Vivimos en una época que tiende a creer que las historias son eternas, que los clásicos hablan igual a todas las generaciones. Pero basta con observar cómo el cine adapta una misma novela a lo largo del tiempo para entender que eso no es del todo cierto. Cada época no solo reinterpreta: reescribe desde su mirada generacional, su mentalidad, sus miedos y su manera de entender el amor.
Y pocas obras muestran mejor esta idea que Cumbres borrascosas. Sus adaptaciones a lo largo de los años funcionan casi como un termómetro emocional de Occidente. La misma historia —el vínculo obsesivo, casi tóxico, entre Catherine y Heathcliff— ha pasado de romance trágico y noble a relato de autodestrucción y, finalmente, a drama áspero, realista y desmitificado. No cambia la novela; cambiamos nosotros.
La versión de Cumbres borrascosas de 1939, protagonizada por Laurence Olivier y Merle Oberon, ejemplifica perfectamente esa mirada idealista. La película no juzga las acciones de sus personajes: las envuelve en romanticismo. El amor se presenta como sacrificio, y renunciar a quien realmente amas a cambio de estabilidad se convierte en una condena silenciosa. Lo que queda es un cascarón vacío que no vive, solo finge.
Esta idea se aprecia con claridad en la famosa frase de Catherine: «Él es más yo misma que yo. De la misma materia están hechas su alma y la mía». Su amor no es una elección racional, sino una identidad compartida. Estar lejos de Heathcliff la marchita lentamente hasta su final prematuro. Y a él lo vacía por completo: ni el éxito ni la riqueza tienen sentido si no puede recuperar aquello por lo que luchó.
Hoy esa visión puede parecer ingenua o exagerada, pero funciona como una radiografía precisa de cómo se entendía el amor en la época. Frente al individualismo actual —donde crecer suele significar priorizarse a uno mismo—, aquí la lucha personal carece de sentido si el resultado es la soledad. No se trata de sacrificarse por cualquiera, sino por quien de verdad da sentido a tu vida. Al perder ese motor, Heathcliff se pierde también a sí mismo.
Y, pese a los años que tiene la película, hay algo sorprendentemente vigente en ella: el vacío. Vivimos en una cultura que presume de autosuficiencia emocional, de no necesitar a nadie, de posponer los vínculos en nombre de la libertad personal. Pero esa fortaleza muchas veces es solo miedo a sentir. Miedo a depender. Miedo a exponerse. La película, en cambio, plantea lo contrario: sentir no debilita, sino que da propósito.
En tiempos tan convulsos y cambiantes como los actuales, una obra así nos recuerda que, por mucho que creamos haber evolucionado, seguimos siendo humanos. La búsqueda de la felicidad no está exenta de dolor ni de espera, pero precisamente en afrontar esos obstáculos —y no en evitarlos— es donde cobra sentido.
Comparada con adaptaciones posteriores, esta versión dice algo incluso más revelador que la propia novela. Nos habla de un momento histórico en el que el amor todavía podía concebirse como absoluto, total, casi sagrado. Con el paso del tiempo lo hemos ido cuestionando, desmontando y despojando de su aura mítica. El relato de Emily Brontë no ha cambiado; lo que ha cambiado es nuestra forma de mirar el mundo.
Tal vez por eso esta película sigue resultando tan reveladora. Porque no habla solo de Catherine y Heathcliff. Habla de nosotros, de cómo entendemos el amor y de lo que estamos dispuestos —o no— a arriesgar por él.









