Las esposas (Anja Breien)

Una de las constantes en el cine de Anja Breien es su labor por contemplar las vidas asoladas de aquellos que, en el fondo, anhelan una realidad fuera de los esquemas definidos. Si en Violación teníamos contra las cuerdas a un hombre perturbado por la monotonía, que es finalmente sacado de sus casillas frente a una situación en la que su destino se mancha de un día para otro, en Las esposas (​​Hustruer, 1975) se aborda una fibra motivada por el músculo de la mujer hacia la transición de la modernidad, donde tras una reunión de antiguas compañeras de la escuela, tres amigas de aquel grupo ahora están acoplándose a su estilo de vida como mujeres adultas y, más relevante aún, como esposas y madres dentro de un sistema aún con roles de género muy definidos. Esta unión será el detonante para que Mie, Kaja y Heidrun conviertan lo que era una simple interacción cordial entre ex-compañeras arrolladas por los golpes del mundo real en una eufórica escapada hacia los pozos morales de la sociedad noruega.

Breien firma una cinta de denuncia sin necesariamente apegarse a las costumbres del cine convencional sobre las disputas de género en épocas donde lo evidente era obviado. Las esposas funge como muchas cosas: mientras es un filme que explora las relaciones entre mujeres con todas las etapas que eso conlleva (la hermandad femenina y los vínculos desde el núcleo familiar), también nos abre un panorama hacia las ambiciones de la directora por dedicarle el plano a sus personajes sollozando, mofándose, siendo atrevidas y hasta sacándolas de sus casillas en un intento rebelde por contar una aventura de mujeres siendo mujeres en un mundo de hombres.

El valor de Las esposas y de una directora como Anja Breien recae en su modernidad, no sólo por su atrevimiento narrativo sino también por los matices a la hora de indagar en la cabeza de sus protagonistas. Aquí cada una de las integrantes de esta tríada está definida por su comportamiento y las circunstancias de la vida de cada una. Aunque al principio el hecho de ser mujeres que se reencuentran años después sea el pivote de la historia, la verdad es que es más ese arrebato de ilusiones desperdigadas lo que la película logra expresar mediante personajes corrompidos, impredecibles y por momentos fuera de control. Breien entiende que el ser humano es un ser vivo salvaje, por lo que no le tiembla la mano para mostrar ese proceso de continua aceptación ante el hecho de dejarse llevar y fluir por primera vez como una persona “libre”.

El esqueleto de la cinta auspicia una estructura de supervivencia constante. Mientras vemos al descontrolado trío vagar de una situación a otra, su caparazón se va desintegrando. La figura masculina acecha de forma discreta la escena y es aquí cuando las mujeres confrontan de vuelta esa asfixia constante, alimentada en parte por una curiosidad impulsada por la cohibición que han experimentado. Es enriquecedor tener estilos de feminidad que de primeras comparten incertidumbres pero que llevan a cada una por caminos diferentes mediante una máscara de cotidianidad. Y es que Las esposas está filmada con la intención de parecer casual; la tranquilidad e incluso los detalles de hilo cómico con los que la película se fija son vitales para comprender el cuidado con el que Breien compone a sus sujetos. Estas mujeres son personas peculiares, pero despiertan tendencias internas que las hace asemejarse mucho más entre sí y obliga a que miremos atrás no sólo las evidentes injusticias de género que han existido desde siempre, sino también a reconocer qué sucede realmente con cada uno de nosotros y entender que, aunque mucho de lo que nos atormenta no podemos removerlo o cambiarlo por completo, al menos es importante tener ese hombro en el cual reclinarse cuando más lo necesitemos.

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