El ‹Girls with Guns› llega a la sesión doble con dos títulos a tener muy en cuenta: por un lado, a mediados de los 80, Corey Yuen dirigía una Al borde de la ley protagonizada por Cynthia Rothrock; y por el otro, y ese mismo año, David Chung se encargaba de poner a Michelle Yeoh en el centro de la acción en Ultra force: Acción sin límite.
Al borde de la ley (Corey Yuen)

Con el título de Al borde de la ley se estrenó en España una de las películas más recordadas de Corey Yuen, cineasta hongkonés que cuenta con uno de los mayores legados dentro del cine de artes marciales, tanto en su labor de coreógrafo como de director, facetas en las que incluso pudo alcanzar la meca del cine trabajando en Hollywood. Siendo una cinta altamente representativa de la factoría de cine de acción proveniente de Hong Kong, ese que alcanzó una potente repercusión en el mundo del videoclub, en ella podemos encontrar el enorme abanico de características que hicieron de esta cinematografía un torrente de vertiginoso espectáculo por la acción física, con el énfasis para la coreografía con el que los orientales crearon un sello propio desde los años 70. No obstante, hallamos en esta película, conocida internacionalmente como Righting Wrongs, el habitual añadido melancólico con el que Hong Kong insuflaba de inesperado discurso sus tramas; contamos con el protagonismo de un fiscal que ve como multitud de criminales escapan de las garras de la justicia por diversos casos de corrupción, por lo que decide tomarse la justicia por su mano. Por otra parte, una vehemente policía experta en artes marciales decide darle caza, lo que provoca un tumultuoso caos de acción y desenfreno en la ciudad.
La culpable de que esta película sea continuamente rescatada es la actriz Cynthia Rothrock, una de las grandes figuras de acción de la década gracias a su periplo en Hong Kong, donde se convirtió en leyenda para el mundo de las artes marciales. Ella es la aguerrida policía, tenaz e incorruptible, que comienza como un personaje secundario que roba la película en cada una de sus apariciones, ya que la cinta se esfuerza en que protagonice las mejores escenas de impacto marcial con las que avanza la historia. Al borde de la ley se amolda, dentro de su género, a las corrientes imperantes de la acción de aquellos años 80, partiendo de la idea de ese justiciero urbano que ha de actuar cuando la la autoridad no da la talla (estábamos en pleno apogeo del cine de vigilantes), idea utilizada como base para desarrollar una historia que pasa a un completo segundo plano a favor de las escenas de lucha. Corey Yuen no está interesado en reflexiones dramáticas acerca de este concepto y se mantiene fiel a sí mismo dando una relevancia de atracción de feria a las secuencias de acción, especialmente en los combates cuerpo a cuerpo: precisos, de fisicidad aplastante y rapidez milimétrica, todo en la película orbita en el espectáculo de estas peleas, creando un sello dentro de la acción cuya herencia llega hasta el día de hoy, donde hasta los elementos de atrezo más inesperados acaban entrando en acción. Pero, más allá del simple ‹show›, Hong Kong guarda cierto tono nihilista en la concepción de su género otorgando un inesperado exotismo a la propuesta, como es el caso de esta película: un sistema derrumbado por la corrupción, oscuro y repleto de desconfianza, es el subtexto que la película no abandona en ningún momento.
Su estética urbana ofrece el típico clima callejero de este tipo de propuestas, engrandecida por el ritmo ágil y una narrativa que va directa a sus pretensiones, otorgando a la película de Yuen (y, por extensión, a sus films coetáneos), una sinceridad creativa aplastante. Una película que se antoja indispensable para comprender el legado de Cynthia Rothrock, esa presencia física abrumadora para el género marcial cuyo dominio escénico acaba reventando la pantalla.
Escrito por Dani Rodríguez
Ultra force: Acción sin límite (David Chung)

Hay que reconocer —y este es un tema que ya hemos debatido en otros textos— que existe una maquinaria de nostalgia cinematográfica que empieza a ser agotadora, entre otras cosas por ser un recurso fácil y también, por qué no decirlo, porque se le ve demasiado el plumero. Pero lo que también hay que admitir es que en algo sí ha triunfado: en la creación masiva de un fenómeno como la retrospección idílica. Es decir, más allá del recurso o de la calidad del producto, la nostalgia prefabricada ha sabido penetrar y jugar con la psicología del espectador. Y eso se nota cuando uno visiona una película tan dudosa, y a la vez tan disfrutable, como Ultra force: Acción sin límite (Royal Warriors, 1986).
Y es que no deja de ser curioso que, mientras uno paladea el film y se da cuenta de lo extremadamente simple de su trama, de los trucos y agujeros de guion, del escaso desarrollo de personajes y, en fin, de su paupérrima narrativa generada a base de ‹set pieces› sin mayor dramatismo de fondo, no pueda evitar contemplar este desaguisado con una sonrisa permanente que dista mucho de ser una mueca de cinismo. Al contrario, el disfrute es genuino mientras una frase brota en el pensamiento: «ya no se hacen películas como estas».
Esta idea contiene una paradoja evidente que puede ser utilizada tanto en positivo como en negativo. Por un lado, tomando distancia, es obvio que la precariedad de su estructura y calidad hace que se celebre que ya no existan propuestas así. Pero, por otro lado, se aprecia la sencillez, la intención de hacer pasar al espectador un buen rato sin más pretensiones, sin coartadas intelectuales ni trazos psicológicos profundos que, seamos realistas, aquí no tendrían sentido porque no forman parte de la voluntad del director ni de los guionistas.
Esta es una película para un público de nicho que pagaba su entrada esperando ver acción a raudales, enfrentamientos maniqueos entre el bien y el mal, y una buena dosis de coreografías de artes marciales, a cada cual más irreal y, al mismo tiempo, adrenalínica. O sea, un tipo de cine sin el cual no podrían existir producciones como las de Gareth Evans o Timo Tjahjanto, por citar algunos ejemplos.
Lo novedoso aquí es, si acaso, la focalización en el protagonismo de una mujer como reina de la acción. No se trata de un añadido ‹sexy›, sino que realmente el peso de la función recae en ella (una Michelle Yeoh siendo reina absoluta). Además, hay un cierto interés en crear una subversión genérica: sí, también hay un interés romántico en la trama, pero desde un punto de vista en el que lo femenino no está para satisfacer o ser seducido, sino para decidir, convirtiendo al galán de turno en un alivio cómico algo patético pero entrañable.
Esto es quizás lo más interesante de Ultra force: Acción sin límite: ver cómo, más allá de la acción, ya existía un cine que se preocupaba por un empoderamiento real, que iba más allá del canon rígido que se impone hoy día. Se movía en una rebeldía muy ochentera, cierto, pero que se siente más orgánica; quizá porque no obedecía a una agenda concreta, sino a una necesidad real de mostrar que otro tipo de personajes y realidades podían existir. Vaya, que tal vez sí acabe siendo cierto que los tiempos pasados fueron mejores, al menos en cuanto a honestidad.
Escrito por Àlex P. Lascort





