La tarta del presidente (Hasan Hadi)

Cómo no, otro cineasta debuta en el largometraje con un relato parcialmente autobiográfico sobre sus vivencias de infancia. La de Hasan Hadi, que creció durante la dictadura de Sadam Husein en Iraq, fue especialmente dura. En condiciones de precariedad, bajo un régimen estricto y en plena guerra del Golfo, su niñez fue acortada prematuramente. La tarta del presidente trata de esa confrontación entre los resquicios de inocencia pueril de su protagonista y el entorno hostil que la obliga a madurar como método de supervivencia. Como todo relato de estas características, se presenta un juego de inversiones, en el que los niños parecen más crecidos que los propios adultos.

Lamia, que vive con su abuela Bibi, es escogida mediante sorteo en su clase para traer un pastel el día del aniversario de Sadam Husein. Ellas dos y su gallo mascota viajan a la ciudad para comprar los ingredientes necesarios para la tarta, sabiendo que negarse podría significar la prisión o incluso la muerte. Una vez allí, Lamia, sintiéndose traicionada por su abuela, decide escaparse y conseguir los ingredientes por sí sola, con lo poco que lleva encima. Muy a la Kiarostami, la niña, el gallo y su amigo Saeed emprenden una travesía por las calles y comercios de la ciudad, utilizando su astucia infantil para hacerse con la suya. Pero, al contrario del cineasta iraní, la pretendida sencillez de la propuesta es artificial y maquetada en pro de una espectacularidad pasmosa y propagandística.

Eso sí, Hasan Hadi tiene buen ojo, no como muchos otros. Es capaz de sacarle jugo a las texturas y composiciones de unos espacios que de por sí son un caramelo, tiene ideas expresivas interesantes —que acaba desaprovechando— y su forma de posicionar la cámara en ocasiones es sorprendentemente ingeniosa. Para destacar algunos momentos, la secuencia de la mezquita, que narra la desaparición del gallo en una toma sin cortes, difícilmente se puede imaginar filmada más eficientemente. El juego de las miradas que practican los niños como forma de distracción, pese a ese final que lo exagera, está muy bien encontrado, y algunos encuadres, en especial los de la tienda de relojes, saltan a la vista por su magnetismo. Esos breves halos de lucidez postiza, a su vez, se topan con un desperdicio inacabable de grandes ideas. El “abandono” de la abuela al llegar a la ciudad pierde potencia porque se desvela desde el diálogo. De igual manera, cuando Hadi narra el segundo “abandono” de Bibi, con el bastón al lado de la cama vacía, el brío del momento se extravía cuando se subraya textualmente lo ocurrido, para el espectador durmiente. Algunas imágenes también se corrompen con un contraplano innecesariamente descriptivo. La película no confía en sus propias imágenes, y aún menos en la capacidad del público para cazarlas al vuelo.

Aunque se haya presentado como la primera cinta iraquí seleccionada en Cannes, toda la inversión económica y de producción de La tarta del presidente procede de fuera de Iraq, principalmente de Estados Unidos. Esa consideración absurda sería como si Gandhi, de Richard Attenborough, se vendiera como la primera película de la India en ganar un Oscar. La tarta del presidente, a diferencia de la cinta de Attenborough, es peligrosa porque toma la apariencia de una cinta “indie”, un calculado caballo de Troya para confundir al espectador con su mensaje, valiéndose de una estética familiar en la que ya confía; por eso su parecido superfluo a Kiarostami. Con esto en mente, la artificialidad y textualidad de la obra de Hadi parecen menos la creación de un guionista torpe y desconfiado y más una calculada forma de acomodarle el camino a su fondo de propaganda neoliberal. Sadam Husein fue una persona abominable, en eso estamos todos de acuerdo, pero culparle de que Estados Unidos y sus aliados cometan crímenes de guerra, como ocurre en la secuencia final del film, es tan sesgado como penosamente actual.

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