Marty Supreme (Joshua Safdie)

De la ambición y otros histrionismos

El ego, ese viejo conocido que parasita al hombre y sus capacidades psicomotrices, que articula inercias autodestructivas y enajena al individuo para hacerle creer ilusoriamente que sus capacidades, aptitudes o talentos están por encima de su nivel efectivo. Muchas de las grandes figuras históricas y artísticas padecían un egocentrismo descomunal, derivado quizá de la toma de conciencia de la propia importancia o genialidad. No es en otro lugar sino en las profundidades de esa impostada coraza donde se encuentra ese complejo de inferioridad nuclear que da pie a la construcción exacerbada de ese alter ego narcisista, en un humano pero vano ejercicio de defensa personal y emocional.
Su condición exacerbadamente narcisista será el gran estandarte que sacará a relucir a la más mínima oportunidad el joven antihéroe Marty Mauser, un muchacho de Nueva York con el respetable más poco común sueño de ser el mejor jugador de ping-pong del mundo. Y es en esa egolatría tan descontrolada, de la cual será tan víctima como victimario, donde se configurarán sus acciones inevitablemente erráticas y por lo tanto, todo el desarrollo narrativo y, por encima de todo, el tonal. El tono de la cinta es posiblemente el mayor acierto que el mayor de los Safdie, Josh, ha efectuado, manteniendo siempre cierto patetismo cómico en un relato con una naturaleza tan delirante y desbocada que era prácticamente imposible no ver su inherente fluctuación tonal.

El intrínseco absurdo que subyace en cada una de las acciones del hiperactivo protagonista será siempre el matiz inamovible con el que Safdie trazará el boceto de su epopéyico viaje guiado por la inexorable inercialidad de las propias acciones de Marty, las cuales desembocarán en una huida hacia delante tan desesperada, rebuscada y exagerada que Safdie no dudará en materializarlo en su dirección, sobreestimulando sus imágenes plástica y argumentalmente. El histrionismo insoportable de cada una de las secuencias que conforman el grueso de la cinta crea una fatiga incluso física en el espectador. Los gritos, golpes, disparos y destrozos son pues un ente omnipresente que, sin previo aviso, está siempre preparado para irrumpir en escena y arrasar todo consigo, como ya el realizador está acostumbrado a hacer. Esa estridencia siempre patente es probablemente el mayor carácter identitario en los trabajos de los Safdie, siendo ejemplos paradigmáticos las tensas y sobrecargadas escenas en la joyería del personaje de Adam Sandler en Diamantes en bruto. Era en esa cinta donde los hermanos dominaron con maestría inaudita el atropellado tempo narrativo de las secuencias como materialización formal del tempo vital del protagonista.

Es por ello que uno de los mayores defectos de la cinta residen en la repetición continua de su propia fórmula, la extrema desmesura alcanza límites insospechados que terminan por erosionar la fuerza expresiva de las secuencias de exacerbado histrionismo, resultando insoportablemente cargantes e incluso formulaicas. La línea narrativa que Safdie anuda y tensiona hasta el paroxismo, tampoco termina de verse conectado con su marco discursivo, el cual se ve aglomerado en el clímax de la cinta en un impostado y previsible giro humanista. La secuencia climática , pese al constante intento de subversión respecto al ‹biopic› deportivo, es resuelta de la manera más institucional y plana posible, en una partida de ping-pong donde en el último punto se decide al ganador. Y si, es cierto, lo que está en juego es mucho más que una victoria, es la dignidad personal de Marty frente a ciertos empresarios instrumentalizadores de sueños, pero lo que el espectador recibe es que formal y narrativamente se imponen los códigos genéricos institucionales tan soporíferos como manidos.

El realizador despliega pues todo un armazón narrativo puramente “scorsesiano”, de espacialidad fragmentada, temporalidad fugaz y tempo hipervitaminado, usualmente en la sordidez urbana que imbuye a los personajes y su psicología desequilibrada. El personaje del tan loado Timothée Chalamet, vendría a ser el heredero espiritual de Belmondo en Al final de la escapada (1960) o Martin Sheen en Malas tierras (1973), víctimas de su inestable carácter que escapan de ellos mismos en aparentes huidas hacia delante que más pronto que tarde se descubren como viajes circulares a ninguna parte más allá que a la degradación moral propia. Y es que justamente Marty Supreme parece proyectarse en la ópera prima de Godard y tomándolo como clara referencia, configurar toda una fluctuación de géneros conectados por abruptos virajes, oscilando entre ellos orgánicamente en su primera mitad y vacilando erráticamente en la segunda. La irregularidad y la pesadez del planteamiento de Josh Safdie se va haciendo cada vez más patente a medida que avanza su esquizoide metraje, en un trabajo que articula un punto de inflexión en la identidad autoral individual de su joven realizador, que diferenciándose de su hermano, abraza la radicalidad expresiva en pos de una subversión genérica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *