Richard Linklater… a examen (V)

Si bien Slacker fue la película que puso en la órbita de los círculos del cine independiente USA al gran Richard Linklater, su ópera prima fue rodada un par de años antes, en 1988, con el curioso título de It’s Impossible To Learn to Plow by Reading Books, algo así como es imposible aprender a arar leyendo libros, punto para nada baladí ni en la filmografía de Linklater (y su forma de concebir las relaciones humanas a través de lo empírico en lugar de lo teórico) ni en la propia película que nos ocupa.

Lo maldito de esta excéntrica propuesta está sin duda en su aspereza. Se trata de una cinta totalmente experimental, más parecida a un ensayo fílmico de fin de carrera que a un producto creado para ser distribuido en circuitos comerciales. Su tonalidad, totalmente ‹amateur›, hace descansar sus virtudes sobre la improvisación.

Se siente, por la casi total ausencia de diálogos, así como por la presencia del propio Linklater como protagonista absoluto del film, en un papel que bien podría haber diseñado Jim Jarmusch o la propia Chantal Akerman, que el metraje fue avanzando a través de fogonazos o ocurrencias que el destino fue deparando, sin que hubiera algo puramente planificado.

Esto es lo realmente fascinante del film. Pues nos encontramos ante una especie de falso docudrama. Ante una sucesión de imágenes cotidianas y aburridas que reflejan el hastío existencial en el que se halla el joven protagonista del film (interpretado por Linklater, un personaje del que jamás escucharemos su nombre, hecho que podría hacer pensar que el film contiene bastantes elementos autobiográficos, en el preciso momento en el que fue filmada, del propio Linklater), un chaval que vive en Austin estudiando alguna carrera por imperativo de sus padres, pero que lo que realmente quiere es ver películas, viajar y experimentar la vida con sus amigos.

No esperen un guion meticuloso ornamentado con afilados diálogos entre los pocos personajes que aparecen en pantalla, pues los silencios y sonidos ambientales coparán casi todo el metraje (los sonidos de la radio, el agua cayendo por el grifo, el ruido del motor de los trenes, los altavoces que anuncian las normas de obligado cumplimiento en las estaciones de ferrocarril o de autobús, el viento, los cantantes callejeros, las bolas de billar que chocan ante el lanzamiento del jugador de turno, las maquinillas de afeitar que rasuran el rostro varias veces del protagonista ante un espejo, el sonido de las pisadas que suben y bajan escaleras…).

Esto es It’s Impossible To Learn to Plow by Reading Books. Una sucesión de secuencias rutinarias y silenciosas que abrazan el tedio de forma consciente. A Linklater le importa un comino construir una trama coherente. Lo que le interesa es fijar su atención en las rutinas de la vida sin necesidad de que exista un arranque, un desarrollo y, por supuesto, una escena o acontecimiento que marque el punto final de lo narrado.

Aquí están presentes, de forma menos depurada, algunas de las obsesiones que cultivaría el texano más adelante de un modo más sofisticado, como su querencia a convertir momentos efímeros en instantes eternos. O también su gusto por la observación de la existencia, del discurrir de la vida, eso que llamamos el paso del tiempo, a partir de contextos cotidianos.

Seremos testigos del absoluto tedio y soledad que rodea al protagonista, un joven atrapado en unos estudios que detesta y que no tiene un rumbo concreto que haya elegido explorar. La cámara seguirá al protagonista, escuchando sus conversaciones por teléfono con un amigo, cogiendo un tren y cambiando varias veces de vagón para estirar las piernas o mirando el paisaje de los arrabales de la ciudad a través de la ventanilla. Pero también le veremos haciendo cosas mundanas como cocinando, haciendo la compra en el supermercado, viendo la tele, escuchando música en por la radio, sacando dinero varias veces de un cajero automático, conduciendo en coche por la ciudad, echando gasolina al coche, yendo al servicio para enjuagarse la cara. Porque la cinta va de eso. De observar las cosas efímeras e insustanciales de la vida y sobre todo de la experiencia vital que supone viajar, cambiar de paraje y contexto.

Una ‹road movie› extraña que arranca con un primer viaje hacia las montañas de Missoula en Montana para visitar a un amigo con el que hacer senderismo, o jugar unas partidas de billar, o ver una película.

Y sin dar más explicaciones, el protagonista volverá a coger un autobús u otro tren para desplazarse a más ciudades, donde visitar a otros amigos, incluso a su abuela que ha organizado una comida familiar en la que se discute del estilo de vida de los inmigrantes italianos.

Los diálogos serán casi inexistentes y livianos, sin que introduzcan mucha información acerca de lo que rodea a los personajes, pero siempre con una sensación de desencanto vital, de desesperanza presente e incertidumbre futura. Lo que sí sentimos de forma brutal es la absoluta soledad que aprisiona a una juventud que vive de forma incierta, sin mantener vínculos afectivos o familiares indelebles, y sin un rumbo fijo y claro. Una generación perdida a la que la vida le parece una larga cadena de sueños, como en esa escena clave del film en el que se inserta esta mítica escena del Gertrud de Dreyer.

La total carencia de recursos económicos fue suplida por Linklater rodando en Super-8 empleando una técnica de montaje que empalmaba planos fijos (muchos repetidos a lo largo del metraje, como varias secuencias de subida y bajada de escaleras, o igualmente planos automovilísticos por la ciudad, o viendo al protagonista sacando dinero del cajero y asimismo tumbado en la cama mirando a través de la ventana de la habitación, enfatizando el estilo monótono que caracteriza al film) que encapsulaban momentos mínimos experimentados por el personaje que protagoniza la obra, colocando Linklater la cámara en el sitio preciso para conseguir una fascinante profundidad de campo. Quizás esa falta de medios fue lo que obligó a Linklater a prescindir totalmente de una línea de diálogo narrativo a la que aferrarse para seguir las peripecias expuestas, algo que sí sería explotado por el autor de Nouvelle Vague en sus siguientes proyectos.

Sin duda, una película muy curiosa que se abre paso como una especie de antecedente de su pelotazo Slacker y que, además de una rareza, muestra la libertad creativa que existía en el indie estadounidense de finales de los ochenta y principios de los noventa.

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