Sesión doble: El espantapájaros (1973) / Mikey y Nicky (1976)

La ‹buddy movie› llega a la sesión doble con dos títulos a tener muy en cuenta: la galardonada El espantapájaros, que dirigía Jerry Schatzberg a mediados de los años 70 con Al Pacino y Gene Hackman a la cabeza; y Mikey y Nicky, film de Elaine May que contó con la presencia de dos gigantes como Peter Falk y John Cassavetes.

 

El espantapájaros (Jerry Schatzberg)

Más que célebres son los pasajes de Don Quijote de la Mancha donde el Caballero de la Triste Figura y su orondo escudero Sancho comienzan a ver sus caracteres recíprocamente transformados, viéndose así Sancho “quijotizado” y Don Quijote “sanchificado”. Esa simbiosis natural que ocurre en toda relación interpersonal, esa bella concepción de que el hombre está construidos a base de retazos de aquellos a quien ha conocido y amado ha sido muy poco explotada artísticamente, aunque Jerry Schatzberg supo materializarlo con los personajes de Al Pacino y Gene Hackman en la olvidada ganadora de la Palma de Oro en 1973, El espantapájaros. El atropellado viaje de dos vagabundos en busca del sueño americano pasó totalmente desapercibido en la taquilla y en la crítica, pese a contar con Al Pacino después de recibir la fama internacional con su marmóreo Michael Corleone.

Más allá de su recepción, la cinta sigue conteniendo un núcleo emocional apabullante que constituye una de las más representativas del recientemente acuñado subgénero ‹buddy movie›, aquellas obras que centran su eje argumental en la interacción relacional de dos personajes, usualmente muy diferentes entre sí.

La narración avanza deslavazada, construida a débiles y gruesos retazos que ensombrecen y desmerecen la genial labor actoral de los protagonistas, que intentan sostener las arbitrarias e inconexas secuencias que forman las dos horas de metraje. Pese a su dispersión dramática, Jerry Schatzberg sabe insuflar a la relación de los protagonistas un humanismo latente en cada una de sus interacciones, creando una dulce ternura por los dos patéticos y desdichados protagonistas. El corazón sumergido en ira y odio del primitivo Max y la coraza infantilista de Francis se trenzan en un lazo fraternal enternecedor, en un oasis de camaradería para los errabundos personajes en un mundo hostil.

Estos relatos se configuran alrededor de una aparente sencillez narrativa, donde la intelectualización de sus imágenes o la simbología de las mismas se ven anuladas por la dimensión humana que colma las secuencias. Al igual que Alonso Quijano y Sancho Panza, de quienes se han escrito ríos de tinta en la búsqueda de esa genialidad a la que históricamente se asocia la monumental novela, Max y Francis no dejan de ser dos hombres irracionales e idealistas que utilizan sus sueños como huida hacia delante, en un viaje físico a ninguna parte —pese a tener muy claro que es a Pittsburgh donde se dirigen— y emocional a un lugar inhóspito y tenebroso: el prójimo.

Al igual que en el mítico final de La strada de Fellini —cinta que inevitablemente inspira a Schatzberg—, el primitivo Zampanò llora desesperanzado bajo la inquisidora noche la muerte de Gelsomina, a quien nunca concibió como humana y solo una vez muerta pudo realmente ver. Y es esa concepción fatalista, en la que solo en la más profunda de las miserias se puede acceder a las verdades nucleares, a ciertas certezas esenciales solo reveladas a la fuerza a los más desdichados, la que imbuye toda la cinta en un halo crepuscular pero profundamente bello, como si de uno de los lienzos de J. M. W. Turner se tratara.

Escrito por Mario Peña

 

Mikey y Nicky (Elaine May)

La tercera película de la directora y guionista estadounidense Elaine May comienza con una reunión sin contexto previo entre dos personajes, todavía por definir: Nicky, un hombre enfermizo y paranoico que cree que le van a asesinar, y Mikey, quien acude a su habitación de hotel para asegurarle de que estará con él y le ayudará. Con este escenario repentino vamos descubriendo a través de sus conversaciones que ambos son amigos de infancia, que los dos se dedican a negocios turbios y que los miedos de Nicky tal vez no sean infundados, pues Mikey está compinchado con un sicario y trata de cumplir su misión mientras mantiene la confianza de su amigo.

A lo largo de la trama, se genera un tira y afloja constante; por un lado, por la amistad íntima entre ambos personajes, y por otro, por las sospechas que Nicky no puede reprimir y los intentos de Mikey por ocultar sus verdaderas intenciones. Como resultado, Mikey y Nicky abunda en momentos de expresión sincera en la relación entre sus protagonistas, desde bromas mutuas y colegueo, pequeñas y grandes discusiones que sacan a relucir sus diferencias y momentos de conexión emotiva que casi hacen olvidar lo que está sucediendo de fondo; pero esta sinceridad está cubierta por una capa de engaño y, en último término, de fatalismo trágico que se hace más evidente conforme avanza la película.

Curiosamente, pese al trasfondo profundamente dramático de la cinta, durante buena parte de la misma sus interacciones tienen incluso un cierto deje cómico, producto del choque entre las personalidades muy distintas y marcadas de sus protagonistas. Nicky es una persona muy difícil y destructiva, y el contraste con un Mikey más cauto, pero que consiente y de alguna manera entiende a su amigo, genera varias secuencias divertidas, que se suman al amplio repertorio de emociones evocadas casi exclusivamente a través de estos dos personajes y de su aventura en las calles de la ciudad.

Mikey y Nicky es, con todos sus trasfondos y su complejidad emocional, un excelente retrato de la amistad masculina y sus códigos, y si funciona tan bien no es solamente por un guion muy bien medido en toda su diversidad de caminos emocionales, sino también por el trabajo actoral de Peter Falk, quien interpreta a Mikey con la sobriedad paciente del amigo que está acostumbrado a ser la voz reflexiva del dúo, y, sobre todo, de John Cassavetes en un rol completamente desatado, proclive a la violencia y a arranques emocionales inconexos e impredecibles. Ambos se complementan de maravilla y logran, desde el primer momento, transmitir la confianza mutua inherente a una amistad de hace muchos años, así como la conexión difícil de explicar entre dos personalidades muy distintas pero que se entienden muy bien y están muy acostumbrados el uno al otro.

La película de May es, sin duda, una pequeña joya que, partiendo de una premisa sugerente que en otra película y con otro enfoque habría dado lugar a una dinámica de suspense, elabora una relación genuina entre sus dos protagonistas y da peso a todos los momentos y fases por las que pasan ambos, individualmente y como amigos, durante su metraje. Es una cinta divertida y ligera por la química entre Falk y Cassavetes, así como dramática y pesada por todo lo que sabemos como espectadores e intuimos que va a suceder, y un estudio de personajes muy eficaz, que deja poso en un final que resuena con todo lo expuesto anteriormente.

Escrito por Javier Abarca

 

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