Il ladro di bambini (Gianni Amelio)

Para los que empezamos a amar el cine gracias a aquello que se denominó el Gran Cine Italiano, la figura de Gianni Amelio se eleva como uno de esos indispensables autores continuadores de la tradición narrativa de los Vittorio De Sica, Roberto Rossellini, Pietro Germi o Luchino Visconti. Un cine ya extinguido, solo rescatado puntualmente por las aportaciones de nombres que aún permanecen entre bambalinas tales como Marco Bellocchio, Bernardo Bertolucci, Ermanno Olmi o el propio Amelio. El autor de Lamerica se distingue por dos elementos diferenciales; en primer lugar por su enfoque puramente humanista, sin duda influenciado por las joyas del neorrealismo transalpino, dotando así a sus personajes de una mirada profundamente humana, bosquejando pues sus tramas centrando el tiro en la intimidad en lugar de en las situaciones que nos rodean. Esto puede inducir a pensar que las películas de Amelio no parecen contar nada relevante al fotografiar los miedos, inquietudes y esperanzas de unos personajes mimados hasta el más mínimo detalle que deambulan sin un rumbo fijo, ni a veces coherente, por un mundo en el que no encuentran refugio alguno, dejando así una sensación en el espectador de haber contemplado una obra sin un patrón establecido en lo que respecta a un guión trazado con un objetivo claramente determinado ideado en la idea tradicional de un comienzo, un nudo y un desenlace. Pues en las películas de Amelio el comienzo, el nudo y el desenlace forman parte del mismo todo.

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En segundo lugar las cintas de Amelio optan por desviarse hacia un realismo inquebrantable, sin empapar las mismas de artificio alguno, delineando este envite a través de unas historias que fotografían profundos viajes, tanto externos como interiores, de tono homérico liderados por ese héroe griego apátrida y aventurero embutido en una atmósfera de tonalidad infantil que se hace acompañar por unos compañeros de viaje más jóvenes, niños en ocasiones, que al contrario que nuestro protagonista principal habitan un mundo pleno de responsabilidad adulta. La utopía de ese Peter Pan imposible de ser llevada a cabo en un universo infectado de ambición, intereses ocultos, corrupción, desesperanza y fatalidad.

De entre las múltiples joyas que adornan la filmografía de esta luminaria del cine italiano siento una especial afección por Il ladro di bambini (poético encabezado mutilado en España por la zafia traducción Niños robados), título que encumbró a Amelio a nivel internacional al hacerse con múltiples galardones entre los que destacan el Premio del Jurado Ecuménico en Cannes, o los de mejor película tanto en los Premios del Cine Europeo como en los David de Donatello. Todas estas lisonjas ciertamente merecidas, puesto que Il ladro di bambini vino a recuperar, mediante una imagen renovadora y reformista, ese cine pretérito firmado por la letra de Vittorio De Sica, siendo el título de la obra de Amelio todo un homenaje a ese Ladri di biciclette salido del imaginario de Cesare Zavattini.

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Como en toda buena película de Amelio, ésta narrará un viaje. El emprendido por el bisoño policía calabrés Antonio (maravilloso Enrico Lo Verso, actor fetiche del autor de Puertas abiertas en un personaje que comparte nombre y alma con ese desgraciado fijador de carteles que encabezaba la obra maestra de De Sica) a quien se le asignará la misión de acompañar a dos niños llamados Rosetta y Luciano hacia un albergue católico de huérfanos sito en Civitavecchia, al ser detenida la madre de ambos acusada de haber fomentado la prostitución de Rosetta haciéndola caer en las garras de despiadados pedófilos, noticia que ha supuesto todo un escándalo en el país. Partiendo de Milán, lo que en principio parece una rutinaria misión de acompañamiento asignada a una pareja de policías novatos para foguearse, pronto supondrá toda una carrera de obstáculos para el amable Antonio.

Por un lado su incauto compañero le dejará toda la responsabilidad de llevar a cabo el encargo, puesto que éste decidirá acudir a una cita que ya tenía pactada con su novia. Por otro, tras el arribo a Civitavecchia, los gerentes del orfanato rechazarán a la pareja de hermanos temerosos del escándalo publicado en las noticias, negando asilo a la pequeña prostituta. Esta traba tratará de ser enmendada por Antonio, quien decidirá acompañar a sus pequeños amigos hacia otro establecimiento situado en su región de origen, un pequeño pueblo de la Sicilia profunda, región de la que el bueno del policía es también oriundo.

