Pillion (Harry Lighton)

La palabra ‹pillion› hace referencia al asiento trasero de una moto, ese lugar en el que se viaja abrazado al piloto, confiando en su dirección. Ahí se sienta Colin (Harry Melling), aferrado a su piloto particular, Ray (Alexander Skarsgård), en sus escapadas nocturnas. Esta es la imagen en el centro de Pillion que condensa la dinámica central del largometraje: Ray conduce y ocupa la posición de poder, mientras que Colin se somete, sumisa y voluntariamente, a la dirección que imponga.

Sobre esta dinámica se articula el debut del británico Harry Lighton, que escribe y dirige esta adaptación de la novela Box Hill de Adam Mars-Jones. La película nos presenta a Colin en una vida apacible pero insatisfactoria, que de pronto se ve trastocada por la aparición de Ray, un motero de belleza imposible que le presta más atención de la que se atrevía a soñar. Lo que empieza como encuentros sexuales casuales entre ellos se va convirtiendo en una relación establecida de dominación y sumisión. Pillion es por tanto una historia de descubrimiento; pero no de la homosexualidad de Colin, que está establecida y aceptada desde un principio por él y por su entorno. Este es el descubrimiento de un deseo no normativo y de la sexualidad ‹kink›. En este sentido, la película evita transitar de nuevo los arcos más trillados de las narrativas ‹queer› contemporáneas: la salida del armario, la lucha por la aceptación social y familiar, el amor imposible o truncado. En lugar de eso, se convierte en un retrato de la exploración del deseo propio: cómo hallarlo, cómo expresarlo y cómo trazar sus límites.

Además, este proceso de descubrimiento no se da en el vacío. Ray pertenece a un grupo de moteros que comparten tanto la pasión por las ‹choppers› como por el BDSM. Esta pequeña comunidad acoge a Colin con los brazos abiertos, sin preguntas; y en ella caben el erotismo (y los celos), pero también la fraternidad, la ternura, el juego. Si gran parte de la película se centra en los dos personajes centrales, las escenas corales sugieren un mundo amplio y compartido, en el que el deseo disidente es inusual pero no excepcional, y está integrado en toda una serie de prácticas sociales propias.

La premisa es sin duda arriesgada, y más aún abordarla en clave de comedia romántica. Pero Pillion escoge bien con qué se hace comedia y desde qué lugar. Los diálogos entre Ray y Colin construyen con frecuencia esa comedia incómoda tan típicamente británica, pero la comicidad nunca surge de la dinámica misma de la relación o de las formas de su deseo. De hecho, las escenas más abiertamente humorísticas surgen del contraste que ofrecen los afectuosos pero confundidos padres de Colin (Lesley Sharp y Douglas Hodge). Asimismo, la puesta en escena, que es por lo general discreta y funcional, se guarda siempre de objetualizar o ridiculizar a Colin. Esto está particularmente cuidado en las escenas de sexo, en las que la cámara prioriza el primer plano para contarlas desde la experiencia subjetiva de los personajes.

Pero la pieza clave en el corazón de Pillion son sus actores protagonistas. El casting (a cargo de Kahleen Crawford) ya ofrece un contraste físico entre ellos que subraya la desigual dinámica de poder. Y, sobre todo, ambos hacen un excepcional trabajo interpretativo desde la contención que sostiene el delicado pulso tonal de la película. En particular, Melling, en su primer gran papel protagonista, aborda a Colin desde la honestidad completa de su deseo y del amor que profesa por su amante; y lo construye como un personaje cuya vulnerabilidad, además de ser el foco de empatía constante del público, se acaba convirtiendo en su fortaleza.

Pillion juega con la incomodidad, pero nunca a costa de los personajes. Más bien la desplaza hacia el espectador y lo invita a confrontar los límites de lo que consideramos correcto, aceptable o escandaloso. Como señala en un momento Ray, que algo nos resulte incómodo no quiere decir que sea dañino. El largometraje logra atender a estas distinciones a la vez desde la comedia y la ternura, y es una refrescante mirada sobre vidas y relaciones ‹queer› de las que tenemos muy escasos referentes en el cine.

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