Juan Cavestany… a examen

Hello, New York… digo Madrid, pero desde lo íntimo.

Madrid, interior, proyecto colaborativo de Juan Cavestany realizado durante los meses de confinamiento pandémico de 2020, es un auténtico viaje en el tiempo, en forma de testimonios, de lo que fue, entre los supervivientes no ingresados, el COVID-19. Impresionante documento que, visto 5 años después, trae de vuelta un montón de recuerdos olvidados de un periodo que, pensando en el tiempo que ha pasado desde entonces, solo sirve para separar la vida en un antes y un ahora al hablar entre nosotros, descubriendo entonces que hace demasiado ya de aquello y da la sensación de que no.

Quiero decir: hablamos de los días en los que los trabajadores esenciales eran los que menos cobraban (spoiler: la cosa no ha cambiado), en los que pensamos en salir mejores (los que consiguieran salir y sin precisar cuándo), en los que algunos eran felices por no tener que ir a trabajar (trabajando desde casa o en ERTE) mientras otros se hundían en sus cuatro paredes de pensamiento ilimitado (sin paréntesis). Una experiencia vital, la del confinamiento durante una pandemia, que esconde en sus situaciones individuales y únicas un montón de vivencias en común. En el caso del documental de Cavestany, en el que colaboraron grabándose en su casa más de 100 amigos y conocidos del director, hay un poco de todos nosotros, desde la preocupación inicial al aburrimiento posterior, la ansiedad por ver que nunca acaba o las búsquedas de ocio y propósito a medida que pódcast y videollamadas abrían una ventana a tratar con otros mientras durante los aplausos de las 20:00 algunos querían ser un poco más especiales con canciones desde su ventana y gritos desquiciados contra no se sabe qué.

Desde salir a comprar lo justo y necesario por primera vez con guantes y mascarilla haciendo cola desde la calle a unos metros de distancia de los demás (olvidándote las llaves en la puerta al volver) y desinfectar los alimentos y productos, a pasar las horas asomado a una ventana, aprendiendo a cocinar, viendo vídeos sobre cómo hacer ejercicio en casa o dedicarse casi por completo a la vida contemplativa mientras hablas con algunos familiares y amigos a los que preguntas cómo están y si notan cualquier cosa en la respiración que os pueda asustar a todos (más). Y es que el coronavirus dejó vacíos mientras transcurría y los ha mantenido tras la vacunación, porque la existencia deja de parecer plena, aunque ya antes no lo fuera, pero se convierte en evidencia: no somos nada. De este modo, la sensación de ahogo que provoca pensar en un año que se va y se lleva por delante a familiares, amigos y conocidos es, también, un año que, aun así, parece haber apenas existido más que como una sombra de lo que supone normalmente por lo repetido de los días, las rutinas obligadas y las exigencias más prosaicas que nos hacen seguir adelante en una vida más vacía que otra cosa.

Además del auténtico valor documental de Madrid, interior, cuyo montaje da la impresión de haber supuesto un trabajazo bien resuelto, es verdaderamente sorprendente que dé la impresión de mostrar a todos los tipos de perfiles que existimos durante el confinamiento (salvo el de policía de balcón o el “cacerolo”, quizás) dedicando unos pocos minutos a cada “escena”, ignorando el tamaño de cada hogar o de la soledad. Esa soledad, sin importar el número de convivientes, que volvió a más de uno cucú (antivacunas y negacionistas, sobre todo, a los que si luego tosías les podías ver el miedo inyectado en los ojos), pero que también sirvió para darle valor a temas como el de la comunicación ‹online›, la salud mental o Michael Jordan (porque prácticamente todo el mundo vio el documental The Last Dance).

A pesar de que, para mí, el montaje se resiente un poco cuando se acerca más al cine convencional —saliendo a la calle— que a lo que muestra en la mayor parte de su metraje —el interior de los hogares filmados—, su corta duración y la comunión existencial de la obra con el espectador son todo un acierto (buscado o no). Más allá de los relatos personales, al ser coral, permite dejar atrás el “cómo lo viví yo” al mismo tiempo que incorpora tu propia vivencia en la narración sin necesidad de saber cuánto de lo que muestran es impostura y cuánto real, y la verdad es que da igual, porque al final prácticamente todos acabamos con el mismo déficit de vitamina D, recordamos lo que era ver a Fernando Simón o agradecimos que famosos nos entretuvieran con sus Zoom, aunque por suerte no todos acabamos en Telegram despiertos cual estirpe de los libres.

He pasado tanto tiempo en internet y estoy registrado en tantos sitios que ofrecen estadísticas que, después de ver esta película, me ha dado por mirar qué tal se dio el 2020 y, sorprendentemente (teniendo en cuenta que fácilmente pudo ser el año con mayor tiempo libre para hacer las cosas que más me gusta hacer del mundo), fue el año menos todo de todos los registrados desde 2005: 8.039 escuchas según Last.fm (frente a unos 11.000-20.000 habituales), 4 libros según GoodReads (frente a los 12-15 habituales) y 106 películas según Letterboxd, que representó entonces una caída que se ha mantenido en el tiempo prácticamente hasta hoy, unos datos que, como en el proyecto de Cavestany, sirven de archivo desordenado pero veraz de lo que vivimos, un retrato que intentó plasmar la vida sin olvidarse de las cifras que también lo fueron y de la alegría que supuso poder salir otra vez al exterior si uno quería.

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