La alternativa | La hora final (Stanley Kramer)

Acostumbrados a excesos de CGI, explosiones abrumadoras y dependencia de lo técnico en detrimento del factor humano, siempre viene bien revisar una ‹rara avis›, incluso en su época, como La hora final (On the Beach, 1959). Una película hija de su tiempo, sin duda, en cuanto a su temática y preocupación por la paranoia nuclear y los peligros de una guerra que parecía algo inevitable. Pero lejos de la propaganda política, del maniqueísmo hacia uno de los bandos en conflicto, Kramer sitúa su obra en un marco llamémosle neutral, en un último punto relativamente ajeno al conflicto, donde lo importante es la humanidad en sí. En los actos que nos hacen humanos y cómo reaccionar ante un fin que parece inevitable.

Justamente este punto fuerte es a su vez el punto más débil del film. Está muy bien explorar las reacciones ante el fin de todas las cosas mediante historias diversas donde se nos habla del amor, la soledad, la familia, los valores morales al respecto y también como factor clave de la estupidez humana por provocar semejante desastre, pero a veces todo ello se siente a costa del punto principal del film: el apocalipsis. Se profundiza tanto en los dramas personales de los personajes, cosa que funciona en cuanto a escritura, que por momentos parece que estemos ante un drama cualquiera que obvia el contexto. De hecho si quitásemos todo el metraje referente a lo nuclear y sus consecuencias quedaría una película comprensible e incluso aceptable en cuanto a fondo y forma.

Lo que sí hay que agradecer es que, a pesar de cierto tono de sermón aleccionador en algunos momentos, hay una genuina preocupación por un futuro que en aquel momento estaba más cerca de lo real que de lo meramente distópico. En este sentido todo se siente un poco ingenuo, un poco ‹naïf›. Es difícil comprender cómo la misma humanidad que ha provocado su casi extinción pueda tener un comportamiento tan civilizado, tan racional, estando a las puertas de una muerte segura. Se entiende que Stanley Kramer quiere poner por encima de todo los valores positivos de la humanidad, no tanto como respuesta al fin sino como modelo justamente para evitar llegar a esta situación. Algo que en un momento de extremismos ideológicos puede parecer incluso valiente a pesar del exceso de tono azucarado.

La hora final se siente pues como un producto bienintencionado, muy opresivo e interesante por momentos, con valles de reescritura y redundancia que acaban subrayando en exceso el mensaje propuesto. Eso sí, nos regala interpretaciones excelentes, acordes con su elenco, y una estructura de cuenta atrás que siempre funciona en términos de sostener una tensión que, aunque se sabe el resultado final, siempre abre la puerta a una esperanza baldía. Sin duda, lo mejor de la película es precisamente su epílogo final: unos simples instantes de vacío, de silencio que hablan de resignación, de catástrofe, pero que funcionan de forma coherente con lo expuesto anteriormente: no hay explosiones, no hay revueltas ni saqueos, solo consciencia y dignidad. Lo único que queda para que, como indica un nada sutil letrero de fondo, reaccionemos mientras aún queda tiempo.

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