Little Amèlie (Liane-Cho Han, Mailys Vallade)

La animación ofrece oportunidades infinitas. Sus posibilidades expanden los límites plásticos del cine, y su capacidad de abstracción se digiere con mayor facilidad por su distanciamiento natural con la realidad. Por desgracia, esa libertad comúnmente se emplea con desmesura y de forma efectista, en busca de halagos por su virtuosismo técnico. Little Amélie, en su intento de experiencia sensorial, tropieza con redundancias, hipérboles y clichés, excusándose en una mirada infantil homogenizada.

Basada en la novela autobiográfica de Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos, la ópera prima de Maïlys Vallade y Liane-Cho Han sigue los primeros años de existencia de una niña que vive con su familia belga en Japón. La pequeña Amélie, desde su peculiaridad, descubre y absorbe cada sensación, emoción y vivencia que le lanza la vida. Cada suceso es una novedad vertiginosa y estimulante para la niña. La lluvia, las flores, las carpas, la muerte, el abandono… La película se rige estrictamente por la mirada y voz de su protagonista. Desde que es un embrión, cada pequeño suceso es un descubrimiento climático y así lo corroboran la imagen y la voz en ‹off›. El detallismo del libro se duplica y estiliza en su paso a la gran pantalla. La aparición de la primavera se cristaliza en una gran orgía de colores y olores, con Amélie corriendo libremente por encima de las flores y la música y sus pensamientos sobreimpresos a la imagen. Esa traducción explícita y redundante de las descripciones del libro es, a su vez, la forma menos ingeniosa y original de narrar visualmente el acontecimiento.

Ese déficit de imaginación toma dos senderos distintos dependiendo de la ocasión. Por un lado, como símiles y metáforas sobreexplicadas, que niegan espacio alguno a la imaginación del espectador. Ejemplo son las cabezas de las carpas transformadas en los rostros de los hermanos de Amélie, y como ella misma explica su relación textualmente. Por el otro lado, cuando se rehúye de representaciones abultadas y se decide contar una situación con relativo convencionalismo, el lenguaje empleado es aburrido y estandarizado. No hay mejor ejemplo que la consecución de planos de las dos secuencias de ahogamiento, tan predecible y trillado que podría ser la obra de una inteligencia artificial. En sus dos extremos formales, la película no resulta ni sorprendente ni refrescante, pese a su derroche de recursos e imágenes.

Sin embargo, existe una sensibilidad bastante entrañable en Little Amélie, que mantiene la película a flote. La relación entre la pequeña protagonista y su niñera, Nishio-san, constituye el punto más álgido de la propuesta. Amélie descubre gracias a ella no sencillamente una cultura y tradiciones nuevas, sino una forma de vida distinta a la que practica su familia. Allí encuentra un refugio de su propia fragilidad. Esos pequeños aprendizajes, desde la escritura de su nombre en ‹kanji›, la lectura del libro de los ‹Yōkai› o la ceremonia Toro Nagashi, para despedir a los muertos, son los únicos capaces de contagiar mínimamente ese éxtasis del descubrimiento presente en toda la obra.

Por supuesto, Little Amélie culmina con una sensiblería propia de esta clase de historias, aunque con menos intensidad de la que hubiera apostado. Puede que yo no sea el ejemplo de espectador a quien esta película va dirigida; tampoco creo que su destino sea un público meramente infantil. Sea como sea, hay que exigir películas menos masticadas y más imaginativas. Esta clase de experiencias, destinadas a anular el pensamiento y masajear los sentidos, ayuda a promover una serie de necesidades que estereotipan y enclaustran el cine de animación como un simple efecto. Más allá de la fluidez y calidad de sus imágenes y movimientos, Little Amélie deja poco a lo que agarrarse, y sus puntos positivos parecen ser más mérito del propio libro en el que se basa que de su equivalencia cinematográfica.

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