La distancia (Sergio Caballero)

Comenta el propio Sergio Caballero en una entrevista realizada durante el paso de su segundo largometraje por Sitges que «’La distancia’ es una obra comercial, un ‘blockbuster’». Más de uno pensará que susodicha afirmación no deja de ser una excentricidad, en especial procediendo del autor de una obra como Finisterrae, pero lo cierto es que en el contexto en que se mueve el cineasta y codirector del Sónar no podría tener más lógica. Principalmente, porque su cine —enmarcado en el panorama patrio, se entiende— pertenece al todo y a la nada: es imposible atribuirle un lugar en la industria, que sí tienen por ejemplo otros autores apadrinados por Luis Miñarro —por establecer un vínculo con su mayor acercamiento al ‘otro’ cine español, pues el productor se hizo cargo de ejercer como tal en su ópera prima—. Así, hablar de un cineasta único sería caer de nuevo en la banalidad que de vez en cuando propone el cine español, porque Caballero es dueño de su cine más allá de una autoría o de un patrón comercial: es capaz de trasladar su ideario, sin filtro, con una transparencia inusitada, a la pantalla. Y quizá en ese escenario La distancia no deje de ser un blockbuster, o un arraigado trabajo de autor… o lo que cada cual prefiera ver, claro está.

La distancia

Si esa autoría (insisto, si le quieren llamar así) la aplicamos a un paraje donde el ruso predomina, los patrones desaparecen —manteniendo, cierto es, una referencialidad inevitable— y el cine deja de ser un discurso o un tono para amanecer como algo cercano al estado mental, nos encontramos con cintas del calibre de Finisterrae o esta La distancia. Dicho así, más de uno podrá pensar que La distancia no deja de ser una extensión de lo que supusiera su debut, pero nada más lejos de la realidad (o la ficción, sueños o lo que quiera que sea que encontremos en el cine de Caballero), en su nuevo trabajo convergen las vías ya empleadas en Finisterrae y trazos que ni siquiera se sujetan a su anterior film. Así, pasamos del video arte catalán oculto en la rama de un árbol, de los sueños de un fantasma en plena crisis o de la digresión paisajística, a la comunicación establecida mediante telequinesis, una planificación tan definida como bizarra e incluso claras referencias a la cultura pop. No es que una ligera descripción conceptual otorgue pistas sobre si Caballero se ha acogido al estilo (?) que tan buenos resultados le dio, o ha trazado un recorrido simétrico a través del cual continuar explorando vías: más bien se trata de observar por uno mismo, que de comprender o desglosar.

La distancia

Eso es algo que el catalán tiene muy claro, y así lo dejó caer antes del inicio de la proyección de La distancia. Es por ello, por el hecho de que la cinta deba ser entendida como un estado (o incluso un espacio), que La distancia propone una clara evolución con respecto a Finisterrae. El debate ya no se arma en torno a si sus referentes se dejan entrever más o menos, o sobre si esa comicidad mínima que desarrolla el cineasta tiene un papel más destacado, lo hace más bien respecto a si su juego —miento, en realidad el cine de Caballero huye de ese termino para instalarse en la percepción que cada cual posea: en si uno decide aceptar carencias o limitaciones para pasar a formar parte de una dimensión— franquea límites y se continúa expandiendo, no resultando conformista y sobre todo creando bifurcaciones en ese ideario expuesto. Al final, pues, la construcción de una atmósfera sin los elementos, digamos, básicos que la componen, casi parece un juego (esta vez sí) de niños para Caballero, que se basta con la disposición de algún que otro plano del yermo paraje ruso, la reproducción de un universo cuyos personajes evitan su propio mandato como tal y un plan (si es que tal cosa existe) imbuido por la propia vorágine de ideas dispuesta al gusto. Sea como fuere, el reto es para el espectador tras una enfermiza divagación contagiada del espíritu del propio Caballero, o de a saber quién. Eso lo dejo en sus manos.

La distancia

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