Rita Azevedo Gomes… a examen (III)

«Planeo el atraco a mano armada de su corazón.
Cada palabra he calculado, ahora falta el valor.
Planeo decirle que la vida era su boca, y no…
pasa a mi lado su olor,
y contengo la respiración.»

Roberto Iniesta

La primera película de Rita Azevedo Gomes, que en la actualidad se encuentra presentando su decimosexto trabajo, Fuck the polis (2025), se acomoda en la raigambre estética del cine portugués de las últimas décadas (estética de la distancia, fuerte carácter literario, diálogo entre la imagen documental y ficcional, etc.). Sería disparatado obviar la influencia literaria de O som da terra a tremer (1990), una película cuyo discurrir, tanto visual como narratológico, afecta a sus personajes y está encadenado a la palabra escrita, siendo la más evidente de las filiaciones la novela Paludes (1895) de André Gide. El texto que fagocita al texto, pero también al autor y a sus criaturas. Pero, además de proponer una cierta mirada sobre la escritura, sobre el paso del tiempo y su representación plástica, sobre la creatividad y la soledad… la ópera primera de Rita Azevedo Gomes es ante todo una gran película sobre el amor no correspondido.

No extraña que las primeras voces que juzgaron la película, a la que jamás le fue concedida la posibilidad de una proyección comercial, fueran poco entusiastas con el trabajo de Azevedo Gomes: aún hoy, ver por primera vez O som da terra a tremer (1990) supone un reto para el espectador, no tanto por cuestiones de ritmo o de extensión (dos de los tópicos críticos más extendidos para atacar una cierta mirada de cine), sino por la complejidad estructural del relato y por la ambigüedad tonal que lo anega todo. En ese sentido, sorprende enormemente la audacia de una directora “novata”, con poco menos de 40 años, que se comprometió con una idea —la de no ofrecer resoluciones unívocas, a veces ni siquiera resoluciones de ningún tipo, a los interrogantes que plantea la película, que no son pocos— y la trabajó hasta las últimas consecuencias. Hoy, con la suficiente perspectiva temporal y tras un ‹corpus› fílmico a la altura de los más grandes, podemos inferir que muchos de los hallazgos e ideas propuestos por Azevedo Gomes en su debut iban más allá de una (gran) demostración de erudición: eran el manifiesto artístico que iba a guiar su filmografía entera.

Por más que la propia directora aborrezca las comparaciones con otros cineastas de la filmografía portuguesa —en especial con Manoel de Oliveira—, no es menos cierto que el arranque de O som da terra a tremer (1990), con la cámara acercándose lentamente a un ventanal para terminar fundiéndose con la imagen del mar, es muy “oliveriana”. Comprendemos su enfado: el de Azevedo Gomes es un cine rebosante de personalidad propia cuya impronta sigue permeando las tendencias estéticas del cine de su país.

Pero volvamos a la —siempre poderosa— imagen del mar: el perfecto opuesto de esa tierra temblante del título. Alberto, el protagonista (si es que existe tal concepto) de esta historia, vive disociado de la realidad: en su cabeza coexisten el amor callado y contenido que siente por Isabel con el amor a primera vista que siente Luciano (el protagonista de la novela que escribe, o imagina, Alberto, llamada O som da terra a tremer) al cruzarse en el tren con una desconocida. Luciano, a diferencia de Alberto, muestra más iniciativa en el cortejo, llegando a escribir una carta a su enamorada que nunca encontrará destinatario. Hacia la mitad del metraje, Azevedo Gomes disloca espacio, tiempo y subjetividades y quien era antaño escritor, Alberto, ya no lo es más, apareciendo solo y desnortado en la habitación de una pensión desde la que recibe a sus amistades y espía las idas y venidas de Isabel, la mujer amada. Alberto, la tierra. Luciano, su creación, hijo del mar. No es la primera vez que el cine portugués convierte el mar en un sustrato casi mitológico que actúa, en palabras de Glòria Salvadó (Espectros del cine portugués contemporáneo), como un contenedor de tiempos cruzados, de historia y de muerte. El mar funciona en O som da terra a tremer como vía de escape, se asocia con la idea de viaje y de “tomar distancia” (esa estética de la distancia mencionada al inicio del texto), contrapeso perfecto a la realidad pétrea e insatisfactoria de Alberto.

Al final, poco importa si lo que hemos visto es sueño o realidad: pesa más el ejercicio de inteligencia y ambigüedad poética de Azevedo Gomes, cuyo empeño en enmarañar la ficción dentro de la ficción es igual de robusto que la imposibilidad de comunicación de sus personajes: ni la tentativa epistolar de Luciano tiene éxito, ni mucho menos el cruce final de Isabel con Alberto, que deja a este último turbado, enmudecido y conteniendo la respiración.

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