Madres verdaderas (Naomi Kawase)

El otro día estuve hablando un buen rato con un amigo (con el que hacía años que no hablaba) sobre la película surcoreana Burning (2018), nuestra necesidad de obtener respuestas para todo y nuestra capacidad para la reflexión. Aunque respecto a esto último, no tanto en general como más en concreto: sobre la capacidad que tienen algunas películas, nos hayan gustado o no, para dar pie a preguntas y respuestas que no están tan claras (o no existen porque no nos las han dado). En el caso de esa película, además de las respuestas que buscamos en los huecos que a propósito nos dejan y a los que el director Lee Chang-dong rellenaba para que siguiera viva la duda, había una reflexión final muy clara. A lo largo de toda la película, sólo vemos a una persona asesinar a otra, pero mucho antes de que eso pase, nuestra mente y nuestros sentimientos han creado una verdad que ya nos satisface, como esa mandarina imaginaria, que a su vez crea una tercera vía que predispone al espectador hacia un entendimiento de la historia totalmente diferente.

En Madres verdaderas, la última película hasta la fecha de la directora japonesa Naomi Kawase, a la que muchos recordarán por su mayor éxito comercial, Una pastelería en Tokio, no hay mucho espacio para las pajas mentales del espectador, pero sí para la reflexión constante de lo que nos muestra en sus diferentes vertientes. Como una ‹matrioshka›, de hecho, nos narra la historia de dos madres de un niño (la adoptiva y la biológica) en paralelo con su final, conociendo poco a poco cómo han llegado hasta lo que vemos al principio, y haciendo que nuestras posiciones de partida cambien a menudo; respecto a ese niño, a sus padres adoptivos, hacia el centro de adopción o hacia la madre que dio al niño en adopción, aunque en este caso más bien por el propio juego narrativo de la dirección.

Si bien es imposible obviar el particular estilo de Kawase en algunas partes del metraje, con ciertos tics que muchos pueden despreciar por resultar un poco manidos, y que ya vimos justificados en Hacia la luz por la ceguera del protagonista o en Aguas tranquilas por el sentimiento de enamoramiento adolescente, la naturaleza de la película, su drama interno y su capacidad para que nos involucremos en su desarrollo, es más fuerte que los planos donde el sol ciega al espectador, las hojas de los árboles bailan al ritmo del viento, las manos se entrelazan o las parejas montan en bici enamoradas. Algo que en algunas ocasiones nos recuerda a Hirokazu Koreeda, de ahí que por mi parte siempre a tope con el ritmo lento de los japoneses, su sensibilidad distinta y sus caminos para que los europeos también la sintamos en su cine.

Sin embargo, el poso que nos deja Madres verdaderas se sostiene más en su capacidad para mostrar dos realidades sin culpables (aunque por supuesto no inocentes), que en su ritmo (que además de lento, puede que prolongue demasiado toda la cuestión de la maternidad frustrada, la comprensión de la pareja y la búsqueda de soluciones, aunque son datos a tener en cuenta para empatizar aún más con todo). También porque a mí Naomi Kawase me provoca sentimientos contradictorios: me han gustado sus películas cuando se han terminado, pero no me gustan tanto durante su desarrollo. O, como leí en una opinión de esta película que me hizo un poco de gracia: «Un final horrendo, falso, injustificado, que de todos modos arrancóme una lagrimita».

A mí el final sí me ha gustado. A veces nos merecemos cosas así, aunque sea a través del cine. Al contrario que en Burning, que en su momento no me gustó demasiado, aquí te dejan claro lo que has visto y lo que no, y sin embargo les debo a las dos la reflexión, dando pie a otra nueva (reflexión): ¿y si, tal vez, me guste más leer y hablar de cine que incluso verlo? No me importa tanto si una película me ha gustado o no, como sí el camino por el que me ha llevado, aunque acabe yéndome a algo un poco más banal, como es escuchar o leer a otras personas con mucho más que decir que yo. Como mi amigo, por ejemplo, que hizo que me dieran ganas de volver a ver Burning, aunque luego viera lo que dura y ya se me pasaran (las ganas).

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