Dentro de esa necesidad de conectar con lo conocido en los debuts del cine español, Lucía Aleñar Iglesias nos presenta una opción muy meditada. A través del cortometraje homónimo que rodó en 2020, en Forastera la directora profundiza en el tema de las ‹coming of age› desde la perspectiva del duelo. Esto se transforma en algo más que una inquietud de verano, sobreviene una oleada de amor y extrañeza que choca contra las rocas que rodean el hogar familiar.
Hay un verano, un ambiente distendido y dos adolescentes en los límites de la madurez compartiendo su tiempo entre las amistades y los abuelos. En esa extensión de la palabra “hogar”, la directora nos permite ver la fuerte personalidad de la abuela y los ojos almibarados de todos hacia ella. Cata, que comparte nombre con la matriarca es también quien verá recaer todo el peso de la trama en un fatídico e inesperado momento. La casualidad, la mala suerte, la presencia de la propia parca en ese pedacito de paraíso. Ese nombre heredado sirve de excusa para que los días pasen alrededor de la joven mientras, ya sea por curiosidad o como una evolución propia de asimilar el duelo, las dos mujeres se van mimetizando en una sola.
La excusa de un vestido, unos rasgos parecidos —siempre existirá ese comentario de «cuánto te pareces a tu abuela»— y unas maneras heredadas de tanto observarlas con los años hacen que el drama se transforme en otro tipo de descubrimiento personal, una aceptación de los hechos y una búsqueda de emancipación que se transforma en algo fantasmagórico, como queriendo asimilar físicamente la espiritualidad de aquellos que ya no están y se quedan adheridos en los objetos y en la memoria de una forma perecedera. Seguiremos vivos mientras quede alguien que nos recuerde.
La directora tiene claros sus referentes. El cine de François Ozon y Céline Sciamma asoma por los rincones, visual y dialécticamente, pero también hay una fuerza natural en la forma en que Lucía Aleñar Iglesias cuenta su historia. Hay espacio para los silencios como también para las casuales repeticiones en las que Cata se siente más mimetizada con doña Catalina. Es curioso cómo ha transformado la idea primigenia del cortometraje Forastera hasta poder darle un sentido en una duración más extensa. No solo existe el duelo de Cata, hay un vaivén de personajes que se mueven a su alrededor y sienten y padecen de formas diferentes, todos intentando sobrellevar una situación inoportuna, dolorosa. Mantiene esa mirada incómoda en relación a cómo conviven con el duelo su abuelo y ella, ese confuso intercambio de roles donde definir lo sano o necesario de su interacción, pero la historia no abraza la oscuridad, sabe sobreponerse a sus propias extrañezas, filtrándolas como esos necesarios pasos llenos de torpeza que damos por la vida.
Se transforma así el mundo de Cata en uno lleno de peculiaridades casi imperceptibles que se integra en la naturaleza y el detalle, que sumerge el duelo en una fuente de luminosidad inagotable, donde la evolución es meditada y pausada, ganando enteros en manos de Zoe Stein, la eterna adolescente. El futuro siempre es sorprendente y agotador, pero nos movemos todos, a nuestro ritmo, en una misma dirección. En el caso de esta familia mallorquina, hacia la añoranza eterna de esa mujer que tanto disfrutaba entre fogones, olisqueando el mar desde su renovada terraza.








