El corto de Rubén (José María Fernández de Vega)

Si bien ejerce principalmente como productor, el extremeño José María Fernández de Vega también ha dirigido algunos proyectos animados. El más reciente, nominado al Goya a mejor cortometraje de animación, es un viaje metaficticio por el infierno que pasa Rubén —en realidad, Javier— al tratar de sacar adelante su idea de un corto de terror basado en una leyenda local, y que termina en una historia completamente distinta a la que había pensado y de la que, al final, solo queda un rastro muy pequeño de su autoría. Fernández, que se reserva el rol del productor que, entusiasmo fingido mediante, va robando gradualmente toda la identidad de la obra del joven director, demostrando sin duda capacidad de reírse de los males de la industria cinematográfica y, en cierto modo, de sí mismo.

Asimismo, a pesar de su metraje breve y de la cercanía de buena parte del reparto, con quienes Fernández coincidió en otros trabajos, El corto de Rubén muestra una ambición y versatilidad técnica considerables, al mezclar secuencias de acción real con animaciones en diversos estilos y formas según su carácter metarreferencial, convirtiendo a sus personajes indistintamente en figuras tridimensionales, diseños al estilo Disney o bocetos de ‹storyboard›. Unido a su narración satírica, el cortometraje tiene todos los elementos para gustarme; una mirada al ombligo simpática y notablemente trabajada en su empleo de la animación.

Y, sin embargo, El corto de Rubén no me termina de convencer. El guion me parece, para lo que llega a proponer, muy poco memorable, redundando en ideas que ya han sido contadas y expuestas con mayor creatividad y recurriendo a un humor que, en mi opinión, funciona bastante mal. No ayudan unas interpretaciones físicas y vocales que resultan bastante ineficaces para la ejecución de los chistes, pero en general me encuentro bastante alejado de su comedia de personajes con nombres inventivos que parece estar constantemente guiñándome el ojo detrás de cámara.

Parte de mi falta de conexión con el cortometraje surge también de un cierto rechazo a la naturaleza metarreferencial del cortometraje; que en mi opinión no abandona en ningún momento el terreno de la autoconsciencia amable, calculando en exceso cómo y cuándo lanzar sus dardos para presentar algo que se puede ver como una palmadita en la espalda, que la industria a la que parodia asimila con facilidad, más que como una obra plenamente comprometida, ya fuera desde la comedia o en un tono más serio. Estas sensaciones, tal vez más ambivalentes que negativas durante el resto del metraje, se terminan decantando hacia la negatividad cuando el corto decide cerrar con una canción en los créditos finales generada por inteligencia artificial, desvirtuando cualquier mensaje medianamente consistente sobre el reconocimiento del autor en la industria y su periplo por mantener su propia identidad con el uso pueril de una herramienta basada en la suplantación artística.

El problema de esta decisión final no es incluso la ética en la utilización de la inteligencia artificial en los procesos artísticos y creativos, que ya ofrecería un terreno amplio de debate, sino la frivolidad que demuestra en relación con los propios temas desarrollados por la obra, y que si acaso me confirma todavía más la sensación de que esto fue hecho menos para molestar y meter el dedo en la llaga de prácticas comunes en la producción cinematográfica y más para generar sonrisas cómplices entre aquellos a los que parodia, porque tal vez puedan sentirse retratados, pero no interpelados. La buena recepción de El corto de Rubén, en ese sentido, juega en mi opinión en su contra y, sin que ello demerite sus esfuerzos y su ambición, también me aleja, como espectador, de manera irremediable.

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