Olivier Masset-Depasse… a examen

El senador Enrique Casas, perteneciente al Partido Socialista de Euskadi, es asesinado el veintitrés de febrero de 1984 por dos terroristas. Son los años en los que miembros del GAL perseguían a los integrantes de ETA huidos al país galo. Es la época en que Francia está en la encrucijada de ayudar al estado español en la expatriación de los criminales o bien tomar partido por ellos. Todo es un tira y afloja entre atentados, detenciones y desacuerdos. En una violencia más extrema cuando los terroristas más jóvenes planean masacres por toda España que, desgraciadamente, fueron tan inhumanos como para perpetrarlas. Es el transcurso de dos años y siete meses hasta el asesinato de Yoyes. Por encima de todo, también es el final del santuario, ese refugio de un país que los acogía como mártires, un bote salvavidas en el que todos estos sociópatas podían seguir fugados, para mantener su ansia de venganza y enajenación.

Santuario es un film para televisión, un encargo del Canal + francés para ser más concretos. Financiado por una producción mayoritaria francesa, pero con la colaboración de la compañía española Mod Producciones. Como encargo para el medio televisivo se aprecia un presupuesto ajustado, aunque no escaso si se compara con películas similares. Tampoco se puede situar en la corriente de telefilmes melodramáticos o cómicos, ya sean generacionales o familiares, que atiborran cualquier parrilla de una cadena los fines de semana con sus generosas cuotas de producción alemana y otras nacionalidades europeas, porque la historia elegida encara un tema tan espinoso como el terrorismo, sobre todo en un período tan controvertido como es la mitad de los años ochenta en España, una de las épocas más críticas, además de sangrientas en Europa, junto a los atentados cometidos por parte del IRA en Irlanda del Norte. Por supuesto no es este portal un lugar propicio para entrar en análisis políticos aunque esta sea la razón primordial del producto. Puede ser también un buen intento para registrar una época convulsa que no se aborda demasiado en el cine, con el interés añadido del punto de vista galo del conflicto, razón suficiente para mantener una equidistancia emocional sobre los personajes y circunstancias del guión. Un aspecto conseguido por el director solo en parte.

La penúltima obra de ficción realizada y coescrita por Olivier Masset-Depasse demuestra que su oficio progresa adecuadamente después de ver Instinto maternal, su trabajo más reciente. En el nuevo film de suspense el cineasta convence con pulso seguro y un sentido natural —pero elaborado— de la puesta en escena, para conseguir un relato claustrofóbico y pegado a los personajes. En cambio, Santuario lo enfoca como un ilustrador correcto pero neutro. Justo pero traidor para un espectador más deseoso de una implicación emocional que se regatea en muchas escenas. La película salta de un estilo similar al del reportaje informativo, intercalando fugaces imágenes de archivo que interrumpen el desarrollo. La planificación resulta inocua en sus cometidos, con esos temblores estandarizados para crear un desasosiego que se neutraliza en su repetición. El resto es tan aséptico como el plano seguido por contraplano para cubrir al personaje que dialoga o los fulgurantes zooms que descolocan en su visionado. Cuyas palabras, por cierto, suenan a pensamientos artificiales, frases reescritas y otras consignas que los actores tratan de humanizar como pueden. A veces lo consiguen, pero no siempre. Incluso en el caso de uno de los mejores intérpretes del cine actual, Alex Brendemühl, un rostro que aguanta el drama y suaviza la comedia. Capaz de aterrar o ser amigo. Un camaleón que defiende su parcela de euskera sin forzar un acento artificial vasco.

El guión inspirado en hechos reales, respeta los nombres y apodos originales de fundadores históricos de la banda criminal, en el caso de Domingo Iturbe (Txomin) o María Dolores González (Yoyes). También en las figuras públicas como el ministro José Barrionuevo o el presidente François Mitterrand. Aunque los parecidos físicos sean irrazonables, si se compara con el material gráfico de hemerotecas. Por otra parte amalgama en Mukito a varios dirigentes posteriores de ETA.

Lo interesante de Santuario es la constatación de un momento político y social en España al que se respeta mucho por lo poco que se trata en medios audiovisuales de ficción, es decir, su valor como documento. Las quejas se podrían formular en un matiz de simpatía por unos verdugos y no otros. Un buen ejemplo es el primer crimen que vemos de los GAL a uno de los etarras, desde que éste sale de la casa familiar, entra al coche y allí lo esperan dos mercenarios que lo amenazan y estrangulan. En contraposición con el cuerpo ya inerte de otro agente del GAL, sin ver cómo lo torturan Mukito y su ayudante. Quizás la misma muestra de violencia o el mismo fuera de campo sería un modo justo de no empatizar con bárbaros de condición parecida. A pesar de las debilidades existen breves fogonazos de la oposición entre los veteranos y los jóvenes de la organización terrorista, casi como en un western, entre Txomin y Mukito cuando tantean sus pistolas desconfiados. O algunas escenas en las que se aprecia que sus mayores enemigos fueron ellos mismos.