Kleber Mendonça Filho… a examen (II)

El agente secreto ha supuesto la consagración internacional de uno de esos autores, Kleber Mendonça Filho, a los que venimos siguiendo en esta web desde su debut con Sonidos de barrio, allá por un lejano ya 2012. Pero antes de su ópera prima en el largometraje, el autor brasileño había cosechado una fructífera y muy interesante carrera en el universo del cortometraje, siendo esta exploración en sus orígenes en el cine una hipótesis más que correcta para adentrarse en su particular universo.

Es conocido el absoluto domino técnico y escénico (engalanado con una fascinante fotografía y un empleo de los sonidos y la arquitectura impactante en todas y cada una de sus obras) manifestado por el autor de Bacurau, así como su poderosa narrativa que le convierte en un avezado ‹storyteller› a la antigua usanza, uno de esos juglares contemporáneos que no se han olvidado de esa vieja escuela del cine brasileño vinculada al cine crítico y social. Sin embargo, lo que más me gusta de Kleber es su facilidad para emplear métodos no siempre emparentados con el cine social (como el suspense, el western e incluso el cine de terror), para salpicar sus creaciones con una atmósfera totalmente propia y muy reconocible.

En este sentido, uno de sus cortometrajes más magnéticos e hipnóticos es sin duda este Vinil verde (2004), obra de corte experimental en la que el autor de Doña Clara ya manifestaba su gusto por empapar historias cotidianas con ciertos toques de cine fantástico y sobrenatural.

Lo que más llama la atención del corto es su carácter experimental, pues nos encontramos con una fotonovela narrada con una profunda y misteriosa voz en ‹off› y montada con fotografías fijas y estáticas, que, gracias a un ensamblaje que evoca directamente a La jetée de Chris Marker, consigue un estiloso y muy entretenido producto que recuerda a esas fábulas de guiñoles armadas por esos artistas callejeros que se ganaban la vida engatusando a imberbes mentes infantiles con sus relatos.

Aquí Kleber se transformó en uno de esos artistas callejeros comentados, conquistando al espectador a través de una fábula (inspirada en un cuento ruso llamado Los guantes verdes) que se centra en la relación entre una madre y su hija preadolescente, una pareja que vive aislada del resto del mundo en un pequeño apartamento en la ciudad. La madre únicamente sale cada mañana a su trabajo, y se nota que ama a su hija sin ataduras, consintiendo con todo tipo de caprichos a una pequeña que parece está enclaustrada en el minúsculo habitáculo de las cuatro paredes del apartamento. Así que un día la madre le regalará a su retoña un pequeño tocadiscos junto con una colección de vinilos para que se entretenga mientras ella no está, pero únicamente le hará una advertencia: nunca podrá poner en el tocadiscos el vinilo de color verde. Sin embargo, su infante no le hará caso y elegirá precisamente ese vinilo que su madre le había rogado no pusiera a tocar. Y el efecto será truculento: pues cada día la madre aparecerá con una extremidad sajada de su cuerpo consecuencia de la desobediencia de su hija.

Y a pesar es haber observado este efecto, y de los continuos ruegos de su madre, la niña volverá a desobedecer y a poner en el tocadiscos el maldito vinilo verde, repitiéndose cada día el mismo efecto en el cuerpo de su maltrecha madre al final del día con su regreso a casa después de la jornada laboral.

Vinil verde es un cortometraje fascinante y espléndido, donde se observa la pericia narrativa de Kleber Mendonça Filho y su capacidad para contar una historia minúscula con tan solo unas fotografías fijas montadas con la sapiencia de un dominador de la narración de historias clásicas.

Puesto que a pesar de sus limitados medios narrativos, la cinta funciona como un reloj suizo, con una precisión que mostraba que detrás del proyecto se encontraba un nombre al que había que tener muy en cuenta, no solo por su dominio técnico del montaje y de la fotografía (pues él se lo guisó y se lo comió liderando la fotografía, montaje, guion y dirección del proyecto), sino también por su capacidad para crear atmósferas enrarecidas, absorbentes y claustrofóbicas con el simple empleo de una línea narrativa de cuento infantil tenebroso y un par de actrices que se dejaron fotografiar en diferentes espacios y momentos y que seguramente no imaginaron que con ese material, aparentemente sencillo, se iba a realizar una historia compleja y estructurada como una fábula de terror fantástico que no dejaba nada al azar, siendo esta técnica aparentemente rígida y estática el vehículo perfecto para generar una atmósfera de ensoñación y fantasía perfecta para la armadura que quería construir el autor brasileño.

Así, Vinil verde no solo es un corto magnífico y muy entretenido, sino que se convierte en un material imprescindible para entender la forma de hacer cine de un autor que se ha convertido, con el paso de los años, en uno de los nombres fundamentales del cine brasileño de todos los tiempos e, igualmente, en uno de los directores más importantes en el panorama del cine de autor contemporáneo, agasajado con varias nominaciones internacionales, que seguramente no desviarán su rumbo, siempre firme y dispuesto a mostrar la realidad social de un Brasil inmerso en profundos cambios económicos y sociales en este siglo XXI.

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