Johannes Roberts… a examen

No se puede decir otra cosa de Johannes Roberts: el realizador británico es un tipo arriesgado. Siempre fiel al cine de género, poco a poco ha ido creando un estilo propio que no puede dejar indiferente a nadie, sea cual sea el lío en el que se meta, porque después de introducirnos en su universo, está claro que sabe sacarle partido a los problemas más mundanos.

En su apuesta por el sabotaje interno y la perspectiva adolescente, Roberts ha desarrollado una filia por la crueldad exaltada, el humor inoportuno y el instinto de supervivencia —y esto valdría como spoiler continuado en su filmografía, no siempre es útil ese instinto— que forman parte de una variopinta exposición de ideas por su parte. No es el terror el único género que explora, pero todas sus películas absorben su potencial para conciliar una historia.

¿Otra cosa que adora Johannes Roberts? La familia. O simplemente los lazos afectivos entre personajes, para que la experiencia se sienta más dramática de lo que podría parecer. Al final, las peores decisiones, o al menos las más arriesgadas, se toman en base al peligro ajeno por encima de la necesidad de seguir con vida. Además, Roberts está muy por la labor de implicarse hasta las últimas consecuencias en sus proyectos, normalmente coescribiendo sus películas, en esta última etapa con el mallorquín Ernest Riera para explorar el tema “jóvenes contra tiburones” de la que será trilogía en A 47 metros o el último bombazo que nos ha inspirado para hablar del director, Primate. Por eso es momento de fijarnos en una ‹full movie› Johannes Roberts, que no deja de inspirar esas acciones presentes en sus películas, afilando de un modo muy británico los paradigmas del ‹slasher›.

F (2010) tiene uno de esos inicios cómplices en los que situar una problemática actual para la sociedad, un puñado de personajes protagonistas y una complicidad familiar que corromper. La película se enmarca en un escenario único —gigantesco, para aquellos que no lo puedan aceptar como claustrofóbico—, un instituto de secundaria inglés donde un profesor, desoyendo las normativas de suspender reiteradamente a sus alumnos con la fatídica calificación “F” se lleva un bofetón de uno de ellos y así, empieza una espiral autodestructiva con la que odiar a los adolescentes, al sistema y a sí mismo. Un personaje tan prometedor cae en manos de David Schofield, uno de esos actores secundarios que aparecen en todas partes pero que en contadas ocasiones tienen la posibilidad atrapar papeles protagonistas. Su nombre es Robert Anderson y tiene algo que objetar contra los jóvenes.

Lo que podría derivar en un drama de hombre destruido por las circunstancias y un sistema educativo incapaz de formular un diálogo entre alumnos y profesores, cambia pronto de ritmo ante la desquiciada mente del profesor Anderson y su obsesión con la seguridad. Un poco en base a la idea de Asalto a la comisaría del distrito 13 —por aquello de entender el acecho invisible, no por intentar reconstruir una vez más el gran logro de Carpenter—, Johannes Roberts formula una tensión que va desde el mejor juego infantil, con la idea de adolescentes instigando un instituto cualquiera, hasta la masacre más cruda y extremista que se le podía ocurrir al director. Roberts es un fanático ineludible de la casquería y aunque en un inicio la película sorprenda por esas escenas fuera de campo de las que conocemos poco más que el resultado y que hacen pensar en un ajustado presupuesto, este mismo viene aderezado con una crueldad impropia del acecho al que se supone están haciendo frente unos pocos personajes que hacen horas extras gratis. Igual es un mensaje subliminal.

F adopta el carisma familiar que implica mantener a todos los que importan al protagonista con vida, y para ello solo tenemos que pensar en su perfil con títulos como Al otro lado de la puerta, Storage 24, Los extraños: Cacería nocturna o la citada A 47 metros: familias o amigos cuyas vidas se ven truncadas por una decisión fortuita que les mete en algo más que simples problemas. No olvidemos el alma ‹british› de Roberts, el aderezo definitivo con el que resaltar lo absurdo de meterse en estas situaciones, algo un tanto más explícito en F, donde la simple existencia de su protagonista nos lleva a sentir, como él, que todo el mundo está equivocado, aplaudiendo su necesidad de odiar a cualquiera con quien se cruce y creer en una gran conspiración contra la seguridad laboral de los encargados de aleccionar a los futuros líderes del mundo. En cuanto al peligro, resulta más que jugosa la idea de mantener en el anonimato el acecho que, aunque sea visible como ente, no se consigue personalizar ni busca una explicación plausible a toda esta malsana experiencia.

En este caso, la sensación final será cambiar de acera cuando vuelvas a cruzarte con cualquiera que lleve una sudadera con la capucha ocultando su cara, porque Roberts sabe cómo crear innecesarios nuevos miedos a sus espectadores, da igual lo poco creíble que sea la escala de violencia y frialdad que derive de sus ideas.

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