Elvira Madigan (Bo Widerberg)

Para cualquier amante del arte cinematográfico Elvira Madigan constituye sin duda la sublimación del concepto de belleza desde un punto de vista visual. Sí. Porque creo que no existe ninguna película en la historia del cine capaz de igualar el magnetismo, la fascinación y el encanto pictórico en cuanto a puesta en escena y construcción de plano que ostenta esta obra maestra dirigida a finales de los sesenta por uno de esos cineastas que injustamente han caído en un incomprensible olvido en los últimos años. Y es que el sueco Bo Widerberg fue uno de esos autores que surgieron en los años sesenta poseedor de una mirada propia y cautivadora gracias a una carrera que el nórdico construyó bajo el molde del cine de autor más radical. Amante de la música clásica —melodías que Widerberg no dudó en incluir en sus mejores obras para adornar los ritmos melodramáticos de sus inspiradas creaciones escénicas—-, la trayectoria del escandinavo se caracterizó por su coherencia y honestidad, sacando adelante siempre producciones en las que insertaba una beligerante denuncia social —por ejemplo dos inspiradoras obras acerca de los gérmenes del sindicalismo agitador de masas como Adalen ’31 y Joe Hill— filmadas con una característica tonalidad poética que resultaba ciertamente brillante ligada a la aspiración de los vicios de la vida desde una composición basada en la absorción de la preciosidad de todo objeto terrenal.

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Con Elvira Madigan el autor de La belleza de las cosas alcanzó el cenit de su ingenio edificando un cuadro pictórico en movimiento esbozado bajo el paraguas de una fábula dotada de una poesía narrativa que glorifica un poderoso y perfecto canto al romanticismo más desgarrador. Porque si existe una palabra que encaja a la perfección con la definición de Elvira Madigan esa es hipnosis romántica. Pocas películas despliegan ese intenso influjo subyugante como esta magistral pieza de cine de arte y ensayo. Y es que ya el primer fotograma de la cinta refleja el talante sensitivo que desprende el film. Así la naturaleza fotografiada en todo su esplendor y con sus sonidos característicos sirven de presentación del romance que vertebra la trama, consistente en mostrar la corta y dolorosa travesía protagonizada por un teniente del ejército sueco —el conde Sixten Sparre— que decidió desertar de sus responsabilidades militares para emprender una fuga hacia ninguna parte junto a una famosa y terriblemente bella acróbata de circo danesa llamada Elvira Madigan en una trágica historia de amores imposibles —ya desde los títulos de crédito iniciales Widerberg nos desvela el desenlace de la fábula— acontecida a lo largo del verano de 1889 en territorios sitos en la frontera Sueco-Danesa.

Widerberg relata los primeros compases de la fuga mostrando a los amantes disfrutando de un plácido descanso en medio de un solitario bosque, así como el descubrimiento de la deserción del conde por parte de los mandos del ejército sueco. Pero en lugar de apostar por explicar con todo detalle los diversos avatares que tuvieron lugar a lo largo de la desesperada huida de los amantes en mitad de los agrestes parajes nórdicos a través de la narración pormenorizada de la persecución emprendida por las autoridades suecas con objeto de atrapar a su adúltero compatriota, Widerberg decidió tejer una obra sensual de esas que únicamente se gozan a través de los sentidos, siendo pues la imagen de textura pictórica el principal núcleo narrativo que engarzará los pequeños acontecimientos que constituyen el argumento puramente lineal del film.

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Los paisajes exhibidos con toda riqueza de detalle por un Widerberg mutado en un experto pintor de naturalezas humanas serán acicalados con otro despunte de arte supremo gracias al acompañamiento de la música de Mozart y Antonio Vivaldi que engalana sin duda las escenas más potentes y románticas de la obra. En este sentido Elvira Madigan se eleva como una especie de convulso y sabroso sueño que transmite esa irrealidad onírica que desprende el amor enfermizo e irracional. Es decir, ese amor verdadero y ancestral demolido en nuestros tiempos modernos por la responsabilidad, la prudencia y la derrota de nuestros instintos primarios en favor de las obligaciones y los compromisos sociales.

Así la historia se hilará a través de la contemplación de pequeños episodios que muestran el inicial amor desenfrenado del conde Sparre y la acróbata en medio del campo, para continuar su viaje arribando a un viejo hotel en medio del bosque, relatando finalmente la abatida huida de los adúlteros vadeando la orilla de un río con dirección desconocida. Por medio del singular bosquejo de pequeñas situaciones cotidianas —sin duda resultan sublimes los primeros minutos del film donde observaremos a la pareja exhibiendo sin reparos su amor mientras ejecutan tareas tan cotidianas como un afeitado, besándose tumbados en la hierba de una salvaje explanada, jugando con un solitario espantapájaros o paseando bajo la sombra de ancestrales árboles— Widerberg supo proyectar lo efímero que resulta el amor. Un apego que a medida que aparecen obstáculos y dificultades en el camino de los amantes se irá difuminando en virtud del advenimiento de la desconfianza necesaria para poder subsistir en comunidad con los moradores de los pueblos y localidades que atravesarán en su desesperada escapatoria la pareja protagonista. Puesto que Widerberg nos advertirá que ese amor solo podrá ser conservado mediante un acto consciente de sacrificio bajo la forma del doble suicidio con el que culmina la obra. Esto es, la muerte se presentará pues como la única vía de escape para sustentar esa pasión no contaminada por los vicios de la sociedad moderna.

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La arquitectura de la película es sencillamente magistral. Así, mientras que la apertura del film describe a los protagonistas como unos seres amparados en el goce de su romance —de magnético hechizo resulta para un servidor la escena en la que Elvira Madigan practica en medio del bosque su pericia en el arte del equilibrismo en una minúscula cuerda de tender la ropa a través de una secuencia rodada sin trampa ni cartón por parte de la bella actriz que pone rostro a la protagonista del film—, a medida que brotan nuevos figurantes en la epopeya la trama irá derivando hacia un terreno compuesto por un colorido menos romántico y luminoso para verter su esencia hacia una triste desesperanza que destruirá la insoslayable unión inicial. Y es que Widerberg expone con sumo tino la persecución que sufre el abandono a la trivialidad y al simple disfrute de la felicidad más extrema —¿no es el amor el principal objetivo que nos llena de dicha y esperanzas a los seres humanos?— por parte de una sociedad construida en base a la esclavitud del ser humano bajo el yugo de la responsabilidad, los deberes sociales y los convencionalismos de toda índole.

Como he comentado anteriormente, el envoltorio visual del film es prodigioso. Ello conduce a catalogar a Elvira Madigan como uno de los más bellos poemas jamás filmados en el universo cinematográfico que no solo se disfruta desde una perspectiva meramente pictórica —la película se funda en una inmaculada composición atmosférica de inspiración paisajista— sino que igualmente hará las delicias de ese público admirador del cine más sensitivo que embriaga con esa narrativa asentada en una poesía novelesca arrebatadamente romántica. Y es que sin duda Elvira Madigan sigue conservando esa modernidad que lucen las obras cimentadas con el atemporal pincel de la belleza y del fatalismo romántico.

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