El último vikingo (Anders Thomas Jensen)

Es fácil creer que una película llamada El último vikingo va a funcionar a modo de epopeya nórdica, con señores barbudos, cascos, hachas y gente gritando mucho mientras matan sin piedad bebiendo cerveza en el cráneo de sus enemigos muertos. Nada más lejos de la realidad: si algo se puede decir del film de Anders Thomas Jensen es que es lo más parecido a una suerte de terapia familiar, a un retrato, con un punto de sarcasmo, de una familia tan desestructurada como finalmente entrañable sumida en un caos de recuerdos, y decisiones vitales mal tomadas y peor digeridas.

Y es que precisamente de caos va el asunto: la trama, tan repleta de intersecciones transgenéricas como de tonos que se adaptan a ellas, se mueve sin pestañear entre lo delirante, lo cómico y la negrura familiar salvaje, rodeándolo todo de un increíble aura de humanidad y ternura. No es fácil transitar por tantas vías sin perderse en el camino y, sin embargo, el film halla en todo momento su punto focal. Sabe ser violento y tierno sin perder un ápice de estructura, coherencia y ritmo. No dando respiro en su sucesión de eventos pero sin obviar en ningún momento los momentos de pausa necesarios para poder profundizar en cada uno de sus aspectos.

Lo mejor, no obstante, se encuentra en su capacidad de reírse, en cierto modo, de sí misma. Sabe qué tipo de producto es y no le importa bordear el ridículo en muchos momentos sin dejar, eso sí, de caer en él. Al fin y al cabo se presenta (y se cierra) como un cuento, como una narración moralizante que se ubica fuera de una realidad donde las cosas tienen sentido. Y por ende, como cuento, es consciente de la necesidad de la exageración: los personajes pueden parecer irreales en su desarrollo psicológico, superhumanos en fuerza bruta y resistencia y dolor, pero convincentes en la fragilidad de su psique, en el trauma que viven recordando una infancia dura y dolorosa.

Lógicamente Jensen se apoya en dos de sus actores fetiche, Mads Mikkelsen y Nikolaj Lie Kaas, que son capaces de ofrecer interpretaciones arriesgadas y matizadas pero que siempre respiran veracidad. Puede que no sea algo sorprendente dada la talla de dichos interpretes, pero sí teniendo en cuenta un guión que les otorga una escritura tan buena como intrépida. Ya no se trata solo de “actuar”, sino de que fluya una química que está siempre presente entre dos personajes tan marcianos como fácilmente reconocibles en su humanidad.

Así pues El último vikingo tiene sus momentos que de alguna manera sí responden a lo que el título parece indicar, aunque conviviendo con desdoblamientos de personalidad, ABBA, The Beatles y una necesidad de catarsis a través de la música. Un viaje que resulta tan irreverente y extraño como fundamentalmente divertido. Una obra que respira humor negro, sí, pero que nunca cede a la tentación del desencanto o el cinismo. De aquellas películas que dejan un buen sabor de boca sin conformarse con un final feliz estereotipado.

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