Ghost Tropic (Bas Devos)

El trayecto simétrico. El trayecto simétrico e inverso. Y viceversa. Ese proceso de retorno a casa que se complica cuando duermes tan profundamente como para conocer el verdadero final de una línea de metro, un lugar desconocido para el gran público que en nuestros sueños más oscuros se convierte en el fin del mundo, o en el inicio de uno nuevo lleno de grasa, metal y suciedad. O en realidad esconde esculturas de pan de oro y flores exóticas —vaya, sí es cierto que no lo sabemos—.

Al iniciar la película, tras acostumbrar nuestra vista a algo que ya se nos antoja conocido, una voz sosegada y complaciente nos habla de rincones que uno sustituye por propios, uno basado en objetos y recuerdos por el que moverse sin discrepancias. Pero pregunta por los extraños y los intrusos, por aquellos que lo ven con ojos nuevos. Y aquí es cuando el trayecto se transforma en un nuevo desconocido.

Una mujer alegre y amable, dueña de esa voz que nos susurraba en la quietud, duerme plácidamente en un vagón de metro y da pie a Bas Devos para volverse de nuevo contemplativo. Si descubrimos entre silencios la incomprensión del dolor humano con Violet, abriendo camino a una naturalidad corrompible solo por el pensamiento, Ghost Tropic busca una vía totalmente contraria, la de la paseante dispuesta a intervenir, que dinamita la normalidad con la que se sucede una simple vuelta a casa para encontrar fantasmas y magos en la nocturnidad que abriga una ciudad cualquiera (o Bruselas, ya que podemos poner nombre).

Khadija no se convierte simplemente en una espectadora de su entorno y es lo que consigue que la película, con esa calma chicha de una noche tranquila, avive la sensación de la intrusa complaciente. Personajes que habitan la oscuridad y que pasarían desapercibidos por cualquiera se transforman en puntos turísticos de obligada visita con lo que la protagonista va interactuando. Su papel, que a plena luz del día podría resultar edulcorado y artificioso, traslada una pureza sublime, casi esperanzadora, en actos de lo más sencillos.

La aventura de toda una vida oculta en los pequeños pasos de un paseo muy largo fruto de la casualidad de una trabajadora cualquiera, que en los cansados pies de Khadija se transforman en actos de vigor y valentía. Tal vez sea por su afable rostro, o por la dulzura de su voz, pero Ghost Tropic no sería la misma película sin ella.

En la narración de los hechos, pese a ser plenamente visual —las conversaciones son escasas, es más importante el contacto físico con el entorno que lo que se pueda decir, aunque lo explicado es realmente clarificante— nos traslada la sensación de encontrarnos ante una especie de contraescritura de una Ulises moderna, donde las hazañas tienen un aire de epifanía vulnerable, presentando a su vez con la selección de encuentros un azote de cultura sostenida que normaliza la presencia de todo lo ajeno a una sociedad acomodada que se podría encontrar en cualquier ciudad de primera línea europea. También viste sobremanera esa reverberación del murmullo nocturno de una urbe plenamente iluminada, donde la música nos resulta ajena al contener la esencia de amplios espacios en los que poco rastro queda de la muchedumbre diurna. Devos nos está presentando como icónico todo aquello que habitualmente pasa desapercibido, magnificando la normalidad sin grandes esfuerzos, y puede que sea un efecto plenamente logrado porque allí donde habita la soledad de los adscritos se convierte en una zona mucho más cómoda en presencia de esta voyeur ocasional.

No es tan difícil como podría parecer encontrarle un sentido a su título, porque por la noche vagan todo tipo de fantasmas que no siempre se adhieren a nosotros en el sentido más terrorífico siendo, en cambio, un sinónimo este de personajes ocultos que perduran en la memoria más corta. Y entonces ¿dónde queda el Trópico? En la festividad de las almas, y el pequeño recuerdo imposible que nos regala en un último momento el director. Puede que volvamos a hablar de realismo mágico, pero lo que Devos nos ofrece tiene un punto de personalidad aparente, en el cual el autoengaño de encontrar belleza donde no la buscamos es tan transitorio que sólo al terminar la película podrás descubrir la emoción de su conjunto.

A veces lo que más se valora es la tranquilidad, como el niño aquel que ya conocen ustedes.