Grimsey (Richard García Vázquez, Raúl Portero)

Ricardo García Vázquez y Raúl Portero se proponen escenificar un proceso de recuperación emocional. El camino que recorre Bruno desde el inicio hasta el fin del largometraje representa todas las etapas de su recuperación. Primero descubrimos al personaje, perdido y solitario, caminando sin rumbo por las calles de Reikiavik. Tras acompañarle unos minutos por la gran ciudad, averiguamos su objetivo: dar con el paradero de Norberto, quien, por lo visto, lleva días sin dar señales de vida. Por un momento parece que estemos ante una tragedia sobre desapariciones. Sin embargo, al poco rato conocemos las verdaderas razones del protagonista: Bruno anda tras los pasos de su ex-pareja, que lejos de haber desaparecido, rehace su vida en algún pueblecito de Islandia meses después de romper con él. A partir de entonces, iremos reconstruyendo la historia de ambos personajes, al tiempo que Bruno resigue el camino realizado por Norberto hasta dar con él. Un recorrido acompañado por la reconstrucción mental de todos los hechos de una historia de amor… que permitirá a Bruno dar con las claves de su infelicidad.

Salta a la vista que la idea original de los debutantes García Vázquez y Portero está repleta de capas, sugerencias y simbolismos. Como una suerte de caja de sorpresas que no sólo guarda relación con lo dicho hasta ahora (la mencionada escenificación de un proceso emocional mediante una acción tangible: el viaje) sino también en un marco mucho más detallista y sutil. Sin ir más lejos, el hecho de que toda la acción transcurra en Islandia se debe a una clara intención de convertir el frio en un personaje más. El “auto-cuidado” que requiere una experiencia tan gélida como es el resarcirse de una rotura encuentra una fantástica simbolización en la constante necesidad de abrigo que tiene el protagonista (simbolismo que se transfiere también al valor de los objetos: recordemos la tierna secuencia en que Bruno decide regalar a Arnau el jersey que inicialmente guardaba para Norberto). De hecho, la sutileza es una herramienta que los directores usan tanto para describir las emociones de los personajes como para enriquecer sus personalidades: ahí están las llamadas telefónicas en las que Bruno habla con —suponemos— su hermana o la conversación nocturna que Arnau mantiene con su ex-pareja, en plena noche de borrachera.

Es una lástima que todo lo comentado nunca deje de ser una serie de ideas que sólo funcionan individualmente. Pues a pesar de todo, Grimsey carece, digámoslo ya, de vida propia. Sus personajes, algunos mejor interpretados que otros, recitan en vez de hablar y actúan en lugar de ser. Si bien los planos están bien escogidos (con unas cuantas salvedades) y el montaje sabe cuidar los tempos, lo que tenemos delante no deja de ser un trabajo que se alimenta de material ya consumido. Y no precisamente pocas veces. Dicho de otro modo, a la película que nos ocupa le falta un distintivo, una marca personal que le permita brillar con luz propia. Sólo su modestia y sus muy buenas intenciones la salvan de caer en el campo de lo prefabricado (aunque, a decir verdad, a lo mejor algunas dosis de osadía hubieran ayudado a hacer despegar un trabajo que a ratos peca de modesto). Tal vez lo mejor sea quedarse con el recuerdo de una experiencia que, aún siendo fallida, no ofende, no aburre, no causa sonrojo y a ratos incluso despierta pequeños destellos de ternura.

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