Entrevista a Rita Azevedo Gomes, directora de Fuck the Polis

Entrevistamos a la cineasta portuguesa Rita Azevedo, quien en su último y luminoso trabajo, distribuido en España por Mallerich Films Paco Poch, nos ofrece una reflexión sobre la persistencia de los mitos y de la cultura clásica a través del paisaje, la poesía y la palabra.

Arnau Martín: Enhorabuena por tu trabajo, Rita. Fuck the Polis pasa a formar parte de la tradición que preconiza hace centurias el declive de Europa, aunque ahora esta es una circunstancia que se hace horriblemente evidente. ¿Enmarcarías el documental en esta discusión?

Rita Azevedo Gomes: Muchas gracias. Y sí, sin lugar a dudas. Yo suelo relacionar mi obra con el espíritu de Albert Camus, en especial a día de hoy que estamos en un mundo inestable y con tendencia al belicismo. Nos hemos desligado de un sentido primordial aportado sobre todo por el mito y nos encontramos en una incertidumbre prolongada, en una falta de ideal.

A.M.: ¿De dónde procede el título Fuck the Polis?

R.A.G.: Por lo mismo que comentamos, por esta mentalidad que se ha impuesto y que disuelve todos los parámetros civilizatorios asentados sobre la base de la polis griega, desde la democracia hasta las diferentes ramas de la cultura, manifestadas en el arte o en el teatro. Se ha quebrado la ligazón con la naturaleza y nos estamos automutilando. La idea de polis se ha tergiversado profundamente, por mucho que Francis Ford Coppola nos quiera convencer con la posibilidad de construcción de una “Megalopolis”. Uno piensa en Bach o en Yeats y lamenta cuánto hemos perdido.

A.M.: ¿Los podemos seguir leyendo o escuchando, no?

R.A.G.: Sí, pero insensibilizados ante el poder económico, rector absoluto de todas las conductas y defensor de un antropocentrismo vacío. Todo tiene un fin y ya nacerá otra cosa, pese a que de momento no hay indicios de que eso vaya a suceder pronto. Los hábitos de lectura están en crisis, el aprendizaje de los mitos se ha restringido a una escolarización pobre y el progreso científico acabará absorbiéndolo todo. Que por un lado está muy bien y es necesario el progreso científico, pero no a costa del olvido de todo lo otro.

A.M.: Detecto relación entre lo que dices y la impotencia de Friedrich Nietzsche, quien no creía que ninguna otra religión fuese posible en occidente, pero sin embargo escribió unos maravillosos textos que profesaban mucha fe. ¿El cine también debe transmitir esperanza en un mundo en ruinas?

R.A.G.: Más fe que esperanza. Estoy de acuerdo con la asociación, y salvando distancias, también me cuesta conservar el optimismo, pues la esperanza depositada en el arte se queda en nada ante la fuerza utilizada para destruir el planeta y desgastar los recursos naturales. Retrato el Mediterráneo y busco evocar imágenes, pero inmediatamente recuerdo que los mares están muy contaminados, por desgracia.

A.M.: ¿Puede el arte salvarnos de alguna manera?

R.A.G.: No diría tanto, ese es el mito de Orfeo. De la muerte no nos salva nadie ni nada. Se puede confiar en los ciclos vitales, en la búsqueda de la armonía y en los eternos retornos, ahora que citabas a Nietzsche, por ejemplo. Esta danza inicial de la película —el filósofo decía que su mayor creencia era en un Dios que supiese — intenta transmitir ese ánimo de forma didáctica. Es un baile arcaico en el que hay equidad, siete hombres y siete mujeres.

A.M.: ¿En qué consiste esta danza?

R.A.G.: Representa la “Danza de la Grulla”, un baile ritual que Teseo lleva a cabo en la isla de Delos tras derrotar al Minotauro, y en la cual imitaba los intrincados movimientos del laberinto simbolizando su victoria y la liberación. Es un canto a la armonía, dedicado al dios Apolo.

A.M.: ¿Estás de acuerdo con lo que expresa María Farantoúri en la entrevista que le haces en la película, que los poetas siempre están solos?

R.A.G.: Sí, y no puede ser de otro modo. El poeta, igual que el cineasta, ejerce de canal por el que pasan cosas y sensaciones y trata de comunicarlas o plasmarlas, con sus lenguajes respectivos. El artista, en líneas, generales, es una antena, un intermediario entre el mundo y los espectadores.

A.M.: ¿Tienes una película maldita predilecta?

R.A.G.: Pink Narcissus, de un fotógrafo norteamericano que se llamaba Bidgood. Era muy interesante e inesperada, me sorprendió mucho cuando la proyectaron hace ya mucho en un cineclub cerca de donde vivo. Y de nuestro cine portugués diría Blancanieves, de João César Monteiro, que se conocen más otras películas suyas. Me pareció muy atrevida su reticencia a mostrar imágenes, además de que él siempre confiaba mucho en el texto y en la palabra como formas de evocación poética.

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