El primer largometraje de la animadora brasileña Tânia Anaya realiza un recorrido biográfico del etnólogo y antropólogo de origen alemán Curt Nimuendajú, quien pasó casi toda su vida integrándose en diversos pueblos indígenas de Brasil, documentando sus costumbres y su cultura y enfrentando directamente las amenazas del caciquismo agrario. La película destaca la labor sumamente minuciosa de Nimuendajú al registrar sus observaciones y el compromiso que demostró tanto en su trabajo como en sus lazos emocionales y relación estrecha con las causas indígenas, mostrándole como parte y no como un observador externo y señalando su interés por involucrarse personalmente y formar parte de las sociedades a las que estudiaba.
En ese sentido, Nimuendajú se encuadra en una cierta tendencia moderna a narrar historias y eventos biográficos reales, con un estilo cercano al docudrama, a través de la animación. Como suele suceder en estos casos, se opta por un estilo de dibujo sobrio y cercano al realismo, que trata en todo momento de corresponderse visualmente a los personajes y entornos reales que está representando. En este caso, la animación utiliza como base la rotoscopia en unos diseños realistas, logrando un acabado eficaz y bien realizado que demuestra una visión estética clara y distintiva, algo que no es tan común en este tipo de enfoques hacia el medio animado. Aún así, con este tipo de cintas siempre creo que es lícito abrir un debate acerca de la pertinencia o arbitrariedad de la animación como medio representativo, y esta no es la excepción.
Por ello, y aunque como cinta animada cumpla los estándares, la película destaca sobre todo en su correspondencia con la realidad que está contando, es decir, por la postura narrativa que adopta respecto de su figura principal, y en este sentido es una obra tan bienintencionada como fácil de problematizar. La película tiene ciertas carencias que tienen que ver con lo escueto de su metraje y el enfoque en un personaje real a través de la ficción, la primera de las cuales es la eficacia discutible de la narración al integrar los distintos y variados elementos de la vida de Curt Nimuendajú, debido a una fragmentación excesiva, en particular, al retratar aspectos de la vida familiar y marital del antropólogo; más adelante, conforme la cinta se ve obligada a mencionar elementos relacionados a su Alemania natal, tales como el ascenso del nazismo o la relación de Curt con los museos locales y los estudios étnicos en su país, se acusa particularmente esta falta de enfoque.
Por otro lado, la cinta expone un conflicto emocional constante entre la experiencia inmediata de su protagonista, su implicación visceral al estar en el terreno conviviendo en aldeas indígenas, ganarse su confianza y asimilar sus reivindicaciones y luchas, y la frialdad pretendida de unos escritos académicos en los que parece querer relativizar todo esto, hablar de estos lazos como de relaciones circunstanciales para un fin investigativo mayor y dejar claro que siempre hay una cierta “otredad” en la que él puede entrar pero pertenece en el fondo a otro lugar. Si bien Nimuendajú se muestra consciente de esta contradicción, no parece excesivamente interesada en abordar su problemática, dando lugar a momentos de una crudeza que me deja perplejo, no tanto por lo que cuenta como por la falta de respuesta acorde que proporciona la película. En un momento dado, el protagonista confiesa, entre las cosas de las que se arrepiente en sus escritos, haber sido responsable indirecto de la desaparición de una tribu, al no haber tenido en cuenta su vulnerabilidad y el peligro que corrían si difundía información sobre su existencia y costumbres en un país sin las herramientas ni la disposición para protegerles. No es la naturaleza de la confesión, en el sentido de que una labor etnológica pionera como la del personaje, sin las herramientas adecuadas, podía llevar a algo así; lo que me extraña es que el filme lo presente como un pequeño borrón en una suerte de balance en mi opinión frívolo con los numerosos aportes positivos y la lucha de su protagonista.
Nimuendajú tiene un tema complicado entre manos, tanto en un sentido de puro interés cinematográfico —no es fácil trasladar a una ficción entretenida un punto de vista que, más allá de la espectacularidad y el drama intenso de los enfrentamientos con el sistema corrupto y los líderes agrarios, es eminentemente analítico y académico— como en el abordaje de una figura sin duda importante y merecedora de que su historia sea narrada, pero que se encuentra en una posición inusual y muy delicada. Alguien que, por un descuido o una decisión mal meditada, pudo contribuir indirectamente a la desaparición de toda una tribu y una cultura local, del mismo modo que pudo proporcionar una vía a muchas otras para su reivindicación legal y territorial. Este nivel de responsabilidad que tiene Curt hacia su entorno, casi irreal, es algo en lo que creo que la película no está del todo concienciada, y que merecería tal vez un tratamiento que prescinda por completo del enfoque y las limitaciones inherentes a una versión dramatizada de su biografía. Tal y como se presenta aquí, esta cinta resuelve bien el retrato de su protagonista y la concienciación sobre la protección de los pueblos indígenas a través de su legado, pero es muy notorio lo que no puede o se limita, consciente e inconscientemente, a alcanzar y explorar, y las reivindicaciones que hace a través de esta versión del personaje están aquejadas de una perspectiva en exceso superficial y despojada del peso real que tuvieron sus decisiones en grupos enteros de personas.










