaridad de la obra en la que ya su propia heroína no resulta una protagonista agradable o mentalmente estable sino que, por el contrario, Mary Katherine Gallagher es un torrente inconexo y esperpéntico de prototipos de otras películas. La clave tal vez sea pensar en esa rebobinadora, que codicia convertirse en una superestrella para conseguir un beso inigualable, como un mosaico de otras muchas proposiciones y guiños, siendo su conflicto encontrarse a sí misma. La búsqueda de identidad es la solución para entender la comedia de McCulloch pero, asimismo, surge un interesante acercamiento a otro tipo de propósitos. Y es que el material inmaduro que manosea el director acaba consumando y estableciendo un afilado dardo sobre la reivindicación a la diferencia y a la naturaleza ‹freak›.

Ese ser o no ser de Mary Katherine Gallagher también posiciona hábilmente en esa línea que converge con el tono friki de toda repetición por parte de la audiencia, como si todo ese juego de réplicas plantease trasladarse al otro lado de la pantalla. Superstar nos anima a establecer la cultura cinematográfica como parte de nuestras respuestas emocionales, tratando de hallar en frases y personajes de la ficción audiovisual las claves para seguir adelante y resolver nuestros conflictos. En cierta medida, el rebobinado existencial y cultural de la protagonista —interpretada por una brillante Molly Shannon— revela que el libre albedrío no parece ser una forma de escape ya que incluso el mismísimo Dios está interpretado por Will Ferrell a modo de un chance profético para muchas de las joyas del género venidero. De este modo, el propio filme se retroalimenta sobre sus propias referencias internas formando capas sobre sketches —más o menos afortunados— y algunas sobresalientes secuencias cómicas. La propuesta de Bruce McCulloch también nos alienta a gritar no solamente las frases claves de su divertidísimo engendro hilarante y ridículo sino que manifiesta que la obsesión por la ficción puede convertirse en una experiencia similar a un culto religioso. Vendida absurdamente en su momento como «la comedia más divertida desde Algo pasa con Mary», Superstar no necesita el mal gusto aunque su irreverencia se revela desde su proyección devota y católica, utilizando sus principios y elementos para construir secuencias cómicas. Podemos preguntarnos qué hace una satánica en un colegio católico pero, no obstante, la auténtica cuestión es enlazar ese amasijo de referencias con las que McCulloch construyó su aberración dentro de los márgenes de la comedia estadounidense del momento. Se entrevé desde nuestra perspectiva presente, además, que el filme no es ajeno al éxito de Full Monty y utiliza descaradamente parte de la estructura de una ‹show movie›, aunque todas sus conexiones se ejecutan desde esa repetición degenerante y aberrante que plantea la propia Mary Katherine Gallagher.

Los méritos del filme de McCulloch pasan por la construcción de sus mejores secuencias (como la del confesionario) a través de réplicas de otras ficciones e incluso se atreve con piruetas mortales (como esas declaraciones de amor frente su árbol favorito) reinterpretando la ficción implícita de la película en otra realidad distorsionada y surreal por el propio contexto. Quitemos de la ecuación el absurdo objeto del argumento: una escuela católica que lucha contra las enfermedades venereas organiza un concurso para ser extra en un filme hollywoodiense de valores morales positivos. Centrémonos, por el contrario, en que Superstar trata de un tema fundamental para todo friki que se precie, que no es otra cuestión que convertir la ficción en su propia realidad. Evidentemente McCulloch sabe que el material de su filme habla de los sueños y de una duda existencial alrededor de todo ‹freak› pero, por el contrario, la propuesta trata de hacer convivir una esencia y formato clásico que encaje las referencias musicales —a lo Esther Williams— con otra capas contemporáneas —con sintonía de The Go-Go’s—. Al fin y al cabo, el leitmotiv de este genial y entrañable (des)acierto fílmico nos confirma que el cine es el motor de nuestros cambios y anhelos; la única vía para superar nuestros problemas y trances. El viaje emocional de Mary Katherine Gallagher podría ser el de todo espectador que hace un rebobinado mental de películas y ficciones en su día a día. No obstante, la sangre que cubría y bañaba el cuerpo de Carrie White se ha vuelto azul y los grandes conflictos traumáticos (unos padres devorados por escualos) se han transformado en otros esperpénticos. ¿O acaso «esmorrarse» y ser asesinado a pisotones no es una de las muertes más absurdas y estúpidas que se recuerdan en la historia del cine? Incluso pudiéramos integrar todo el delirio en esa estructura clásica, que no va más lejos de ser el relato en clave de flashback de nuestra protagonista a ese árbol que ha sido su pareja (?) y compañero furtivo de muchas veces durante tantos años. En el fondo, el viaje de nuestra heroína es el de la transformación y aceptación de uno mismo, siendo sus sueños iniciales —y un musical imaginado— la plasmación de su número final para demostrar que lo ‹freak› puede triunfar sobre el resto de cosas… por intervención divina. ¿Amén? Tal vez ese trasfondo positivo y religioso esconda otra visión más oscura y profética ya que Superstar ya nos avecinaba, poco antes que se consumara el efecto 2000, que los ‹freaks› serían las superestrellas del siglo XXI. Y razón, desde luego, no le ha faltado a esta injustamente infravalorada y olvidada comedia que sigue en un eterno proceso de rebobinado.

Escrito por Javi Ruiz

@MaldytoBastardo

(Cinema ad hoc)

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