A partir de este momento la película focalizará su atención en la historia de iniciales recelos y posterior amistad que se establecerá entre Antonio y los dos niños desamparados objeto de su misión. Amelio trazará con la sabiduría de un artesano una historia de añoradas relaciones paterno-filiales y amores entrañables, a través de la permanente evolución del vínculo que nacerá entre el ingenuo Antonio, un policía algo irresponsable, casi adolescente que no atisba los problemas que el viaje acometido le puede acarrear, y los tiernos y sensatos Rosetta y Luciano. Ella una niña que ha abandonado el mundo infantil para habitar el cruel mundo adulto, y él un pequeño tímido, poco hablador y reservado que a su vez padece un proceso asmático que le convierte en alguien totalmente dependiente de los cuidados de un acompañante.

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Sin caer en juicios de valor y por tanto, sin juzgar las acciones que acometerán este trío de imprudentes deseosos de abrazar el amor, el autor de Las llaves de casa perfilará un trayecto hacia la pureza del ser humano. Un recorrido pintado con los contrastes de una Italia oscura habitada por seres luminosos e invisibles. Una nación de paisajes grises, repleta de contrastes entre el rico e insolidario Norte con el pobre y fraternal Sur. Un Sur representado por esos habitantes pícaros, situados en los márgenes de la ley, sobrevivientes de todo mal que se desplazan por los campos y montañas en medio de un universo primitivo y agreste que difiere con la alegría desprendida por sus viandantes.

Poco a poco seremos testigos de la ruptura de la desconfianza entre Antonio y Rosetta. Acercamiento conseguido gracias a la honestidad del policía, pero también a sus desaciertos, punto que conectará ambos universos: el infantil y el adulto. Sin caer en la tentación de hacer derretir la sustancia de la obra hacia una sucesión de capítulos sin importancia, Amelio pondrá toda la carne en el asador en conjugar las miradas de los protagonistas. En sus gestos de desgracia. En retratar el carácter afable de unos personajes humildes que no aspiran nada más que a buscar la felicidad sin más ambiciones ocultas. Unos intérpretes que traspasarán su ánimo derrotista para situarlo en el entusiasmo anexo al comienzo de toda relación de amistad, pero sin caer en el vacío propio de la sensiblería de todo a un euro.

Y es que si hay dos palabras que definen a esta sublime película estas son delicadeza y ternura. Porque Il ladro di bambini es una de esas películas que apuestan por los sentimientos como único sentido presente en su porfolio de valores. Unos valores ajenos a las prisas y al éxito perseguido por el cine contemporáneo. Puesto que esta es una joya que destila aroma a cine añejo. Un cine rebosante de alma y espíritu combativo merced a unas armas austeras pero infalibles. Un séptimo arte que toca los resortes del neorrealismo de trincheras, aspirando pues a moldear una radiografía social y ambiental de la época en la que se sitúa la trama sin disfraces ni engaños. Esos parajes que hacen brotar la dicotomía existente en un ser humano atrapado en un mundo que no le satisface colmado de absurdo —sensacional en este sentido será el retrato de ese Antonio que no entiende el castigo impuesto por sus superiores por el mero hecho de tratar de socorrer a unos niños que nadie quiere hacerse cargo—. Un mundo en el que la bondad y lo simple no tienen cabida.

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Y toda esta amalgama de ambiciosas perspectivas esbozadas por Amelio fueron tratadas con dureza, pero también con buen humor. Un humor sin el cual la película hubiera sido una piedra difícil de digerir. Puesto que las situaciones realmente escalofriantes que tienen lugar a lo largo del film —el tratamiento de la prostitución infantil realizado por Amelio es no solo prodigioso sino dignificante— fueron confeccionadas con el cariño innato de un maestro retratista del Renacimiento, no cayendo en ningún momento en el amarillismo fácil con el cual golpear al público sin ningún tipo de esfuerzo, eligiendo al contrario pintar un poema tragicómico reunido en los aspectos intrínsecos de los individuos a través de un viaje a ninguna parte cuyo final parece conocido. Una conclusión cuyo resultado puede parecer extraño. Pero que supone toda una declaración de intenciones marca de la casa del maestro. Y es que las grandes historias de la humanidad siempre han quedado inconclusas. Siempre el final de algo, supone el comienzo de otra nueva aventura. La aventura de la vida. La aventura que empapa todos y cada uno de los rincones de esta obra maestra conmovedora e inolvidable: Il ladro di bambini.

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