La herencia (Anja Breien)

La herencia (Arven, 1979) es una película de Anja Breien, directora y guionista noruega, que rompe con todo molde establecido por el cine más comercial proveniente de las grandes productoras como Hollywood. Esta película narra el conflicto que sucede entre los miembros de una familia de clase alta, cuyo patriarca ha muerto, en un principio de manera confusa y poco explicada. Tras la muerte de este, se originarán disputas entre los diferentes miembros por las riquezas, por su herencia. Sin embargo, La herencia rompe desde el primer momento con el clásico arquetipo de familiares peleando por obtener la fortuna del fallecido sino que, a pesar haber un puntual conflicto por ver quién obtiene más bienes (siendo este momento el principio de la decadencia familiar), el principal desencadenante de las desgracias familiares es mucho más curioso, y a pesar de desenvolverse en este frío drama, resulta hasta casi cómico. Y es que para obtener la herencia, es necesario que se reparta entre todos, o si no se perderá. Se inicia así un conflicto individual entre los diferentes personajes quienes pronto verán (o no) su identidad corrompida por esta fortuna.

En esta película, Anja Breien divide al ser humano a través de sus personajes en dos grupos. Por un lado nos encontramos a aquellos que se dejan someter por la riqueza. Se ven así corrompidos, abandonando sus razones anteriores para basar su existencia en este nuevo valor. No se perciben sin embargo estereotipados, debido en gran parte a la original perspectiva argumental comentada previamente. Encontramos personajes cuyo matrimonio queda fortalecido, por ejemplo, mientras otros entran en crisis. Hay una diversidad de narrativas que reflejan las diferentes caras de la riqueza, aunque siempre bajo la sombra de la codicia de esa alta sociedad noruega.

En el otro grupo, la directora deja entrever una línea ideológica más política, con breves menciones al socialismo y alegorías al anarquismo (aunque este se ve sometido a las condiciones económicas), en donde se contempla esa perspectiva más crítica con el capital. Estos personajes se muestran así, a medida que avanza la película, contrarios a la imposición económica a la que están sometidos. Sin embargo, la evolución de determinados personajes como Jon Skaug y Hanna, quienes se alejan del capital a pesar de haberse interesado por él previamente, no presenta ningún motivo evidente por el que haya sucedido. No hay ninguna razón clara por la que esta evolución se presente como desarrollo personal, sino pequeños detalles y críticas al sistema que salen a la luz que muy bien pueden ser pasadas por alto y que, sin embargo, funcionan como un clavo al que agarrarse para dotar de sentido a esta historia. Y es que en La herencia no se profundiza en ninguno de los personajes de manera evidente. Rompe así con la estructura clásica del personaje principal enfrentado a los diferentes antagonistas. Esta película no ofrece una disposición determinada de preguntas y respuesta al espectador, si no que presenta a unos personajes ya formados, en los que la audiencia tiene que tomar un papel activo para lograr entenderlos. Son individuos cerrados, propios de la sociedad nórdica, quienes durante breves momentos nos muestran en privado quienes son, pero nunca lo suficiente para saber el porqué de sus acciones. Se representa así a las altas esferas sociales nórdicas como una clase cerrada, tanto el propio estrato como el individuo en sí, cuya identidad se ve basada en su patrimonio. Esto se observa por ejemplo en la primera escena de la película, con el sermón de un cura presentando al recién fallecido, mientras se van sucediendo imágenes de su riqueza.

El ritmo de la película es lento, con gran escasez de diálogos y conversaciones largas, aunque se compensa con la variedad de planos en movimiento. Abundan así los paneos, los ‹zooms in› o los movimientos de cámara, que junto con los destellos sinfónicos de la banda sonora dotan de dinamismo a este largometraje.

En definitiva, La herencia se presenta como una lenta crítica a la alta sociedad noruega, con la que Breien había convivido. A través de un retrato fragmentado de los miembros de esta familia, la película expone cómo el verdadero antagonista no es ningún personaje concreto, sino el propio dinero. Este actúa como una fuerza que condiciona y transforma las relaciones humanas, reduciendo a los individuos de la alta burguesía nórdica a su patrimonio y a la lógica del capital.

De esta forma, la película plantea una reflexión sobre la identidad dentro de las clases altas: una identidad que, en muchos casos, no se construye a partir de valores personales o relaciones humanas, sino a partir de la riqueza que se posee. Anja Breien muestra así la búsqueda (o más bien la ausencia de búsqueda) de una identidad propia dentro de una clase social que parece haber quedado definida únicamente por el capital, revelando las contradicciones y vacíos de un sistema en el que el dinero termina dominando la vida privada de quienes lo poseen.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *