Plumas (Omar El Zohairy)

De austera puesta en escena y una dialéctica que desplaza cualquier posible veta dramática en pos de una excentricidad que, por momentos, adquiere tintes humorísticos cuyo significado cobra sentido como reacción ante una insólita circunstancia que nos empapa con su absurdo, en Plumas la figura masculina emerge como un elemento capital, no tanto por su repercusión en el contexto trazado por El Zohairy, sino más bien por cómo lo capitaliza. Basta con asistir a los primeros minutos de la galardonada con el Gran Premio en la Semana de la Crítica de Cannes, para atisbar el influjo que posee: en ellos, el marido de la protagonista —que, dicho sea de paso, se convertirá en tal debido a la particular coyuntura que deberá afrontar, llegando incluso a permanecer en un segundo plano en ciertos momentos pese a la relevancia que cobrará en el cobijo y subsistencia familiar— jerarquiza cualquier secuencia en la que se encuentre, ya sea a través de sus actos o simplemente cobrando una importancia descabellada en la escena incluso ante situaciones familiares tan nimias y aparentemente normales como las que son retratadas durante el arranque del film.

Así, y tras una presentación concisa, donde la dinámica que otorga el cineasta egipcio a los personajes habla por sí sola, pero además delimita ese mundano ambiente sin necesidad de ver más allá de las cuatro paredes que conforman la estancia familiar, El Zohairy se inmiscuye en un relato cuyas aristas derivan más de la manera en cómo afronta la protagonista cada situación que de una pulsión social que, por fortuna, en muy pocos instantes se persona. Un detalle a priori significativo, que no obstante otorga claridad a un tono en apariencia adusto —más por sus hechuras o por el modo de relacionarse de sus personajes— pero en el fondo mucho más expresivo; una particular cualidad que, a la postre, moldea la manera en que exterioriza el propio film tanto un discurso en ocasiones más presente a través de lo meramente formal —pienso en cómo colman la pantalla los hombres alrededor de ese personaje femenino, invadiendo por momentos con soslayo cada estampa— como un carácter capaz de dibujar circunstancias de las que se sustrae una comicidad cuya mordaz mirada apuntala aquello que trata de reflejar en pantalla el cineasta.

Sin embargo, al film de El Zohairy parece costarle llegar a ese punto donde todo posee, más que cohesión, un sentido específico que consiga interpelar al espectador; algo que podría ser causa de un tono que se va perfilando a medida que avanza una narrativa un tanto plomiza que, en cambio, se ajusta a la perfección a esos matices desde los que el egipcio acota el relato. Pese a ello, Plumas es una obra tan acertada en su tesis y la consecución de la misma, huyendo de algunas derivas muy proclives del cine europeo que no pocas veces consiguen un resultado contrario al que pretenden, que sus imperfecciones pueden pasarse por alto sin mucho esfuerzo; en especial, atendiendo a un último acto que no sólo vuelve sobre sus pasos aportando trazos de lo más sugerentes a su trasfondo, deviene además una ácida mirada donde es obvio que ya no hay marcha atrás; no en vano, la terrible realidad retratada por El Zohairy dibuja una conclusión tan incisiva como desoladora: la imposibilidad de crecer sin que una de esas figuras masculinas, sea cual sea su condición, detenga un avance tan determinado como supeditado a la voluntad del hombre.

 

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