
El debut de Kristen Stewart en el largometraje dista bastante de la mayoría de incursiones a la dirección cinematográfica por parte de reconocidos actores. Esa conversión tiene sus riesgos, pudiendo resultar en cintas excesivamente teatrales, acartonadas y anónimas. En La cronología del agua, este salto sorprende por su identidad visual y expresividad, que denota una mirada emancipada de la óptica de la intérprete que, sin embargo, y pese a su abundancia formal, nunca se sumerge más allá de la superficie.
Basada en una novela autobiográfica de Lidia Yuknavitch, la cinta adopta una estructura de largos episodios que se formulan como entradas de diario, con pequeñas variaciones estilísticas y narrativas entre sí. La voz en ‹off› de la propia protagonista, interpretada por Imogen Poots, dicta el ritmo y carácter de cada bloque. La primera mitad de metraje explora —desde una distancia temporal que la fragmenta— su infancia y adolescencia, marcada por el abuso y la violencia, que la llevarán finalmente a adoptar la escritura como forma de terapia. El estilo, por consecuencia, intenta asimilarse al pensamiento y recuerdo traumático. El propio contenido introspectivo y lírico del texto conduce a unas imágenes que, en otro contexto, podrían resultar sensoriales y elípticas, pero aquí caen en descripciones bellas pero redundantes de lo que narra la cronista. La imagen parece existir para servir e ilustrar lo que ya nos cuenta la voz, y su interés plástico se profana en el diálogo. Las distintas capas formales se pisan y se aplanan, engendrando secuencias más similares a un anuncio de perfume que a una observación cruda y matizada sobre la violencia y el alcohol en el hogar.

A partir de su entrada en la universidad, hay una transformación notable en todos los apartados de la película. El ritmo se ralentiza, las escenas empiezan a tomar formas más reconocibles y concretas, los personajes dejan de ser conceptos para convertirse en entidades propias y la construcción dramática es mucho más convencional. Este cambio, como efecto, se digiere sin esfuerzo, pero inevitablemente separa la cinta en dos mitades que, a su vez, serían incapaces de sostenerse sin esa división. El simbolismo y esteticismo superficial de la primera mitad parece en todo momento un preludio ecléctico, que encuentra su estabilidad finalmente cuando la cinta varía de enfoque. Por su lado, esa segunda parte echa en falta creatividad, inventiva y ritmo, y se ahoga en unos personajes estereotípicos, que funcionaban mejor bajo el prisma conceptual del fragmento inicial. Las interpretaciones resultan unidimensionales y Stewart, indecisa, nunca acaba de asentarse, intentándolo todo y convenciendo en poco.
Pese a todo, y tratándose de una película de extremos, Stewart encuentra su mejor cine en la contención. Episodios como la estancia en la casa con Ken Kesey o el viaje a la playa son bastiones de sencillez frente a la exuberancia sonora y visual de la propuesta. Pese a lo sobreestimulante y excesiva que acaba siendo la cinta, la mirada de la cineasta nunca parece exagerada y su estilo, por muy imperfecto que sea, no es una impostura. Sus errores, igual que su muy admirable ambición, parecen fruto de la inexperiencia, cosa normal en una ópera prima. Lo cierto es que detrás de tanta desmesura espasmódica se puede vislumbrar una cineasta atrevida, que, sin salirse excesivamente de los cánones del cine estadounidense independiente, está dispuesta a arriesgarse tanto con sus imágenes como con la rudeza de sus temas.







